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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Un lejano ruido de sables

Un lejano ruido de sables

Suele decir el sabio acervo popular que cuando dos hombres se reúnen para hablar de los viejos tiempos, no suele pasar mucho para que terminen glosando sus andanzas en aquellos “gloriosos” días -vistos en la distancia- del servicio militar.

Hoy, al hilo del reciente fallecimiento del general José Juste, jefe de la división acorazada Brunete en los difíciles avatares del golpe del 23-F, mi memoria vuelve a uno de los cuarteles que de él dependían: el archiconocido Wad Ras 55, en un Madrid periférico que olía a combustible de carro de combate, a sudor, a lágrimas y a comida de rancho.  Apenas por unos meses no llegué a estar a sus órdenes pero en todas y cada una de las ocasiones en que la Transición invade nuestras televisiones no puedo evitar “teletransportarme” a aquel mundo, quizá hoy irrepetible, en el que soldaditos de a pie, arrancados de sus vidas cotidianas, debían hacer frente, por ejemplo,  a responsabilidades tan imperecederas como escoltar junto a la puerta de Alcalá el recorrido de un armón con los restos mortales de un general asesinado frente al clamor  de una multitud ansiosa de volver atrás en el tiempo mientras gritaba consignas contra el gobierno y vivas al ejército animándolo a subir al poder. Aun siento miedo al recordarlo.

Ha muerto aquel que formuló la pregunta que provocó la más famosa de las respuestas: “Ni está ni se le espera”. Fue a Juste a quien Sabino Fernández Campo indicó que Armada no iba a aparecer por Zarzuela, dando al traste con la estrategia golpista. Distinto ejército aquel al que ahora recorre escenarios en conflicto para ofrecer nuestra desinteresada ayuda. No existe ya el reclutamiento obligatorio y muchos de aquellos cuarteles, como es el caso del Wad Ras 55, han sido semiderribados para dedicar parte de sus instalaciones a dotaciones culturales. Otros serán pasto de la especulación inmobiliaria y darán paso a viviendas de todo tipo y condición. Sobre los adoquines que una vez soportaron el paso ligero de miles de chavales vestidos de caqui florecerán ahora alguna que otra biblioteca, centros vecinales y patios en los que, de nuevo, otros niños –ahora de menor edad- jugarán a otras guerras mucho más inocentes.

Quizá con el general Juste se nos va otro mordisco al pastel de ese recuerdo que se va diluyendo entre las nuevas generaciones. Quienes tienen ahora la misma edad que nosotros tuvimos a principio de los años 80 por fuerza han de ver el mundo de distinto modo. Aquel “Todo por la Patria” que presidió un año largo de nuestras vidas tiene ahora matices que lo acercan más a sentimientos cooperativos o humanitarios al estilo de una poderosa ONG oficial.

Ignoro si la ley de la memoria histórica también ha decidido alterar ese slogan pero si así fuera quizá un “Todo por todos” o un “Trabajamos por ti” podría ser un digno sustituto. La Patria podemos y debemos ser ya todos y cada uno de nosotros.

El ruido de sables que antaño se escuchaba en las salas de oficiales y que muchos pudimos comprobar en primera persona, ahora se nos antoja muy lejano. Ya nadie tiene que velar por nuestras esencias. Hemos aprendido a cuidarnos con una medicina llamada Libertad.

Pedro A. López

El saxo del abuelo.

El saxo del abuelo.

Alguien, alguna vez, escribirá la pequeña historia de la música de nuestros pueblos, de nuestra voz más popular salida de la tradición ancestral de las bandas, las agrupaciones juveniles, las íntimas “orquestas” a las que se les apea  el nombre en aras de la cotidianidad o el roce diario.

Y ese historiador o historiadora que sea capaz de escudriñar lo más profundo del alma sencilla de las aldeas, poblados y ciudades andaluzas se dará de bruces con un personaje que está llamado a ocupar un lugar brillante en el escalafón de la música popular jiennense. 

Hablamos de José Manuel Pérez Marfil, Manolo, el concesionario de Renault en el cercano Villargordo. Este peculiar, tierno e inmenso personaje en todas sus facetas, tiene esa dualidad con que tantas veces ha jugado el cine. Por las mañanas es capaz de enfundarse el mono del trabajo y revolverse ante las adversidades de mil carburadores  mientras te ofrece, además, el más equipado de los modelos de su marca.

Pero llegado el momento, como ese Billy Elliot, como la chica de Flashdance que abandonaba la fundición para ser una estrella de la danza, nuestro amigo Manolo levita hasta transfigurarse en el director de la Agrupación Musical “Andrés Martos Calles”.

Cuando ya el azul mecánico se ha virado a celeste en la corbata y la batuta se ha ganado el espacio que antes ocupaba el destornillador, por ejemplo, la figura del director brota espontánea frente a más de sesenta entusiastas músicos; unos recién llegados al hambriento gusanillo de los pentagramas; otros curtidos en experiencia pero todos y todas caminando al unísono por el recto camino de las partituras de las marchas, las canciones populares o el ritmo perfumado de incienso de las procesiones. (Excelsa su actuación frente al Cristo de la Salud, por mencionar solo una de sus salidas).

