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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Triscaidecafobia educativa: trece criterios para maestros excelentes.

Triscaidecafobia educativa: trece criterios para maestros excelentes.

 

¡Ay,Dios mío!, leo por ahí que los sapientísimos conductores de nuestra educación pública andan reunidos en un Congreso para diseñar, afianzar, remodelar y solucionar los mil y un problemas que arrastran los maestros y profesores.

No es que uno, en su modestia, sea dado a las supersticiones antañonas del trece, pero reconozco que saber que “la Agencia de Evaluación Educativa ha elaborado un catálogo con trece criterios comunes que debe tener un buen profesor” me ha golpeado en todas y cada una de las pocas neuronas que me deben quedar.  ¡Trece criterios nada más y nada menos!

Confieso que nada más leerlo empecé a escribir aquellos que se me venían a la cabeza y… no he llegado a semejante número. Lo dejo y en uno de los descansos de ese arduo trabajo sigo leyendo y descubro que  “en función de esos criterios, se establecen cuatro niveles de calidad del educador: competente, avanzado, experto y excelente”.

Pues menos mal, me digo. ¿No existe el grado “nefasto”? ¿Y el “aciago”?

Bueno, debe ser que hay conciencia de que el gremio docente está compuesto por gentes esforzadas y briosas que son –somos- capaces de lidiar, no ya con los contenidos  curriculares y todo lo que conllevan,  sino también con los volátiles rasgos de la atención a la diversidad, la resolución de conflictos o la relación con las familias, por citar solo unos ejemplos. Vamos, unos héroes en toda la extensión de la palabra.

Pero que esa pequeña alegría no nos separe de la realidad. Ardo en deseos de conocer ese listado de criterios de evaluación docente para ver si tengo que hacerme mirar ese ataque súbito de triscaidecafobia (ansiedad ante el número trece) que me agarrota. Dicen que el sistema educativo, para ser eficiente, necesita contar con los mejores, con los más capacitados, con los que tienen más vocación…

Es fundamental, continúan,  que quien se dedique a la educación lo haga "de forma decidida". ¿No será eso lo que hacemos mañana tras mañana cuando abrimos la puerta del aula? ¿Quién decidirá si somos decididos, laxos, tenues, medrosos o intrépidos? ¿Cuáles serán los trece criterios? ¿Serán quienes los han diseñado expertos o solo competentes?

¿Será clasificar a los maestros un buen camino para mejorar la educación? ¿Será esa evaluación, en principio anónima y voluntaria, universal y pública? Interesante panorama. Seríamos la primera profesión -¿o vocación?- que se cataloga a los ojos de la sociedad. Y eso no es malo necesariamente. ¿Sería edificante leer en la puerta de las Cortes el listado de políticos incompetentes? ¿Y el de los doctores funestos antes de operarte?

 

Cuento jaenero de mediodía.

Cuento jaenero de mediodía.

Por la ventana entreabierta de la cocina se cuelan sabrosos efluvios ajenos. Alguna mosca aventurera predice calores cercanos mientras te sobrevuela. El sol dibuja ángulos sobre el ladrillo visto de ese patio que, quizá por eso, se llama “de luces”.

Escenas diarias, anodinas, repetitivas y cercanas en las que no reparamos.

Al otro lado, en los ventanales de la zona noble, la cortina se mece añorando crepúsculos de fresca presencia. El plasma se enroca en corazones a punto de parir noticiarios. Nada nuevo. Más rutina. Unos vasos pretenden convertir el agua en vino y acaso aquellas rebanadas quisieran sacudirse la capa integral que las atenaza. El universo se repite en un bucle sin fin.

La ciudad se prepara para alimentar sus instintos, los gastronómicos, que no es hora para otras efusiones. (Al menos esperemos a la siesta, piensa alguien).

Un extraño silencio te impide oír los sonidos cotidianos: el perro del vecino, la bocina impaciente, los pitidos de los microondas…

Y es en ese instante sutil, en ese evanescente flash inalcanzable, cuando escuchas su llegada, cuando todas las ramas del bosque silencian su aleteo y hacia tu tímpano cansado solo camina él.

Oyes su marcha como el rasgueo de una guitarra seca y honda. Como el tímido parloteo de los insectos. Como el soplo de una noria monótona.

Su sonido es tenue, diríase que te acaricia en mitad del vacío. Podría adormecerte si no fuera por el perfume del guiso que te espera.

Corres a asomarte y aun consigues seguir el fulgor de su estela verdioliva. Vuela sin despegar, corre tranquilo, arremete las suaves curvas del camino con la elegancia de la alta costura, con un punto de orgullo que desafía maledicencias y un guiño, tal vez, a los incrédulos.

El viejo sol hace que sus figuras broten con brillos de novedad y sorpresa mientras renacen catedrales y dragones feroces que devoran aceites y vomitan sin humo.

Ya ha pasado pero aun permanece. Su aguileña figura dibuja estampas nuevas  y recrea paisajes desconocidos.

Él huele a pantalla de cine o a recuerdos prendidos de nostalgia  pero al tiempo hipnotiza con vistas de futuro sostenible, de presente accesible.

Miras de nuevo y lo observas detenido. Un cruce, algún semáforo. Una etapa, un descanso. Hay gentes que se arremolinan, que lo inmortalizan en sus tarjetas digitales o lo atesoran en sus móviles. Alguien, incluso, acerca su mano y la desliza por la recién nacida superficie como dudando de su existencia.

Entonces, olvidando la comida,  te oyes gritar a los tuyos desde la ventana: “Mirad, corred, que pasa el tranvía”.

 

 

¿Dónde vive la historia?

¿Dónde vive la historia?

Las musas de la historia suelen darse algún que otro  garbeo por nuestros mundanos paisajes jaeneros y así ha sucedido a lo largo de los últimos milenios con una generosa y magnánima frecuencia. No repasaremos aquí los gloriosos episodios del pasado andalusí, de los tiempos de la conquista o los albores íberos que luchan por reaparecer cuando removemos solados y adoquines. Tampoco los claroscuros medievales o el dolor de mil luchas y algaradas. Ya lo hace por nosotros esa admirable iniciativa universitaria de celebrar “La Fiesta de la Historia” en este Jaén a quien no se supone muy despierto ante los aconteceres que circulan por la senda del devenir histórico.

Afirma la organización de este encuentro que somos las personas quienes hacemos la historia, que deja así de ser una asignatura, algo que huele a libro, a olvido. Y son precisamente seres humanos que nos antecedieron los abanderados de las mil y una pequeñas aventuras que dan forma a las edades pretéritas. Viajeros en el tiempo y en el espacio que llaman a nuestra puerta, quizá a la de una habitación, la 13, de un bastión giennense como el Parador.

Hubo un tiempo en que la pregunta ¿dónde paras? hacía referencia al lugar donde nos alojábamos. Y contamos en nuestra ciudad con un lugar expresamente diseñado para ello hasta en su denominación. Si. Parador.

