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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Guardia en la noche

Guardia en la noche

Leo en una perdida columna digital una semblanza del servicio militar del periodista. Algo extraño, me digo. No corren tiempos de positivos recuerdos para aquel “servicio a la Patria” que nos secuestró hasta hace pocos años en aras de los ideales que conformaron el Estado nacional católico en que nos movimos los que ahora peinamos canas hasta en el calendario.Al hilo de esa columna no puedo por menos que echar la vista atrás y volver a encontrarme, por ejemplo, en una noche de Guardia, en un tiempo de color caqui…Dormir vestido, cargado con un arma muy pesada, con botas, correajes y sobre una litera prostituida por cientos de personas en similar circunstancia, no es algo deseable. Aquella noche el invierno había dejado paso a un tímido escarceo primaveral con lo que todo aquel vestuario empezaba a pesar más aun. La segunda guardia me permitiría echar una cabezadita   antes de volver a escuchar el machacón toque de diana, así que intenté cerrar los ojos y dejarme llevar.Alguien roncaba abiertamente en aquel cuerpo de guardia maloliente. La luz parpadeante que atravesaba el muro tampoco incitaba al descanso. Un inmisericorde transistor, supuestamente con poco volumen, se dejaba oír en una indefinida lejanía.Un cetme cayó al suelo con el estruendo propio. Los cetme dormían junto al soldado, como la sublimación de un sexo imaginado. Podía sentir el mío junto a mi costado derecho en una erección perenne y fría recordándome el próximo despertar.Entre aquella marabunta de ruidos, recuerdos y sueños con los ojos abiertos, el reloj avanzó cruel hasta que una mano me zarandeó el hombro. Era el momento.Un grupo de soldados se había levantado también y se disponían a crear una lánguida  formación que acompañaría al cabo hacia la búsqueda de la garita perdida.El caminar cansino me permitía saborear la brisa nocturna no especialmente desapacible bajo el tabardo. Con ritmo autómata unos soldados subían y otros bajaban a las distintas garitas del recorrido. Algo me decía que mi destino estaba al fondo, en la última garita del último rincón del cuartel. En efecto. Tras la cómica contraseña y el intercambio de miradas con mi antecesor, subí despacio las escalerillas que ascendían hacia aquella caseta blanqueada. Casi instantáneamente escuché el rumor de los pasos que se alejaban. Estaba solo frente a la inmensidad de la noche.El suelo estaba húmedo. El aire, ligeramente enrarecido, destilaba un dulzón aroma a sexo solitario. Mi antecesor debía haber viajado al séptimo de los cielos a la espera de su rescate terrestre. Miré por aquel recuadro abierto a la vida que quedaba frente a mis ojos. El resplandor de la noche madrileña se dejaba ver más allá del universo conocido. Los alrededores, en aquella última parcela cuartelera, se reducían a ramas secas, escombros y piedras en suspensión. No era posible que en aquel olvidado rincón se produjera una invasión, ni que nadie tratara de huir. Nada ni nadie interrumpiría mi complacida vista. Fijé mi vista en la continua riada de luces intermitentes que serpenteaban por el inquietante y lejano horizonte. Me apoyé en la pared y abandoné mi mente. El rígido cetme respiraba tranquilo con la empuñadura sobre la untuosa superficie del suelo. Las estrellas parecían reír y susurrar entre ellas. Una sinfonía de claxon inquietaba a las escuálidas ramas que azotaban el muro. Un gato ¿quizá una rata? Cruzó veloz mi campo de visión. La noche me miraba.

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