Manolo se ha ido haciendo a sí mismo. Sus nociones musicales solo venían fruncidas en el recuerdo del saxo de su padre, músico cofrade que marchó al universo de aquellos para quienes la música es la vida sin haber podido recrearse en el impactante movimiento enérgico de la batuta de su hijo.

Con la afición por montera y sin formación musical, su empeño y esfuerzo personal le ha ido haciendo progresar  en una autodidacta ascensión hasta el pódium de la dirección.  Horas quitadas al sueño y al ocio le han permitido disfrutar de ese anhelo guardado muy dentro que las circunstancias familiares y personales le impidieron desarrollar en su no tan lejana juventud.

Hoy, con la fuerza y el apoyo de sus vecinos, con el impulso del boca a boca, con la dedicación desinteresada y la colaboración de las instituciones locales, la Agrupación musical juvenil de Villargordo a cargo de José Manuel Pérez  recorre nuestras calles capitalinas y las de muchos de los pueblos de nuestra janenera geografía ofreciendo pasacalles, acompañando pasos procesionales, invitando a la alegría de las celebraciones de la Virgen de la Capilla o acariciando la ilusión infantil de la Cabalgata de Reyes, no sin antes deleitar a la concurrencia con un exquisito y divertido concierto de canciones  tradicionales navideñas.

Pero aún hay más. En los pocos ratos libres que araña a las veinticuatro horas del día, Manolo compone también distintas marchas y canciones. Un logro más en su esfuerzo y dedicación que ha sido capaz de superar innumerables dificultades y escollos.

Estaremos atentos a los programas de fiestas, a las actividades conmemorativas, a los actos programados por Entidades o Ayuntamientos. En cualquiera de ellos, en un escenario humilde de un centro social, en una plazuela con ese encanto andaluz que solo por estas tierras somos capaces de destilar, tras el telón aterciopelado de  un teatro repleto de aplausos, pateando las calles empinadas o, quizá, en su modesto local de ensayos, la música de estos esforzados chavales capitaneados por nuestro Manolo nos harán entrar en ese nirvana que solo la caricia justa y medida de los instrumentos y el compás exacto de la batuta puede abrirnos.

Enhorabuena a todos ellos. Bienaventurados los que tan agradablemente tocan y nos regalan sus notas porque ellos “son” la música. Bienaventurado, Manolo, por llevar a estos jóvenes por la senda de la clave de Sol.

Al fondo, tras la alegre jarana del pasacalles, parece escucharse el viejo saxo del abuelo. Él sonríe desde la boquilla de su reluciente instrumento y señala hacia abajo mientras comenta emocionado…”es mi hijo, mirad”.

Gracias, Manolo, por tu esfuerzo. Por tu dedicación. Por tu MÚSICA.

Pedro A. López

 

(En homenaje a José Manuel Pérez Marfil, director de la “Agrupación Musical ANDRES MARTOS CALLES” de Villargordo, Jaén)

Acné tranviario. (Las obras del tranvía de Jaén)

Acné tranviario. (Las obras del tranvía de Jaén)

No hace mucho que pudimos leer que Jaén quería proclamarse ciudad más antigua de España. Glorioso empeño para esta tierra milenaria que, ahora, desde mi atalaya, se me muestra como la azorada adolescente que se descubre un pícaro granito en el rostro. ¿Qué sino acné juvenil son esas erupciones, puntos negros, espinillas, granos y sarpullidos que están surcando nuestras calles?

Las alteraciones de la piel, en la cara principalmente, son consustanciales con la adolescencia y suponen un periodo traumático para muchos chavales ya que les llega junto a ese batido de hormonas que les hace poner en efervescencia su hasta entonces tranquila existencia. Para algunos incluso supone problemas de autoestima en esa edad en que prima el aspecto físico.

Nuestro Jaén, no cabe duda, está atravesando una adolescencia florida a pesar de su edad milenaria. Y la dolencia que lleva añadida tiene un nombre que no aparece en los tratados médicos. Se llama, sencillamente, “sistema tranviario”.

Si paseamos por determinadas calles y avenidas observaremos los  nódulos, comedones  y pápulas eritematosas que han aparecido con motivo de la construcción del tranvía. Algunos son ligeras afecciones cutáneas. Otros, por el contrario, presentan agudas y molestas erupciones que, a pesar de ser benignas, causan como el acné, devastadores efectos desde el punto de vista psicosocial.

Las excavadoras rugen alrededor de vehículos y viandantes produciendo un inasumible estrés que, en ocasiones, hace temblar la firme convicción de que todo es pasajero.  Todos aquellos que se dejan cegar por la virulencia de la acnéica explosión tranviaria se olvidan que tras un tiempo en que el espejo es nuestro peor enemigo, la vida nos hace brotar de nuevo ya como adultos.