La fiesta del recuerdo tiene hoy un nuevo invitado: Charles de Gaulle, el político y militar francés que decidió “parar” entre nosotros para tocar el cielo que juega con los olivares, desgranar recuerdos y escribir aquí sus memorias de forjador de una futura Europa mientras su vista recorría el plácido paisaje del que brota Santa Catalina.

Si nos dedicáramos a la glosa publicitaria podríamos afirmar que “La historia para en Paradores” y quizá reivindicaríamos un pequeño monumento al presidente francés frente a los recios sillares de uno de los mejores hoteles-castillo del mundo, al estilo, por ejemplo, de la efigie que De Gaulle tiene a la entrada del hotel Cosmos en Moscú.

La historia, no cabe duda, es una fiesta cuando la observamos desde el porvenir, cuando los sinsabores del día a día se han transformado en otros distintos que nos hacen olvidar o distorsionar cómo fueron aquellos otros que fraguaron nuestra actualidad. Siempre es una lucha la consecución de metas nuevas, pero luchar cansa. Y si necesitamos “parar” –valga el juego de palabras- siempre nos quedará el Parador, el nuestro, donde la paz y el sosiego nos darán el empuje necesario para avanzar, para sabernos ganadores del futuro. Como De Gaulle.

 

¡Maldita Miastenia!

¡Maldita Miastenia!

 

 

Que una enfermedad rara te asalte es más complicado que acceder al premio gordo de cualquier lotería. Dicen las cifras oficiales que un seis por ciento de la población mundial está afectada por una dolencia de esas extrañas cuyos nombres ni nos suenan.  Vamos, que unos tres millones y pico de compatriotas sufrimos alguna de las cerca de siete mil patologías raras, curiosas, excepcionales, y singulares. Neurodegenerativas, autoinmunes y, casi siempre, incurables.

¿Quién habla de ellas? ¿Quién las investiga?  La gente de a pie no sabe siquiera conjugar sus nombres. ¿Histiocitosis? ¿Fibrodisplasia? ¿Miastenia gravis? ¿Neurofibromatosis?

¿Quién va a interesarse por un problema que ataca solo a menos de cinco personas por cada cien mil habitantes?

En la mayoría de ocasiones no existen unidades o centros médicos de referencia con personal especializado y tampoco demasiada voluntad de alcanzar tratamientos que nunca serán viables económicamente. En casos más frecuentes de lo esperable, los profesionales médicos se ven impotentes ante síndromes sobre los que poca o nula información se les ha proporcionado.

Al final llega el diagnóstico: tus propios anticuerpos te agreden y conoces a una amiga que ya nunca te abandonará: Miastenia es su nombre. Se te caen los párpados, puedes ver doble o borroso y en poco tiempo se afectarán los músculos de las extremidades o incluso los respiratorios. Un calvario diluido con fármacos que no curan la enfermedad aunque ayudan a hacer desaparecer o controlar ciertos síntomas.

Si llegan el calor o el estrés, todo empeora. Si la actividad física aumenta, también. Y alrededor se va creando ese ambiente entre jocoso, lacerante o sarcástico que produce el desconocimiento: ¡Tranqui, que se te cae el ojo! ¡Pero qué flojo eres! ¡Venga, hombre, que no se diga!

Generalmente no se bromea con un tumor galopante o ante una neumonía. Todos tenemos conciencia de su “gravedad”. Ahora bien, ante un musculo que va más despacio o un anticuerpo que se equivoca de función nuestro ancestral sistema defensivo tiende a pensar que “lo que no mata, engorda”. Y es cierto en este caso ya que una parte del tratamiento flirtea con los inhumanos corticoides.

Ya eres raro. Igual que tu dolencia. Quizá deberías correr a comprar lotería, o primitivas. Quizá euromillones. Pero seguro que no te tocaría. Te queda esperar que los equipos médicos decidan estudiar la extravagante, caprichosa y excéntrica Miastenia, acaben con ella, y en algún momento te separes de su sombra. Ansioso deseo que quizá nunca consigas. Pero la lucha sigue.

Lo bueno de los sueños. (En homenaje a María Elena Walsh)

Lo bueno de los sueños. (En homenaje a María Elena Walsh)

Las luminarias del  universo celeste brillan hoy con alegre satisfacción.  Han recibido un nuevo alistamiento. Galaxias del más allá acogen el vuelo de María Elena Walsh recién llegada desde aquí abajo.

Pocas crónicas han desgranado un soplo en su recuerdo. Apenas unas líneas han dotado de tibia efervescencia el recuerdo de quienes crecieron con la voz de Rosa León aunada con su verso joven.

Quienes abrazaron los setenta empezando a crecer, o asomándose a su ingenua adolescencia han de conocer “el mundo del revés” girando en un vinilo con carátula pop. Por entonces quizá no sabíamos que el apellido Walsh era, en realidad, irlandés, aportado por un progenitor ferrocarrilero que tocaba el piano en sus ratos libres mientras su hija, María Elena, simulaba dormir siestas al amparo de las sombras de un patio con rosales, limoneros, naranjos y una higuera rodeada por  esas gallinas y gatos que saldrían a rezongar en su poesía.

Las páginas de “Los Tres Mosqueteros” o “Robinson Crusoe” fueron su  compañía en las largas tardes que serían dulce presagio de su larga dedicación a la escritura.

Algo más adelante, cuando la escritora alcanzó a la niña con un poema recién publicado a los quince años, el verso de la Walsh nos llegó primero vestido de canción infantil a bordo del raudo cuatrimotor que pilotaba el doctor que traía la vacuna contra el brujito de Gulubú. ¿Vamos ya recordando? Luego aleteó como una mariposa enamorada al hilo del llanto en alemán de Juan Sebastián Bach.

Luis Aguilé o Joan Manuel Serrat apartaron para sus trabajos sendos versos de aquella jovencita en quien puso sus ojos literarios nada menos que Juan Ramón Jiménez.  

Escalofríos  produce leer su “Canción de cuna para un gobernante” o escucharla en la voz cascada de Mercedes Sosa siendo partícipes del ambiente político del cono sur.

Fue María Elena persona valiente que incluso en su vida personal desafió a las convenciones. ¡Cuánto más en su poesía!

Como ella misma afirmaba, ni el viento furioso, ni la oscura tempestad podrán detenerte si te animas a volar. Y a ello nos animó con su pluma, a alcanzar el arcoiris, a cantar lo que sucede y lo que no puede ser, a dar al loco razón y al bárbaro mucha paz…

Maria Elena Walsh nos hizo niños entre delfines tocando el violín pero también nos recordó que la primavera puede oler a granada de gas.  “Quien me busque por el tiempo me hallará en el ruiseñor”,  vaticinaba uno de sus poemas. Hoy quiero buscarla junto a la estrella del amanecer. Ella estará allí. Vestida de poema. Lo bueno de los sueños es volar.

