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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Matiné de sábado

Matiné de sábado

Quizá es tiempo, este de la Navidad,  de dejarse mecer en una nostalgia cálida, en un vano esfuerzo por no perder los últimos vestigios de esa vida que se nos ha quedado ya anclada para siempre en el recuerdo. En Navidad y en Semana Santa –quizá más en estas últimas fechas- los programadores de televisión echan mano de las viejas películas bíblicas, o en el peor de los casos, de las historias blancas que han poblado las pantallas durante años destilando sentimientos de esos que, se supone, generamos por doquier cuando el calendario nos avisa. En aquellas películas “de romanos”, por ejemplo, me parece ver ahora mismo, como en un flash-back, al “viejo” Victor Mature que fue -en tiempos- el héroe de muchas de mis clases de los sábados. En una especie de clase de religión, catequesis y exaltación de diversos valores propios de aquella época, a los niños y niñas se nos trasladaba -en ordenada fila y con infantil alegría- desde la destartalada unitaria hasta el salón parroquial para asistir, según la época y el calendario, a charlas, juegos, y -sobre todo- cine.Cuando todavía nuestras vidas no habían sido invadidas por la televisión, las video consolas o los ordenadores, el hecho de observar como unas inmensas cortinas de ¿terciopelo? color burdeos dejaban paso a la pantalla de cinemascope y technicolor abrían en nuestros seis o siete años horizontes en nada comparables al aburrido zaping del Megatrix a los “dibus” japoneses.De pronto, en medio de aquella virgen extensión blanca, Victor Mature aparecía ensalzando al buen idealista que se dejaba la vida frente a los leones; o desgranaba gota a gota la fuerza que poco antes le había cortado en forma de melena la pérfida Dalila. Puedo recordarlo a tamaño pantalla gigante, aun mas engrandecido cuanto mas pequeños éramos los espectadores, disfrazado de Sansón, de Demetrius buscando la túnica sagrada, hundiendo su peso en las arenas egipcias de Sinuhé o lanzando elefantes -Aníbal- contra Roma. Mature llenó horas y horas de aquel paseo escolar de los sábados. Una vez apagada la luz de aquel salón, las aventuras de la pantalla iluminaban no solo los dorados barrocos de las paredes sino también los ojos, ¿las conciencias?, de aquel grupo de niños que se dejaban llevar por el deslumbrador look que el Hollywood de la época daba a aquellos monumentos del kitsch. (Aun nos quedaban algunos años para advertir que junto al héroe Mature deambulaban nada menos que Hedy Lamarr, Susan Hayward, Jean Simmons o Gene Tierney haciendo con sus gasas y vaporosos disfraces suspirar a nuestros hermanos mayores o a nuestros padres sin que nosotros lo advirtiéramos).  Fueron nuestros primeros contactos con los misterios del antiguo Egipto, con la Roma de los emperadores locos y  con aquellas historias de los primeros cristianos en las catacumbas. Temas todos ellos que habrían de ser importantes en nuestro posterior desarrollo.  Quienes diseñaron aquellas mañanas de los sábados posiblemente nunca fueron conscientes del empuje que estaban dando a nuestra formación. Mas allá de “Androcles y el león”, “Sinuhé el egipcio”, “Demetrius y los Gladiadores”, “Aníbal” o “Sansón y Dalila” y el bombardeo consiguiente de valores nacionales y judeocristianos, aquellos niños aprendimos de la mano de Victor Mature que la vida no se acababa en el pan con chocolate que nos hacía la tarde mas agradable al salir de la escuela, ni en las peculiares historias que atisbábamos en los textos de clase. Por encima de todo aquel entorno “gris marengo” -como lo ha definido Luis Otero en una de sus obras sobre los años cuarenta y cincuenta- había algo más: un idílico mundo en technicolor al que podíamos “teletransportarnos” en la clase de los sábados por la mañana.Victor Mature y todas sus odaliscas duermen ahora  bajo las ruinas del templo que él mismo derribó bajo la atenta mirada de Hedy Lamarr a la espera de que cualquier canal ose despertarles. Y nuestros chavales, que ni siquiera saben quien era, ya no tienen clase los sábados. Alguna vez miran distraídamente a la pantalla del televisor y descubren a un fornido luchador que se enfrenta coreográficamente con un dorado león sobre el albero romano. Solo eso les hace levantar la vista de su PlayStation…

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