Cuando las heridas se cierren, cuando las tuberías estén de nuevo cubiertas de asfalto y las catenarias ondeen al viento, la ciudad despertará un día con el semblante alegre y la mirada puesta en el futuro.  Un porvenir que los empecinados en mantenerse en la niñez del pasado, con político empeño,  pretenden hacernos creer que ha de ser apocalíptico.

Pero casi ninguna de estas pústulas ahora abiertas dejará huella. Las zanjas serán raíles y un estilizado tranvía, quizá fabricado en nuestra provincia, nos llevará hacia un mundo más sostenible en  el que empecemos a ir olvidando nuestros cochecitos privados reservándolos para tareas más sublimes. Eliminaremos emisiones, contaminaremos menos y nuestra vida cambiará hasta el punto de que desearemos que, a la mayor brevedad posible se inaugure también la línea 2 que quizá pasee por el Gran Eje camino de las Fuentezuelas o se asome al histórico centro urbano del viejo Jaén.

El acné está a punto de desaparecer.  Y tras él nuestra ciudad tendrá el juvenil empuje de una adolescencia renovada.

El tiempo corre y las espinillas pasan a ser solo son un recuerdo en una foto amarillenta. Las obras desaparecerán y un futuro llamado tranvía llamará a nuestra puerta. Lo que nos dolió y nos afeó quedará atrás. Estamos creciendo, alcanzando la belleza serena que nos definirá para siempre. Seamos pacientes y abramos los brazos al mañana. ¡Bienvenido, tranvía!

 

 Pedro A. López Yera

¡Willy, al rincón! (Aquellos castigos de la escuela)

¡Willy, al rincón! (Aquellos castigos de la escuela)

En la catódica noche de los tiempos Willy era el hijo de los Olesson, hermano de Nelly, la odiosa rubita con rizos que nos amenazaba a gritos en las sobremesas de la tele única. Hablamos, por si alguien no lo ha descubierto aun, de La Casa de la Pradera. ¿Situados ya todos?

Los niños y niñas de aquella comunidad acudían, con distintas maestras a lo largo de la serie, a una escuela multiusos que, los domingos, se transfiguraba en salón parroquial. La audiencia solía derramar por sus lagrimales gran cantidad de toxinas cuando, episodio tras episodio, los Ingalls y sus vecinos desgranaban el dulce y vigoroso vivir cotidiano de los granjeros del comedido oeste americano.

Pero no olvidemos a Willy. Este zangalitrón era el prototipo de chaval travieso con un punto tierno y generalmente su profesora solía decirle indefectiblemente: ¡Willy, al rincón!

Ese inocente castigo era acogido con simpático alboroto por el propio interesado y, aun más, por la concurrencia que solía cambiar bastante de domingo a domingo.

En uno de los últimos episodios Willy, ya crecidito, decide casarse y, en un bucle de inefable recuerdo, acude a la escuela para despedirse: Mira a la maestra con una mezcla de cariño, deleite y añoranza y le dice: - Señorita, ¿quiere hacerlo otra vez? - ¿Hacer qué?, le dice ella.  -Mandarme al rincón por última vez.

Y la pérfida educadora, violando todos sus derechos, pisoteando la honra personal del muchacho, vejándolo hasta lo insoportable, le dijo con su más angelical sonrisa: ¡Willy, al rincón!

Hoy, milenios después, un juez acaba de procesar a un profesor de Alicante por el nefando crimen de enviar a una de sus alumnas al rincón. Al parecer la ofendida alumna de sexto de primaria había optado, en uso de sus derechos, por dejar de presentar las actividades que el depravado maestro le imponía. Y, claro, llegado el momento de sentirse castigada, la ansiedad y la angustia le hicieron mella provocando no ya la pataleta que podemos imaginar sino una denuncia de sus padres ante los juzgados. No debemos olvidar que el profesor añadió el humillante trabajo de copiar cien veces una de esas cantinelas que seguro que muchos recordamos en nuestra vida escolar: “No debo venir a clase sin los deberes hechos”, “No me pelearé con mis compañeros” o quizá “Debo atender en clase”. Estas afirmaciones, en tiempos de libertad absoluta, de deseos infantiles y juveniles cumplidos casi antes de ser formulados, de recompensas familiares a malos rendimientos  escolares  y otro tipo de ¿bienintencionadas? aportaciones a la educación de los futuros ciudadanos, hacen que la corrección o  el castigo se consideren fuera del ámbito pedagógico. Luego el niño o la niña crecerán apenas meses y pasarán al mercado laboral.  Sus deseos, entonces,  no serán satisfechos por ningún patrón. Y si descuidan sus actividades y obligaciones deberán dar la cara.

Hoy, al leer la noticia anterior, quiero solidarizarme con ese compañero y con la seño de la pradera mientras me asombro que haya un juez dedicado a buscar en esto un delito. Creo, Willy, que hoy te voy a acompañar. Hazme un hueco en ese mismo rincón al que también yo te hubiera mandado.