 

 

(En la foto, la imagen de un sueño incumplido...)

Canción del adiós.

Canción del adiós.

Una niña de arrabal en los argentinos años cuarenta no parecía tener entre sus horizontes  el ansia de volar. No fue el caso, sin embargo, de María Elena Walsh. Una familia encadenada a las tradiciones inglesas habría de desvincularla de los estereotipos femeninos habituales del momento y firmar su acceso a la Escuela Nacional de Bellas Artes, una institución liberal que la marcaría para siempre.

Sus primeras obras, rayando la adolescencia, huyen del almibarado barniz de sus correligionarias y se aprestan a marcar sendas de juegos lingüísticos, rimas y medidas precisas y auscultadas con mimo. Las travesuras literarias de sus compañeras solo eran fruto de la edad y el momento. En María Elena, por el contrario, iban a ser oficio, profesión de futuro.

Que Juan Ramón Jiménez apreciara su buen hacer y la hiciera codearse con  Ezra Pound, Pedro Salinas o Salvador Dalí fue otro escalón más en la fulgurante carrera de la tímida, rebelde e introvertida Walsh.

Sin embargo, el régimen peronista, con el que ella marcó distancias, no le permitió desgranar su verso. Se imponía el exilio como única manera de sobrevivir en libertad. Y apareció París.  Y Leda. Dos rubias de ojos azules pasean el folclore de su país respirando, nota a nota, el aliento de Jacques Brel, Aznavour, Yves Montand o Juliette Gréco y el milagro se consolida.

 

María Elena Walsh descubre el verso para niños y le añade esas gotas de subversiva  potencia que la acompañaría después. Ella y su obra caminarán de la mano, siempre contracorriente, dejando atrás los convencionalismos y el orden establecido para zambullirse en la fantasía y la imaginación. Canciones, poemas, comedias musicales, todo un bagaje que ha hecho comparar su figura con la ácida Mafalda.

 

Por otro lado, su sentimiento interno la hace publicar en prensa multitud de artículos que luchan con una censura corta de entendederas que no siempre se percató de su fina agudeza. “La Juglaresa” como la llamaban, tocaba a la puerta de las conciencias y empujaba a golpe de poema el alma de su público hacia realidades que poco o nada tenían que ver con la realidad.

María Elena colgó un sable sobre la agria cabeza del gobernante sin nombre mientras dormía acunado por los brazos del pueblo, rabia y sangre, y dejó flotar su verso en ese universo de sueños que solo la palabra es capaz de moldear.

Ahora su voz y su presencia han vuelto al reino del revés. La niña rubia nos visitará de nuevo con su regadera de lluvia o disfrazada de sol en la alborada. María Elena Walsh, aprendiz de río en el país de Nomeacuerdo, dejará caer gotas de poema sobre nuestros sueños y su sonrisa le pide, mientras, tiempo al tiempo para cantar de nuevo la música de la buena voluntad.

 

Gracias por todo, María Elena.

Mirando hacia atrás con libros. (El Día de la Lectura en Andalucía)

Mirando hacia atrás con libros. (El Día de la Lectura en Andalucía)

Diríase que no es buena idea dedicar un día a determinada efeméride. Parece que si existe el Día de los atunes masacrados, el de los que abominaron de sus vicios  o el de tal o cual colectivo menospreciado, la solución a sus problemas está a la vuelta de la esquina. No suele ser cierto, desde luego.

Decía un afamado  propagandista que si algo se repite mucho, aunque no sea cierto, acaba por convertirse en verdad. Si aclamamos una conducta quizá generemos una corriente afectiva hacia ella en quienes nunca se preocuparon de observarla.  

Hace escasas horas celebramos el Día de la Lectura en Andalucía. Todavía tenemos frescas en el oído las vívidas palabras de Vargas Llosa afirmando que “aprender a leer” ha sido una de las mejores cosas que le han sucedido en la vida. Alguien que afirma públicamente tal circunstancia merece, no cabe duda alguna, ese y cualquier otro premio que podamos convocar.

No siempre, sin embargo, nuestros niños y niñas comulgan con ese indescriptible placer. En ocasiones por culpa de un planteamiento restrictivo que solo trata de acercarles las “obras maestras” , clásicos incluidos, que los mayores marcamos para ellos. Otras veces es el entorno social el que les presenta tal cantidad de “wii-espejismos”  que hacen que el humilde libro necesite mil y un empujes para adentrarse en el ocio  primero de su infancia y, más difícil todavía, de su preadolescencia.

Pero no busquemos culpables. Un libro siempre tendrá algo distinto y especial agazapado tras sus cubiertas. Y, al contrario que en esos destellos tecnológicos que nos ciegan desde edades tempranas, seremos nosotros mismos quienes vayamos dando forma a su contenido con las pinceladas de un ingrediente negado en consolas y pantallas: la imaginación.

Se atacó a ciertos modelos escolares por favorecer el uso de la memoria, cualidad que nunca debimos dejar de lado. ¿Y a la imaginación? ¿Se la estimula adecuadamente cuando más se hace necesario abonarla para que ya siempre nos acompañe?.

Miro atrás y recuerdo el primer libro que ha quedado prendido en las neuronas que aun me funcionan –quizá no demasiadas ya-: Una edición infantil de “Robinsón Crusoe”. Aun Daniel Defoe no era nadie para mí, pero tengo claro y fresco en mi mente, milenios después, el estremecimiento que recorría mi cuerpo cuando el naufrago enfermaba y, en su cabaña, revivía los fantasmas propios de la fiebre. Fue aquella una isla, la de la lectura,  en la que Robinson me atrapó para siempre y a la que intento ahora atraer a esos niños en cuyos ojos me reflejo cada día.

¿Qué es un baobab? (El Principito en Afganistán)

¿Qué es un baobab? (El Principito en Afganistán)

Entre el minutado descarnado de los telediarios, arropada por otros mil sucesos, la noticia del reparto de ejemplares de “El Principito” a manos de nuestros soldados por el lejano Afganistán corre el peligro de pasar inadvertida y olvidada. Incitar a la libertad, a la vida, con las “inocentes” palabras del libro de Saint Exupéry en mitad de un país carcomido por feroces enfrentamientos es un sentimiento utópico al que todos quisiéramos sumarnos.

Cuando un niño afgano abra ahora sus ojos bajo el deslumbrante sol de las arenas que le rodean podrá hacer suyo aquello de…”siempre he amado el desierto. Uno puede sentarse sobre una duna sin ver ni escuchar y siempre habrá algo que brille en el silencio”. Probablemente serán explosiones y disparos los sonidos que interrumpan su meditación y el reflejo de una bala, el brillo del poema, pero él sabrá que todo eso es accesorio ya que lo primordial, aquello que guiará su vida, lo esencial, siempre es invisible a los ojos.

