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La guerra de los deberes.

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 Hay guerras que nunca terminan. Cuando parece que sus ecos se extinguen, alguien lanza un poco de combustible al fuego para que la llama arda más y más a lo largo del tiempo. Quienes vimos en nuestra infancia “La guerra de los botones”, (Francia, 1962) hemos descubierto que este año ha vuelto a reeditarse, en vistoso colorido, con el apellido de “nueva” en todas las pantallas del orbe.

Pues bien, también en Francia se han removido las cenizas  de otra guerrilla, la de los deberes escolares. Dicen los papás gabachos que eso de llevar deberes a casa es algo deleznable, que denota el fracaso del sistema educativo y entorpece el desarrollo de sus vástagos ya que no les permite aprender nuevos pases y encestes de balón, dolorosas llaves de cualquier arte marcial, girar acompasadamente en la clase de bailes regionales o entonar la undécima lección de un instrumento musical ignoto a cuyas clases han corrido a apuntarles sin siquiera preguntar a la asustada víctima.

¿Dónde queda la responsabilidad, el afianzamiento de los hábitos de estudio, de investigación, de aprender a repartir el tiempo adecuadamente?

Dicen también que quizá sería mejor ofertar visitas a bibliotecas o museos. Pero… ¿en qué quedamos?  ¿No estorbarían esas propuestas más que la sensata realización de pequeños ejercicios que permiten ahondar en tal o cual aspecto curricular, afianzar detalles importantes o adentrarse en el fantástico mundo de la lectura?

Desde el punto de vista personal de alguien que siempre ha intentando concretar actividades puntuales, escribir historias adecuadas a los chavales para evitar que los deberes sean impersonales fotocopias de libros y guías, etc. la sola idea de que los deberes han de extinguirse, a pesar de que cierta ley lo afirmase en aquellos tiempos en que también era execrable calificar el trabajo del alumno o premiar su esfuerzo, me parece poco acertada.

Si escarbamos bajo la superficie de estas afirmaciones quizá encontremos padres y madres que trabajan y que no pueden permitirse el lujo de echar un ojo al desarrollo de sus hijos, prefiriendo que sigan recogidos en academias o aulas municipales que les permitan llegar a casa y no tener que cargar con el engorro de los deberes.

Unos deberes bien entendidos, abren caminos distintos a la formación del niño/a. Permiten que, en la soledad del hogar, se enfrente realmente a los nuevos conocimientos; piense, recuerde, cree, investigue en la medida de sus posibilidades. Eso sí, no hablamos de señalar en el libro unos ejercicios al azar o fotocopiar la manida hoja perdida en la carpeta. Los deberes han de ser tan vivos como su destinatario. Han de recoger lo que puede haberse quedado prendido de un alfiler traicionero. Han de servir con mayúscula y no ser un castigo encubierto.

La guerra de los deberes sigue abierta. Esperemos que no sean los alumnos quienes la pierdan.

 

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09/04/2012 22:29 zaquizami Enlace permanente. Educación, enseñanza. No hay comentarios. Comentar.


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