 

Pedro A. López Yera

 

Donde habitaba el muro...

Donde habitaba el muro...

Al amparo de esta nueva hoja que se desprende del cuaderno de los aniversarios -han pasado ya veinte años de aquel 9 de noviembre en que el muro de Berlín se agrietó para siempre- descubro tras gozosa investigación en mi particular baúl de los recuerdos un fragmento de aquel impresentable monumento a todo lo peor que nuestra esencia humana puede destilar. Un trozo de hormigón con la huella de su esqueleto férreo marcada a pinceladas de óxido es el palpable fetiche que atesoro de una visita veraniega que me devolvió ya una extinta RDA mirándose en el espejo capitalista del vecino de Oeste. Cemento mezclado con cápsulas de oxígeno que marcaron globulosas celdas en el interior de aquella pared que impedía entrar, pero, sobre todo, estaba diseñada para no salir.

El aire que estuvo aprisionado durante muchos años dentro del muro se podría comparar con la vida de unos ciudadanos que debieron abrazar las consignas de un régimen que hoy se nos antoja grandilocuente pero vacío, histriónico pero cruel, soberbio pero irreal. ¡Cuánta mentira habitó tras el telón de acero!

Las personas que aleatoriamente quedaron incluidas dentro del perímetro del muro descubrieron el dolor, la pobreza, la desesperanza a la misma vez que perdían la libertad enterrada bajo las alambradas y los disparos indiscriminados.

A lo largo del tiempo muchos de ellos intentaron dar suelta a un irrefrenable deseo de volar y se adentraron en la senda que les llevaría a la muerte. Quedaron clavados entre los espinos con las balas ejerciendo de sibilinos bisturíes a la caza del maligno tumor del ansia de libertad.

Cuando mis pasos me acercaron a la cicatriz “donde habitaba el muro” –frase que tomo prestada de Isabel Coixet- la sangre había devenido en pigmento bermellón y decoraba los últimos restos de la infamia con murales sarcásticos en que Leonidas Breznev y Erich Honecker sellan con un beso de tornillo el sometimiento mientras un “trabi” desafiaba al tiempo desde su carcasa de duroplast. El muro era ya una atracción turística (El East Side Gallery) ajena al dolor y, sin embargo, su presencia inmaterial ha seguido apuntalando las diferencias, la memoria de un pasado surrealista. Berlín fue un faro en la estulticia humana. Un escenario en el que hubo de remendar heridas de seis décadas de guerra de todas las temperaturas. Si cruenta fue la guerra real, no menos dura fue la llamada “fría” que la sustituyó.

El aniversario del muro nos invita a recorrer su huella pero también a sus antecesores. La Bebelplatz guarda en su centro, en una mágica habitación subterránea que puede verse a través de un cristal desde la superficie, un aséptico monumento que recuerda la quema de los libros de la Biblioteca de la Universidad Humboldt en 1.933. La estancia, de un níveo reflejo blanquecino, solo dispone de estanterías vacías en todo su contorno.

Fue el comienzo. Luego, -ya lo dijo Heine- “ahí donde se queman libros, se termina quemando personas”.

Y, en efecto, por el fuego purificador pasaron los judíos, los enfermos, los gitanos, los homosexuales…

Cuando todo parecía haber pasado, la sombra del muro se levantó ante la historia. Esperemos que haya sido el último capítulo.

Un pasito p´atrás...

Un pasito p´atrás...

El abuelo Pedro veía pasar los días asomado al borde de un vasito de vino blanco con gaseosa.  Mitad y mitad. Semejante exactitud me llega de primera mano: era yo, su nieto mayor, el encargado de ir al bareto  de la esquina con la botella vacía para que, en una mística ceremonia iniciática, el  tabernero la rellenara día tras día por unas cuantas monedas. Aun circulaban las perras gordas –y las chicas- de mano en mano. También las cervezas se compraban por cajas. Unas tablas de madera clavada cuyo diseño debería haber pasado a los museos de lo cotidiano. Una vez degustado el fresco contenido, los botellines volvían a su nido a la espera de una nueva existencia.

Recuerdo a mis tías, tocadas por la varita del primer amor, comprando un par de duros de colonia que, por supuesto, se envasaba en el frasco que ellas mismas llevaban. El embudito con  que la droguera rellenaba el perfume también es, para mí,  un icono de aquellos años.

La abuela Pilar compraba una libra de pan en el oloroso horno de Melitón y la llevaba a casa en una primorosa bolsa de tela bordada que no dejaba lugar a engaño: una “p” de góticas ascendencias era seguida de la “a” y de la “n” terminada en una orgullosa voluta dibujada con mimo con aquellos hilos que fluían del costurero a golpe de aguja y de ojos cansados.