Ese niño, nacido quizá de la guerra, no tendrá tiempo para crecer. Un día se levantará con la madurez del hambre, del exterminio, del lúcido estirón que provoca el agarrarse con fuerza a la supervivencia y dirigirá sus pasos por el primer camino con el que se encuentre porque “todos los senderos llevan a parajes habitados por los hombres” y allí los encontrará aunque probablemente no le tiendan la mano: “Como ya no hay comerciantes de amigos, los hombres ya no tienen amigos” ¿Dónde los encontrarán si no pueden comprarlos?

Ese niño de mirada profunda leerá una y otra vez el librito que un soldado puso entre sus manos y añorará darse de bruces con aquel que, al apagar su farola, hacía descansar a las estrellas ya que él quisiera que quienes durmieran fueran los morteros y los relámpagos en la noche.

Con el tiempo, ¡quién sabe!, ese chaval lector podría acabar con la lacra que corroe su país y el germen de su hazaña pudo nacer de las ya amarillentas páginas de un libro que alguien le regaló y eso que nunca supo lo que era un baobab.

Enfrentar el odio y la guerra a la cultura, a las páginas sensatas de los libros, al ansia de salir de los pozos de misiles hundidos en el polvo o escapar de la metralla salvaje son objetivos que se confunden con la cotidiana realidad de muchos “planetas” que habitan en el nuestro.

¿Hubiera cambiado la historia si algún gobernante se hubiera sumergido, con la vergüenza consiguiente, en las páginas de “Un mundo feliz” de Huxley, “Rebelión en la granja” y “1984” de Orwell, o “El lobo estepario” de Hesse…?

La terraza del Washington. (Mirando a la Gran Vía. Madrid)

La terraza del Washington. (Mirando a la Gran Vía. Madrid)

Hay calles por el mundo que con solo mencionar su nombre evocan esencias que nos hacen destilar nostalgias, sueños y deseos cumplidos o prendidos en el etéreo nirvana de lo imaginado.

No vamos a citar ninguna arteria palpitante de París, Londres o Nueva York. Tampoco una recoleta plazuela de la Venecia recóndita o una recién remodelada avenida postcomunista tras el telón del Este.

Pongamos, como dirían Sabina o Antonio Flores, que hablamos de Madrid. Y si en nuestra capital hemos de señalar una calle en el plano, nuestro lápiz se desliza invariable y sin remedio hasta la Gran Vía que ahora se apunta un  siglo.

Cuando el rumor de un nuevo musical o el crujido de las tablas de un teatro nos llaman,  la Gran Vía se transforma en hogar. Y tras pasar la representación vuelve a recibirnos una y otra vez como la gran “mamma” que sabe dar a cada uno de sus retoños lo que necesita.

La Gran Vía es un escenario, un centro de acogida, un hotel de relumbrón, un museo de jamones, un cóctel de Chicote, un monólogo que susurra el loro en su chocita, un paseo de enamorados, una cita turística, un catálogo de arquitectos, el escaparate low cost de las multinacionales del vestido y el lugar donde se da cita la historia.

Hoy quiero compartir con las aves que picotean frente a Don Quijote, con los viandantes que hormiguean bajo mis ojos, un pequeño escondrijo desde el que disfruto viendo amanecer sobre la cercana Almudena. Es la terraza del Washington. Un hotel menudo y recoleto, ajeno a los lujos y a los retruécanos del fasto pero que atesora en uno de sus pisos superiores una habitación, cuyo número no mencionaré, pero que dispone de una terraza inmensa y despejada desde la que la Gran Vía se despereza cada mañana, vive bajo el sol amamantada por el mediodía y se duerme después al arrullo de la luna juguetona que la ilumina con el amor de hermana mayor que vela y sustenta su devenir.

La terraza del Washington es mi refugio cuando Madrid se agita. Es la cumbre desde la que el mundo está a tus pies y puedes imaginar que gira solo para ti. Hay algo en ese hotel, en esa habitación, en la sonrisa de la recepcionista, en la amabilidad del personal, en el cielo que se recorta sobre ella, que hace que celebrar el centenario de la Gran Vía sea lo más parecido a soplar la tarta de cumpleaños en familia.

Cien años es mucho tiempo. Muchas historias han ido configurando la Gran Vía en esos días pasados. Alguien podría contarlas. Muchas de ellas, quizá, desde la atalaya del Washington. Desde “mi” terraza.

El lector de la tabaquería.

El lector de la tabaquería.

 

Desde el oscuro Medievo, agazapado entre los húmedos sillares de las abadías, frente a los desnudos maderos del refectorio, el lector ha ido superando los obstáculos del progreso para acampar en nuestros días en los últimos reductos de la Cuba de Castro.

La lectura en voz alta, obsoleto detalle que bebe de las fuentes del semianalfabetismo campante en las turbias sociedades de los siglos oscuros, permanece viva en el perfumado mundo de las tabaquerías del Caribe.

Mesones, plazas, cartujas o monasterios han oído desgranar a lo largo de siglos la voz meliflua del monje somnoliento, el épico ardor del juglar o el melodioso tedio del poeta. Todos ellos se unieron después al esnobismo de las academias renacentistas y barrocas al son de la palabra.

Textos cuya audición servía, en muchas ocasiones, para permitir al oyente sumergirse en mundos alternativos a la rígida ortodoxia, con la consiguiente furia de las jerarquías.

Hoy, en uno de sus últimos estertores, el lector de las tabaquerías asoma su orgullosa presencia a los medios. Alguien lo ha propuesto como patrimonio inmaterial de la Humanidad y buen oficio demostraría el tribunal al efecto si así lo concediera.

El tabaco y la literatura, compañeros de viaje por la historia, se dan la mano en los talleres en los que se producen los afamados puros cubanos. Aunque vigilados, eso sí, por los comisarios siempre atentos a calmar las malas pasiones, la posible desafección al régimen, el inconformismo o el libre pensamiento. Quizá esa lectura mantiene allí un espíritu evangelizador impregnado del viejo espíritu de instruir adoctrinando mientras se aprieta un poco la tuerca de la producción: acaso el obrero rinde más si su mente escapa de la rutina que le mantiene ocupado.

Pero no nos dejemos caer en manipulaciones y sospechas. Hagamos que la voz que lee se escuche. Que la tabaquería y, por extensión, cualquier espacio, cualquier mundo, se llene con la palabra, con la voz humana que diría Cocteau.  Escuchar nos hará fruncir el ceño, subir y bajar cejas y párpados, asentir  o negar con la cabeza o el cuerpo, y sin retirar los ojos de la labor machacona y repetitiva seguir con devoción cada frase, cada verso, cada idea.

Cuánto mejoraríamos si a nuestro oído se asomara Borges o Vázquez Montalbán nos susurrara su último viaje. Quiero asustarme con Alan Poe en el autobús o mirarme en la pantalla del ordenador mientras Monterroso deja caer sus cuentos hasta mi laberinto.

Que el lector de la tabaquería sea patrimonio de todos y para siempre. ¿Dónde hay que votar?