A la “Plaza” se iba con el cesto de mimbre, o de loneta. Aun no habían nacido los carros de ruedas que luego se hicieron con el poder en los mercados. Las botellas de vidrio se guardaban como joyas susceptibles de contener manjares de exquisita fragancia como la conserva de tomate o el pisto casero que por extraño sortilegio de un polvillo, ácido y blanco, que luego alguien prohibió, adornaban las alacenas para servir a continuación de guarnición al pollo de corral criado con las mondas de las patatas o los restos de cualquier alimento que nunca había necesidad de sacar a esos inmundos contenedores que hora desdibujan nuestras calles.

Crecimos. Llegó el progreso y nunca nadie más se acercó a rellenar la botella de vino. Latas y plásticos nos hicieron entrar en la sociedad del desarrollo. Con una alegría desbordante mandamos a los vertederos los frascos de “perfúmenes”, las botellas de vino, de gaseosa o los tercios y los quintos. La bolsa de lona con rayas de colores se pudrió en el desván de lo obsoleto y la carrera por fabricar mil y una bolsa de plástico con el logo multicolor de nuestra tienda de confianza se convocó en aras de un futuro mejor.

Años después las inocentes bolsas del super han resultado lesivas para el medio ambiente y como son peligrosas pues ya no son gratis. Pagando por ellas parece que nos redimimos un poco y ya no somos salvajes destructores de la naturaleza. Si antes llevábamos la botella a la tienda y la rellenaban o nos devolvían el importe del “casco”, ahora las llevamos a unos contenedores para que un camión se las lleve a reciclar aunque nadie nos devuelve cantidad alguna por ello. El progreso nos ha dado una bofetada y nos invita a retroceder.

Ahora un grupo anima a hacer pipí en la ducha para ahorrar agua. ¿Qué nos está pasando? ¿Cuál será el siguiente paso  –para atrás, claro-  que nos espera?

Planes, pandemias y pupitres. Un curso escolar marcado por la gripe A.

Planes, pandemias y pupitres. Un curso escolar marcado por la gripe A.

Hoy  se abren de nuevo los centros escolares. Los alumnos disponen aún de varios días para incorporarse al periodo lectivo que les espera. Quizá más de los que sospechan. Los noticiarios televisivos y radiofónicos, la prensa y cualquier otro sistema de comunicación que se precie nos está bombardeando estos últimos días con multitud de planes de ataque y prevención que las mayores empresas del país (Endesa, El Corte Inglés, La Caixa, etc) han elaborado para que la pandemia de gripe A no afecte en sus clientes y trabajadores o al menos minimice los riesgos de contagio y evite problemas empresariales posteriores.

Se reducirán las reuniones entre el personal, se preveen planes especiales de sustitución para aquellas personas  afectadas que necesiten bajas laborales  y se disponen medios para que sus empleados puedan controlar, en la medida de lo posible, la infección.

Dentro de apenas diez días la totalidad de la población escolar (niños y niñas, profesorado, personal de servicios) se encontrará de nuevo en sus colegios, escuelas o  institutos. ¿No son, acaso, los más desprotegidos? ¿Recordará un chavalín de seis añitos que no debe toser, ni estornudar si no es con un pañuelo de papel en la boca? ¿Llegará concienciado de no acercarse demasiado a sus amigos? ¿Podrá jugar inocentemente con ellos? ¿Podrá dar su clase normalmente la maestra embarazada que sabe que en cualquier momento se le acercará uno de sus alumnos o alumnas y la llenará de besos y abrazos?

¿Existe un plan de ataque, prevención y soporte para que los colegios no se conviertan en cadenas de transmisión de la pandemia? ¿No se debería proceder primero a la vacunación del personal, del alumnado y luego abrir los centros escolares? Quizá la respuesta a esta posibilidad no pase por “sentimientos” sanitarios sino simplemente económicos o sociales. ¿Qué haría la población escolar en casa durante, por ejemplo, dos o tres semanas más hasta la llegada de las vacunas? ¿Soportaría el tejido social, es decir, los padres con su trabajo diario, esta nueva vacación forzada? Pues… quizá mejor de lo que algunos gobernantes sospechan. ¿Quién sino un padre o una madre puede desear con más fuerza  apartar a sus hijos del posible contagio?

Hace unas pocas fechas, un colectivo sindical solicitaba que se permitiera a las profesoras embarazadas incorporarse una vez controlada la situación. Se denegó tan “descabellada” petición. ¿Por qué motivo?

Se tardó en incluir al personal docente en los posibles grupos de riesgo ante la gripe A ya que en un primer momento no se les mencionó siquiera. Solo en algunas Autonomías se ha reconocido que está en estudio una alteración del calendario escolar. En otras se disparan todas las alarmas solo con sospecharlo. Dicen que el virus es amante del fresquito otoñal y más aun del cercano invierno. Es en ese clima donde más se propaga. Seguramente ya tendrá preparada su solicitud para ingresar en nuestras aulas, que se abren precisamente cuando el verano dice adiós. Si nadie lo remedia aparecerá en nuestro libro de matrícula como un colegial más. ¿Qué haremos con él? Que la divina providencia, aunque sea laica, nos proteja.

Adelante, maestro... (En defensa de los docentes)

Adelante, maestro... (En defensa de los docentes)

En las viejas ágoras del mundo clásico, los ciudadanos  –y ciudadanas-  expresaban sus ideas y opiniones sobre el más acá y el más allá, sobre lo divino y lo humano. Hoy ese privilegio va camino de la desaparición, pero, aun así, hace unos días, en “la barra” de una típica carnicería de barrio, algunas personas comentaban las últimas noticias: una señora atropella a un chaval y lo abandona”…

¡No tenemos ya humanidad!, se dice. ¡Dónde vamos a parar! ¿Y la educación? ¡Esta sociedad va de mal en peor!

Alguien deriva la conversación hacia un spin-off de la misma temática: ¿Habéis leído que un juez ha condenado a un director por zarandear a un alumno?.

La enseñanza, -todos los asistentes se muestran de acuerdo- es la base de cualquier sociedad. Nada se consigue si no somos capaces de inculcar en nuestros hijos, en los futuros ciudadanos, los más básicos valores que han de hacerlos “personas de provecho” como se decía en tiempos de Maricastaña. (Tiempos de urbanidad, de respeto, de buena educación). Y eso ha de hacerse en la familia primero. Luego seguirá la escuela pero elevando la construcción a partir de la realidad del hogar. Sin esa simbiosis íntima entre lo que ambas instituciones quieren conseguir, poco o nada se conseguirá edificar.

¡Los padres de hoy en día se desentienden de sus hijos! –afirmaba un ama de casa. “Hoy, la madre de todos es la tele”, aseveraba alguien.

“La escuela bastante hace”.  “Pobres maestros”. Esas palabras consiguieron la unanimidad de los presentes y a mí, que soy del gremio, me recorrió una especial satisfacción. Lástima que el titular que se estaba comentando hiciera flaco favor a ese sentimiento.

Nadie puede pensar que alguien que dedica su vida a “trabajar” con niños y niñas se levanta por las mañanas con la aviesa intención de golpear, zarandear, pegar , insultar o menospreciar a los destinatarios de su labor. Obsérvense las comillas. ¿Es realmente un trabajo enfrentarse a veintitantos niños y niñas cada día para tratar de guiarlos por el camino del propio descubrimiento, de enseñarles “a vivir”, a conocer su entorno, su historia…?

Desgraciadamente ese idílico paisaje que podríamos imaginar al pensar en un grupo de alumnos con su maestro/a está últimamente demasiado lleno de obstáculos, de grietas que es difícil saltar.  No siempre los chavales acuden a la escuela con el ánimo y la disposición que sería deseable. Todos conocemos casos en que el hecho de “dar clase” se convierte en un infierno del que es complicado salir.

¿Qué medios tiene el docente para lograr una mínima base sobre la que asentar el día a día del aula? La motivación externa es cada vez menor. El interés de los alumnos va disminuyendo.  El apoyo familiar y social decae. Nadie recuerda al maestro/a esforzado que avanza con “sus niños” por el camino del conocimiento y de la vida. Sin embargo, ¡ay de aquel que intenta que en su clase se respete el derecho a que todos puedan “disfrutar” de la enseñanza!.

Si levanta un poco más la voz y al alumno le parece que le está gritando… ¡Denuncia!  Si osa ponerle la mano en el hombro para, sencillamente, indicarle que se siente…¡Denuncia!  Si utiliza un cierto lenguaje algo mordaz para inducir al interfecto a que reconsidere su postura… ¡Denuncia por humillación y por menoscabo de sus derechos como persona!

Nadie defiende la violencia ni es una escuela el lugar adecuado para su existencia. Todos sabemos que la teoría dice que hay que hablar, dialogar, motivar, reconducir, reorientar, meditar. Magníficos verbos que nos trasladan a un paraíso irreal en el que ciertos elementos sociales creen que la enseñanza se mueve.

Ese director que “zarandeó” a un alumno ¿le imponía un leve correctivo mientras le afeaba su conducta?  Muy probablemente. ¿Sabemos el historial del mismo?  ¿Se había producido, acaso, una continua y reiterada alteración de la normalidad del aula?  Seguro. ¿El tutor o tutora del mencionado chaval  lo había llevado ante el  director cuando ya le era imposible controlar la situación? No parece caber duda alguna.

¿Y qué sucede después?  ¿Tortura psicológica con tratamiento posterior? ¿Daños físicos?  Mis diplomas y estudios no me capacitan para opinar sobre estos aspectos, pero apelo al imaginario colectivo.  No así a la justicia. ¿O es a la ley?

Sinceramente no puedo compartir esa sentencia que se discutía entre solomillos y muslitos de pollo. Estamos llegando a la última frontera. Un lugar en el que no nos espera la consideración, el apoyo social  o una pizca de reconocimiento. Allí aguarda la justicia con sus ojos vendados. Espero que, aun sin confirmación bíblica, haya un pequeño cielo para los maestros y maestras. Quizá allí puedan sentirse satisfechos de su labor, de sus muchos años de lucha y se olviden de los sinsabores y de los sinsentidos.