Algo guapo para Jaén.

Algo guapo para Jaén.

Texto para el reto de DIARIO JAEN:

"Escribe algo guapo a tu tierra"

 

 

 

 

 

Raíz untuosa de aceituna verde

Como verde la escama reptiluna.

Verde ola de olivares pétreos

Hundidos en batallas verdes.

 

Verde Jaén sobre la sombra verde.

Castillo de noche y emboscada.

Reino Santo entre sillares verdes

Que el ojo vigilante de la historia

Rescata después en la alborada.

 

Torres y espadañas de cielo,

Auscultan diástoles de piedra,

Latidos de sudor,

Zarpazos de hambres milenarias

Ante horizontes verdes, nuevos,

Que levantan suspiros, ilusiones,

De un Jaén que vivirá mañana.

 

Pedro A. López.

Longevos pero maleducados

Longevos pero maleducados

Uno de los efectos colaterales del verano siempre han sido las “serpientes estivales”. Ignoro hasta que punto las encuestas recientemente publicadas  se pueden considerar así pero, desde luego, deberían hacernos meditar.

Nuestra España araña buenas –excelentes- posiciones en determinados escalones y se despeña en otros de forma preocupante.

Hemos de sorprendernos de que solo Japón y Suiza nos adelantan en buena calidad sanitaria asistencial. ¿Quién nos lo iba a decir? Esa media de 74 añitos que conseguimos vivir en este apéndice sureño de la vieja Europa nos coloca en el trío de cabeza pero ¡ay! la calidad de vida a la que podemos aspirar está ya en el puesto 22. (Siempre sobre cien países). Económicamente nos movemos en el 19, que tampoco está mal. Sin embargo, hay una espina en este florido panorama.

Si en un listado leemos Kazajistán, Cuba, Croacia, Letonia o Eslovaquia, rápidamente saltará dentro de nosotros un resorte impregnado de orgullo nacional y nos situaremos por encima de ellos en ese ranking subconsciente del orgullo patrio. ¿No es cierto?

Nada más lejos de la realidad. Esos países antes citados nos superan en un apartado en el que, si mantuviéramos una escala de valores adecuada, deberíamos estar a la misma altura –o más altos- que en el nivel sanitario: la educación.

A pesar de que “maleducado” no significa en absoluto “persona con escaso nivel de instrucción”, me he permitido titular así este comentario con el fin de llamar la atención sobre la consideración que a la educación, la enseñanza, la instrucción, se da en ciertos cenáculos. Ninguna de nuestras universidades está por encima del puesto 200 en ese listado. Y si así está considerada la cima del sistema educativo ¿qué podríamos decir de las escuelas o los institutos?

Si navegamos por la red el sentimiento parece ser de culpabilidad: los ciudadanos desaprueban ciertas prácticas del sistema educativo, desde el paso de curso con suspensos hasta el poco nivel de exigencia, dicen. ¿Favorecemos realmente que sea el esfuerzo personal del alumno lo que le lleve al éxito?

Todos, por el contrario, están de acuerdo en que la educación es uno de los pilares básicos del desarrollo de un país. ¿Qué sucede entonces? ¿Cómo deberíamos reconducir el sistema educativo?  Difícil asunto que pasa por cuestionar, revisar, replantear… Verbos todos que carecen de sentido si no se conjugan en concordancia con los artífices que lidian en el día a día de la realidad escolar.

Ahora, eso si. Somos los primeros en otro apartado: aquí se come como en ningún sitio.  Doy fe.

Palabra de toro.

Palabra de toro.

Oigo retumbar el aliento de la esa masa alimentada por el sol que me espera en el coso. Esquivas gotas de sudor perlan mi zahino trote al son de un pasodoble que hace caminar con garbo a mi oponente. Pasan frente a mí días de dehesa, de férrea disciplina en busca de la gallarda estampa que corearán en un instante los aficionados y siento que estoy a punto de entrar en el punto de mira del destino.

Por fin me dejaré llevar por el bravo instinto que hace posible mi existencia. El polvo del albero se pegará a mis patas y el fervor de las palmas me hará saber que frente a mí se alza el fragor de la lucha, el enfrentamiento con ese hombre vestido de colores que yo apenas distingo. Mis antepasados me miran desde algún burladero del tiempo, ellos que desaparecieron hace cinco siglos, y me azuzan hacia la gloria. Solo nosotros seguimos manteniendo la antorcha de la especie, el valor y el empuje que solo esperan el toque del alguacilillo para irrumpir en el imaginario de quienes nos aclaman.

Mi especie se alimenta de poder, de valiente arrojo, de cárdeno vibrar. Nacimos para ser el reflejo azabache que ilumina las tardes que se encienden a las cinco en punto, para ondear la bandera de la batalla noble y entusiasta.

Necesito ser ya aquello para lo que fui llamado. Me deleita escuchar cómo definen nuestro pelaje según los destellos que le arranca la luz de la siesta: bocinero, caribello, capuchino, retinto, rebarbo, lucero… Sé que todo cobrará sentido cuando se abra el toril. Huelo a quite, a chicuelina escrita con vuelo de capote, a verónica dibujada en la brisa. Dos almas dejaremos la sangre entre la arena. Estoque y cuerno se baten en peculiar combate mientras el polvo desmadeja los gritos o adormece el silencio.

¿Qué sería de mi vida sin el duelo feroz, sin la dura respuesta, sin el supremo don de embestir a la muerte? No es mi horizonte el fugaz paseo entre la jara ni mi futuro el de asustar turistas asomados a sus abanicos. Quiero que me deslumbren las luces de un traje de torear.

Hay un clarín que pronuncia mi nombre. La arena me espera. Sé que era este el objetivo y aquí comienza mi camino al paraíso. Con honor, con la testuz blandiendo mi regio abolengo, mi brava estirpe. Que nadie ose arrebatarme el último destello, el rojo camino de la gloria.

Allá voy. El capote parece hipnotizarme. La música flota a mi alrededor. Me muevo con furia, bajo la cabeza y la levanto con orgullo. Mi cuerno derecho choca con algo blando que, enseguida, deja brotar el mismo líquido que corre sobre mí. Ahora compartimos sangre y arena. La lucha continúa.

Arqueología torera.

Arqueología torera.

No se ha dado mucha publicidad al asunto pero dicen que, por casualidad dentro de una investigación arqueológica, se han descubierto restos de una extraña civilización que nos precedió.

A pesar del sigilo con que se ha llevado a cabo, ciertos detalles han trascendido: Parece ser que en siglos anteriores, cuando nuestros pueblos estaban aun sumidos en la barbarie, ciertos antepasados nos dejaron restos que pueden hacernos comprender algunas de sus actividades.

Se sabía con anterioridad que era costumbre construir edificios redondos rodeados de gradas pero su utilidad solo era fruto de especulaciones y sospechas.