Ojalá que ese reconocimiento que puede notar en aquella carnicería se extendiera por otros ámbitos. Incluidos los tribunales.

Quiero manifestar con todo cariño, aprecio y simpatía, mi más firme apoyo a ese compañero director en el que todos los que nos dedicamos a la docencia podríamos vernos identificados.  Adelante siempre. Nuestra labor está por encima de estas situaciones. Y si alguien lo duda… está invitado a ser “maestro por un día” como aquel añejo programa de televisión.

Puedo asegurar que muy pocos/as  superarían la prueba.  ¡Cuán desconocida es la labor casi siempre callada del maestro!

El Talgo nunca llegó a Jaén.

El Talgo nunca llegó a Jaén.

Este fin de semana, apenas hace unas horas, el último “Talgo Rojo” que aun circulaba por las vías patrias recoge sus ejes circulantes, su sistema de suspensión novísimo, su peculiar diseño y cierto aroma nostálgico que le rodea para pasar a esa jubilación que bien puede hacerle recalar en un Museo, rodando en Sudamérica o, quizá, entre las destructoras muelas del desguace.

Este tren, estilizado y cómodo como nunca antes se había visto en aquella España que empezaba a desprenderse del tono gris de los cincuenta, tuvo hermanos menores –los llamados Talgo I y Talgo II- pero su eclosión acaeció en 1.964. Lástima que, por aquellos años, los españolitos carecían del montante económico que se necesitaba para disfrutar del indescriptible salón mirador del último vagón o del soplo acariciador del primer aire acondicionado ferroviario que se recuerda.

Los primeros sesenta eran tiempos del “rápido” o del “expreso”, por no mencionar al eterno “correo”. En la dictatorial piel de toro la palabra “rápido” solo era un adjetivo sin mayor significado. Las largas y fraternales travesías, las interminables esperas sentados en la maleta de cartón piedra o la marcada incomodidad de los vagones de “tercera” estaban a la orden del día… especialmente en ciertas estaciones. Léase Jaén.

Nuestro bien amado Talgo rojo nunca llegó a Jaén. O al menos mi memoria no me lo devuelve entrando en aquella vetusta instalación que coronaba el Paseo de su nombre. Aquel tren pionero solo se dedicó a visitar las grandes ciudades, las líneas mimadas. Para esta perdida estación jaenera solo quedaron los ahora llamados eufemísticamente “regionales” con alguna festiva excepción: ¿Quién ha olvidado aquel cósmico “Platanito” que nos regalaron por muy poco tiempo?

Para subir al Talgo había que trasladarse a Espeluy o a Linares-Baeza. Y no siempre con transbordo asegurado. Recuerdo aquel trocito de papel rectangular que el funcionario rellenaba a mano llamando por teléfono en el que te aseguraban la reserva de plaza pagando el lógico suplemento, claro. ¡Qué tiempos!

Entonces los trenes tenían personalidad propia. Uno veía el Talgo rojo y sabía que era distinto, exclusivo y especial. Hoy ves el R598, el ALVIA, el AVANT o incluso el AVE y todos tienen el mismo disfraz blanco con sus pinceladas violetas.

Subir al Talgo III –que ese era su nombre oficial- era respirar otro ambiente distinto. Los ajados departamentos de los expresos eran como las corralas de vecinos. El Talgo, por el contrario, permitía esa intimidad que te impulsaba a sumergirte en el paisaje y soñar en silencio.

Al viejo Talgo lo sustituirán los ALVIA o los ALTARIA. Quizá un AVE. Desgraciadamente, tampoco, por ahora, esos nuevos Mercurios alados pasarán por la estación de Jaén. Bueno, si en los tiempos del hambre el café se llamaba achicoria, ahora tenemos un Ave-lanzadera hacia Cádiz y algo llamado Media Distancia Plus que se cree un Ave y que es lo más de lo más para las capitales de ¿segunda?

Lástima que el nombre TALGO esté desapareciendo de los catálogos de Renfe. El Pato es un Ave de la familia Talgo, pero pocos lo saben… Quizá alguna vez anide en nuestra estación.

Horas de vuelo. (Miedo a volar)

Horas de vuelo. (Miedo a volar)

Verano y vacaciones empiezan por la misma letra que volar. Y dedicarse a emular al viejo Ícaro es una tarea que ya no requiere ser un maestro en la artesana tarea de engarzar plumas de ave con delicadas gotas de cera derretida. Ahora sencillamente embarcamos por la puerta 14 B, por ejemplo,  a través de cintas andantes misteriosas o ascendiendo en escaleras mecánicas que se mueven a endiablada velocidad. Llegamos a un áureo pasadizo al que los entendidos llaman “finger” y ¡halehop! una uniformada azafata de vuelo nos indica con la mejor de sus sonrisas que debemos ocupar las plazas 16E y 16F. Allá que nos dirigimos con la “cabin baggage” -que hemos hurtado a la cinta tragaequipajes- en la mano y con el gesto de preocupación colocado a modo de careta sonriente.