Ahora podemos asegurar que en dichas construcciones se desarrollaban, tal y como queda de manifiesto en los grabados encontrados, espectáculos de índole sangrienta en los que se torturaba y daba muerte a bóvidos criados a tal efecto. En algunas imágenes rescatadas se observa que los verdugos iban ataviados con trajes ajustados de colores y una especie de sombrero denominado “montera”. Estos individuos, entre el griterío excitado de los espectadores, clavaban de forma repetida en el cuerpo de los animales distintos instrumentos diseñados para su lenta agonía: espadas, arpones engalanados y pequeños cuchillos afilados cuya función aun no ha sido descubierta.

En un determinado momento un guerrero a caballo irrumpía en el escenario para hincar una puntiaguda pértiga en el debilitado animal que, entre vítores, dejaba un reguero de sangre antes de morir con el único fin de servir de solaz y esparcimiento a los allí congregados.

Se sospecha, para espanto de quien lo imagine, que el trofeo que obtenían los verdugos, según su pericia en el acto de dar muerte al bóvido, eran sus orejas o su rabo, cortados allí mismo en mitad del ruedo. Solo pensar que una persona paseara con los apéndices auriculares del animal en sus manos ensangrentadas, agitándolos ante el público, puede hacer que nuestra actual sensibilidad se vea afectada, así que no incidiremos más en el asunto.

El acto terminaba con el arrastre de la víctima sobre la arena manchada.

Lógicamente existen reticencias por parte de un grupo de investigadores y de hombres de ciencia para aceptar esta explicación ya que no parece posible que nuestra especie haya dedicado su esfuerzo e inteligencia a estas macabras actuaciones ni siquiera en tiempos muy pretéritos. Varios comités ya han cursado su indignación. El ser humano siempre se ha movido en términos de civismo y de urbanidad. No cabe duda, pues, que la explicación a los hallazgos ha de ser otra muy distinta. Estaremos a la espera.

 

 

Genotipos, transgénicos y otros terrores.

Genotipos, transgénicos y otros terrores.

Como buen amante de la Ciencia Ficción nunca he olvidado aquella pequeña introducción que Ana Mariscal, la eximia directora de nuestro cine, hacía por las tardes del sábado a las películas de serie B que nos ofrecía TVE en un ciclo que nos despejaba la siesta a base de extraterrestres de látex y astronautas americanos dispuestos a salvar a una Humanidad histérica salida de la guerra fría.

Una de aquellas tardes, “la Mariscal” contó que algún chaval de su familia llamaba a estas películas “de ciencia afición” y en esa categoría me incluyo presuntuosamente. La mía  pasa por devorar cuanto libro, película o revista me coloque frente “al infinito y más allá” o me teletransporte a “donde el hombre no ha llegado jamás”.

En aquellas “Sesión de Tarde” la pantalla del viejo Telefunken vibraba con las esporas de un ser vegetal venido del espacio o quizá con las perversas manipulaciones genéticas del doctor Moreau. Quién iba a imaginar que unas décadas después podríamos ingerir maíz o soja con sus células adaptadas para matar plagas o, como ahora hemos conocido, de saborear exquisitos filetes de un salmón que se alimenta menos pero crece el doble que otro congénere sin modificar y, además, a mucha más velocidad. ¿Fascinante o terrorífico?

Mejor no responder aun a esa pregunta ya que encontramos atenuantes o agravantes a poco que sigamos leyendo las crónicas.

Si algún científico aduce que esa especie podría competir con el salmón salvaje de siempre, otro le responde algo que pone los pelos de punta: Las hembras modificadas son estériles. ¡Dios mío, igual que las señoritas dinosaurias de “Parque Jurásico”! Como todos sabemos cómo acaba la peli de Spielberg mejor no ahondar en futuras realidades. Cuando la naturaleza es desviada de sus cauces habituales cualquier guionista peliculero sabe que una catástrofe se avecina. ¿Es eso ir contra el progreso?

Y si la pregunta fuera al revés: ¿Para progresar hay que ir contra la naturaleza? La palabra gen parece extraída de una novela futurista y su manipulación nos convierte, a los ojos inexpertos de alguien de la calle en sabios enloquecidos capaces de adelantar el fin del mundo con enfermedades extrañas que nadie sabe cómo empezaron.

Plantas de un solo uso que producen frutos sin semillas. Animales que no pueden reproducirse… Enemigos invisibles que nos acechan tras las probetas de laboratorio y que juegan con la coartada de evitar la sobreexplotación o el avance de los cultivos sobre tierra virgen. ¿Ángeles o demonios? ¿Cuál es el precio del progreso? Si Ana Mariscal levantara la cabeza…

Becas, orlas y graduaciones. (PARA ALBA EN EL DIA DE SU GRADUACIÓN)

Becas, orlas y graduaciones. (PARA ALBA EN EL DIA DE SU GRADUACIÓN)

Pasear por las cercanías de centros educativos en esta época puede hacernos escuchar pinceladas de discursos de directores, rectores y demás autoridades del gremio en los que se glosa el paso por esa institución y se desea a los alumnos y alumnas que están a punto de dejarlos una nueva vida llena de éxitos.

La parafernalia puede incluir orlas, becas, bandas, proyecciones nostálgicas, recitales y todo tipo de confraternizaciones.

Los parvulines recogen la foto con su toga mientras las mamás y papás no pueden contener la lágrima al presionar el play de la cámara que inmortalizará a sus vástagos subiendo el primer escalón.

Llegará luego el fin de la primaria y, a la vuelta de la esquina se acabará la secundaria, el bachiller o la carrera. En todos esos momentos el niño o la niña, el adolescente o el joven tienen conciencia de que van creciendo, de que algo les empuja hacia el siguiente peldaño, de que sus responsabilidades aumentan y de que no hacen sino acercarse al mundo adulto con más velocidad de la que ahora desearían aunque llevan siglos queriendo “ser mayores”.

Pero todas las escaleras llegan a un último rellano. Y si el último lustro, por hacer una media, se ha visitado tal o cual Facultad, este será el postrer acto de despedida. El adiós definitivo a eso que se llama “estudiar”.

¿Y qué viene después?  Nadie nos recordará ya, año tras año, que seguimos cumpliendo tiempo. No habrá foto de graduación ni aplauso con apretón de manos al Jefe. Ese será el momento en que muchos descubrirán que hay que empezar de cero, que los tutores, los jefes de departamento, la “Seño” que consolaba nuestra pena o el severo catedrático inaccesible forman ya parte de un pasado descolorido que se queda pintado en el telón junto al que vivimos cada día.

Ahora están ya frente al verdadero problema, ante el objetivo que provocó todo el proceso: el mundo laboral, la oposición, el rodar hasta conseguir sujetarse a la rama que impide precipitarse al abismo.

Y ahí se graba a fuego el verdadero éxito o fracaso de nuestros sistemas educativos. Beca a beca, orla a orla, banda a banda sorteamos sus pasadizos hasta encontrar la salida. Un final que sólo era el verdadero comienzo. Toca empezar de nuevo.

Como habrás adivinado, Alba, estas palabras son para ti. Ojalá que la vida te sonría y que la economía de este maltrecho país mejore en tus manos. Sé que lo intentarás. La foto de esa graduación que te abre la puerta del futuro quedará para siempre en el álbum de los deseos. Cumplirlos será cosa tuya. Vuestra. El mundo os necesita. No le falléis.

 

El rojo adoquín de la Historia. (En torno a la Plaza Roja de Moscú)

El rojo adoquín de la Historia. (En torno a la Plaza Roja de Moscú)

Es una sensación de tuteo a la historia la que te embarga cuando paseas por los adoquines de la plaza Roja de Moscú. Advertir tras de ti el momificado ojo vigilante de Lenin, siempre atento a mantener las doctrinas de la Revolución, imprime carácter al recorrido. La Plaza te envuelve como si un ejército de espías fuera capaz de diseñar tus pasos aun antes de decidirte a mover un pie. Esa es la herencia que percibimos tras lustros de guerra fría.

Sobre esa losa que aun tardará mucho en desaparecer hemos florecido, no obstante, los turistas democratizando la historia. Confieso que la primera imagen que rondó mi retina cuando dejé atrás el caramelo ortodoxo de San Basilio fue, en blanco y negro, claro, la adusta presencia de Leonidas Brézhnev o de Andropov, por citar a unos de los últimos dirigentes del Kremlin, asomados a la tribuna bajo la que desfila a endiablada velocidad el ejército rojo con su despliegue de banderolas y armamento.

¿Y Gorbachov? Pues no. Con él se fue desmoronando esa idea férrea y lúgubre de la vieja URSS. El recuerdo siempre pisa terrenos emocionales y las muchas películas que alimentaron tardes de adolescencia y tiempos de madurez después me dejaron el poso amargo de la represión, de la KGB con sus hermanas la Stasi y la Securitate en los países satélites, de la vida monótona y opresiva del comunismo amenazante.

Hoy, en cualquier calleja cercana a la Plaza Roja, te asalta el vendedor con una hoz y un martillo que ya solo son símbolos publicitarios y te ofrece la gorra y los emblemas de un pasado que solo ha tenido dimensión real cuando ha salido a la luz de la liberalización.

Quizá por todo esto la noticia de que las tropas de la OTAN, el archienemigo, el diablo occidental, hayan desfilado en Moscú, en el santuario de las esencias comunistas, para celebrar el sesenta y cinco aniversario de la victoria sobre el nazismo, ha de quedar inscrito en una de esas páginas de la historia que aparentemente no tienen la trascendencia  de otros eventos impactantes pero si en las que den fe de la normalidad con que los unos y los otros fueron capaces de dejar atrás las rencillas que alguien fabricó y fue arrojando a las conciencias.

El estrado no se alimentaba hoy con las recias bufandas y los grises sombreros de los gerifaltes del régimen. No. En  la tribuna de honor, además de los dirigentes rusos, había numerosos jefes de Estado y de Gobierno extranjeros. Junto al primer ministro, Vladímir Putin, destacaba la presencia de la cancillera alemana, Angela Merkel, y el presidente chino. Nada menos que la Jefa del Estado alemán presidiendo el desfile. Una presencia, y sobre todo unas palabras que hacen soñar con escenarios impensables hace solo unas décadas. El presidente ruso subrayó que las lecciones de la II Guerra Mundial llaman a la solidaridad entre los países. Sólo unidos, ha dicho,  se podrán afrontar los desafíos y amenazas del mundo actual.

Los turistas esperan que la parafernalia termine para adueñarse de la Plaza. Los guías casi pasan de puntillas sobre Lenin y Stalin y retroceden a la gloria imperial de los Zares. El péndulo de la historia gira de nuevo sin piedad. Todo cambia. Todo es igual.

Zorros, lobos y gallineros. (En apoyo al Juez Garzón)

Zorros, lobos y gallineros. (En apoyo al Juez Garzón)

Anteponen los políticos antes de comentar una sentencia judicial la coletilla “con el respeto debido”. Bien, pues empecemos así, respetando aunque no compartiendo.

Dicen en los estrados judiciales que el paisano Garzón, ese juez al que han ido queriendo y detestando todos los partidos del espectro según sus ojos se posaban aquí o allí, ha prevaricado al hacerse cargo de la investigación de las tropelías franquistas. Esa afirmación se basa, ¡asombrémonos!, en la denuncia, entre otros, de un grupo llamado Falange Española Tradicionalista y de las Jons. Confieso que, de pequeño, ante las apabullantes cartelas con yugos y  flechas rojinegras, mi imaginación se desbordaba intentando dilucidar quiénes eran las Jons. En mi inocencia, pensaba en altivas heroínas con boina roja y uniforme blanco que desfilaban erguidas por mis sueños levantando inverosímilmente el brazo hasta rozar con dulzura los luceros que alguna marcial cancioncilla sugería.

Sin embargo la realidad era más prosaica. No eran las Jons aquellas bellas amazonas que me sonreían. Se trataba de las imperiales Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, aquella adaptación patria de los humos fascistas del momento. ¿Hemos leído bien? Si. Las JONS, redivivas, lustradas y emergentes se han posicionado como paladines de la libertad, de la justicia y, como  eternas guardianas de los ultramontanos valores del pasado, han arremetido contra aquel que intentó dar un empujón a las conciencias y tratar de dignificar y rescatar del olvido a las víctimas.

Semejante maremágnum de zorros, gallineros y lobos merodeadores merece, a buen seguro, un estudio pormenorizado. Aun suponiendo que el proceso llevado a cabo haya adolecido de ciertos problemas de forma, los delitos siempre serán las desapariciones, las ejecuciones, pero no  las acciones conocidas de un juez que las investiga.  La lucha por los derechos humanos no puede estancarse frente al paredón de quienes los negaron y pisotearon.

Nadie daba crédito a la noticia pero, a fuerza de rumiarla, en muchos foros internacionales y locales se ha llegado a la misma conclusión: nuestra justicia está politizada hasta extremos en los que, dicen, la adscripción de un determinado juez a una u otra facción interfiere en sus actuaciones.

Quizá la afirmación resulta demasiado fuerte para quienes siempre hemos creído en la Justicia, pero cuando escuchamos que ante la renovación de un órgano judicial se presentan candidatos promovidos por este y aquel partido y que, incluso, los medios de comunicación inciden en que los votos afirmativos o negativos de los magistrados suelen estar divididos según sean conservadores o progresistas, nuestra mente tiende a no comprender ciertas decisiones y actitudes judiciales.

Asociaciones, periódicos y personas individuales de todo el mundo están tratando, de una vez por todas, de poner en su lugar a Franco, su tiempo y sus hechos. Algo que quizá en la Transición se dejó pasar y que aun no hemos resuelto. Necesitamos, como decía el “New York Times”, una explicación razonada de nuestro pasado reciente y no una persecución a quien tiene el valor de reclamarla. Poco más se puede añadir.

Régula y "el Mochuelo". Miguel Delibes in memoriam.

Régula y "el Mochuelo". Miguel Delibes in memoriam.

Los personajes literarios –recuérdese a Pirandello- rebuscan e investigan a nuestra espalda esperando descubrir a quien ha de hacerlos carne y dejarlos habitar entre nosotros. Lástima que ellos, inmortales por naturaleza,  hayan de pasar también por el amargo trance de despedir  a sus mentores.

Quiero hoy pensar que esa Régula que mecía el dolor de su “niña chica” entre lamentos de ultratumba y Daniel, “llamado el Mochuelo”, lloran apoyados en algún doblez de esos que los lectores hacen en las páginas en las que son llamados por el sueño o por un timbre impúdico.

Régula, “santa inocente” de nuestro imaginario, se me antoja ahora sentada junto al último suspiro de  don Miguel. Ese Delibes que ahora abandona su cuerpo entre nosotros y que ya se desprendió de su hábito de escritor en ese punto en que la salud y la mente, la física y la química, forman el extraño contubernio que nos avisa de la oxidación que nos hará chatarra.

Las idas y venidas de Régula por las tierras de su señorito se mezclan en mi recuerdo con las remembranzas de Daniel antes de despedirse del Tiñoso para ser un flamante Bachiller. En ambos casos, el camino es la mano de Delibes, su mirada es el gesto que dibuja el futuro en el horizonte y su voz…

Solo en una ocasión tuve oportunidad de hablar con don Miguel. Uno de los periódicos escolares que alguna vez dirigí me dio la oportunidad de solicitar a soldados de la pluma, el verso y la prosa  algunos recuerdos infantiles de sus tiempos colegiales.  De todos ellos, Torrente Ballester, Gloria Fuertes, Adolfo Marsillach, Luis Rosales… solo Delibes me quedaba aun en esta parte del universo conocido.

Hoy también se ha marchado y aquel recuerdo se me queda tan huérfano como el señor Cayo, Pacífico Pérez, Azarías  o Menchu, la doliente viuda de aquel Mario a quien solo conocimos “de cuerpo presente”.

Al hilo de su pérdida he vuelto a escuchar sus palabras y el tiempo ha retrocedido al punto en que la vida transcurría a la sombra alargada de un ciprés y las señoras de rojo se paseaban frente a un fondo gris. Un punto de tristeza y algo de nostalgia contagian aquel recuerdo.

Delibes ha sido un protagonista de nuestras lecturas ya desde la época en que tras cada libro nacía una ficha resumen y, a veces, el placer de leer debía luchar contra la innata rebeldía adolescente frente a la imposición de un profesor no demasiado hábil en el arte de empujar hacia el abismo de las letras a sus discípulos.

Quizá todos forjamos nuestra “madera de héroe”  adentrándonos en la prosa de Delibes. Sus personajes nos han ido absorbiendo quizá tanto como a él mismo, que reconocía que le habían disecado hasta no dejarle más que una mente enajenada y una mera apariencia de vida.

Hoy ha llegado el día en que todos ellos vuelen cogidos de la mano y acompañen a su autor hasta la frontera misma de la inmortalidad devolviéndole el favor de haberles permitido nacer.

Si los dos grandes pilares de su obra fueron la infancia y la muerte, sean Régula y el “Mochuelo” los embajadores de Delibes ante el tribunal de la memoria.  Una vez don Miguel compartió conmigo sus recuerdos. Hoy es él quien puebla los míos para siempre.  Gracias, maestro.

Morir con la tiza puesta.

Morir con la tiza puesta.

¡Cuán alegremente los políticos dejan que la comisura de sus labios destile afirmaciones basadas en el más doloroso de los desconocimientos!

Cuentan que el Ministro de Trabajo afirmó a pie de micro que no es lo mismo jubilar a los 67 a alguien que se deja la piel en un andamio que a quien “da clase en un aula”.

Es posible que a él se lo parezca. Es más, muchos ciudadanos a los que se interrogue sobre los trabajos que tienen un nivel bajo de esfuerzo y dedicación se apresurarían a apuntar con el dedo al Maestro.

¿Qué hacen esas personas que se sientan en una mesa frente a “veintipico” niños y niñas todos los días, uno tras otro, durante años y años?

El Maestro es uno de los pocos trabajadores que se dan de bruces con esa perversa circunstancia que hace que frente a los achaques “físicos y químicos” propios de la edad siempre haya delante un adversario cada vez más joven. Cuando sus neuronas empiezan a sentir el cosquilleo previo a la desconexión, las de sus alumnos y alumnas se renuevan año tras año, curso tras curso.

Se pide al maestro que se despliegue en mil y una personalidades distintas: padre, madre, enfermero, psicólogo, animador, además de cumplir con sus cotidianas labores educativas. El profe debe saber manejar los hilos que harán crecer a parvulines de tres años, dibujar senderos a los niños de nueve, desbrozar desvaríos hormonales de un preadolescente, lidiar con la “desesperanza” de quienes sólo están prendidos con alfileres al sistema, desinfectar heridas de rodillas, codos y sentimientos a mozalbetes en ebullición, señalar futuros en el horizonte, pulsar teclas en los más recónditos rincones cerebrales de personas que, a veces, hasta ignoran que cuentan con ese órgano y, lo más apabullante, con una sonrisa abierta, con la magia que hace que cada segundo de su vida sea un aliento nuevo al minutero de los que crecen frente a él.

No, señor Ministro, los Maestros no se juegan la vida física deslizándose, ladrillo en mano, por el andamio inestable de la vida. Tampoco terminan la jornada laboral con el carbón pegado a las entrañas. Ellos no trabajan con el músculo que genera la fuerza, lo hacen con el que aviva el fuego del conocimiento. Lástima que hay muchos bomberos empeñados en ablentar esas pavesas, en despojar al emocionante acto de enseñar y aprender de su componente de esfuerzo personal, del amor por saber, empañándolo con una capa de excesos vestidos de burda burocracia cuando no de interesadas desinformaciones.

¿No será que las personas de una cierta edad siguen creyendo que la escuela es aquel espacio antañón que recuerdan?  ¿Acaso piensan que los alumnos que pueblan hoy las aulas se parecen en algo a quienes eran sus compañeros de pupitre?

¿De verdad afirma usted, señor Ministro, que a los de “las aulas” nada pasa si se les jubila cuando apenas queden treinta segundos para que tomen el último tranvía?

No quisiéramos “morir con la tiza puesta” ni que los colegios sean el escenario de nuestra capilla ardiente. Quien tenga alguna duda al respecto, está invitado a sentirse maestro por unos días.  También usted, Ministro. Algo me dice que entonces cambiarían muchas opiniones.