Tras la oportuna lucha con otros aspirantes a colocar sus bolsas en el receptáculo superior que también alberga las inquietantes mascarillas de oxígeno y en ocasiones hasta un minitelevisor, procedemos a embutirnos en el asiento, nunca mejor dicho. Si nuestras lorzas –bella palabra de regia tradición desde el siglo de oro- han adquirido un cierto protagonismo, será de todo punto imposible hacer que la mesilla que está adherida al respaldo del viajero anterior descienda hacia la posición horizontal. Pero eso aun no debe inquietarnos ya que toda nuestra atención ha de dirigirse a los cómicos gestos de la azafata a la que ya conocimos a la entrada. Ahora nos está indicando con el hastío de lo mil veces repetido las salidas por las que deberemos huir si hemos sobrevivido a la catástrofe. (Debe suponerse que los accidentes se producen de noche ya que se nos advierte que hay unas lucecitas en el pasillo que se encenderán para que sepamos el camino… (Aquí está la explicación de esa luz que todo el mundo dice ver cuando se acerca el fin).

Luego, de pronto, un comandante con voz cinematográfica te espeta que estamos a punto de salir, que tardaremos una eternidad en bajarnos y que espera que te lo pases de escándalo en su avioncito. Aquí es cuando notas en tu cara una estampida procedente de las salidas del “air conditioned” que se juntan con el pitido de tus oídos y con los rugidos de unos motores que hacen vibrar todo el fuselaje. Vas a cerrar los ojos pero en el último momento tu mirada choca con la plaquita del “Life jacket under your seat”. Entonces das un pequeño taconazo para ver si chocas con el salvavidas pero ya estás despegándote del suelo protector y solo deseas que el reloj vuele a más velocidad que la de crucero  mientras recuerdas los jirones de la tapicería de una vez que volaste con Tarom rumbo a Transilvania o la única manta de que disponían en un vuelo de las Czech Airlines cuando se fue a pique el sistema de calefacción.

Abres los ojos y vuelves a ver aquella taza de café que se te quedó vacía mientras el líquido flotó unos instantes sobre ella al atravesar una turbulencia a la vuelta de París. Vuelves a cerrarlos pero antes miras el reloj. Solo han pasado quince minutos. Ahora mismo, bajo la ventanilla, dos nubes de frágil algodón azulado duermen tranquilas en ese cielo que les pertenece y que, quizá, estamos profanando. Cosas de un verano que empieza.

 

Te recuerdo, Victor. (Homenaje a Victor Jara)

Te recuerdo, Victor. (Homenaje a Victor Jara)

La calle mojada, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo… ¿Quién no recuerda estos versos en la cálida voz de Víctor Jara? Es Amanda que va a reunirse con Manuel y a punto de descubrir lo eternos que pueden resultar cinco minutos.

Pero Manuel no volvió a toque de sirena. Tampoco Víctor. Él, que cantó al derecho a vivir en paz y que soñó con una cadena universal de palomas y olivos más allá del mar, quedó en un día oscuro del setenta y tres tirado en el césped de un estadio chileno convertido en prisión.

Su voz sonó por última vez ante los compañeros presos solo un segundo antes de que la bala del odio le hiciera callar para siempre. Antes le habían pisoteado los dedos para que nunca volviera a acariciar las cuerdas. (Algunos dicen que le cortaron las manos).

Sus canciones me rodean ahora en la nostalgia de un piso de estudiantes: Mara, Zoilo, Paco, yo mismo. Una guitarra y unas notas melosas. Las casitas del barrio alto llenas “de latifundistas y traficantes, abogados y rentistas con hijos “rubiecitos” que juegan al bridge y toman martini-dry.”

Cierro los ojos y aquella tarde se transmuta en nostalgia. Eran tiempos de Universidad, de ganas de salvar al mundo, de pasquines de la Joven Guardia Roja, de conciertos de Luis Pastor en la vieja escuela de Magisterio, de carteles del Ché o de casettes de música de cantautor. Y entre ellos, a la cabeza, Víctor Jara: “Que los derechos humanos los violan en tantas partes, en América Latina domingo, lunes y martes. Nos imponen militares para sojuzgar los pueblos, dictadores, asesinos, gorilas y generales”

Víctor nos hizo sentir el cosquilleo de hacer algo por los oprimidos, de hacernos uno en esa oración que luego censuró la tele oficial en boca de Mercedes Sosa: “Líbranos de aquel que nos domina en la miseria; Tráenos tu reino de justicia e igualdad.

Hoy, en un recuadro, en una nota perdida entre la vorágine de sucesos en que se han convertido nuestros noticiarios, se comenta que se va a condenar a uno de los responsables de la muerte de Víctor Jara. Era entonces un soldado de reemplazo y, muy probablemente, no sea mas que el dedo ejecutor. Pero si que marca el sendero de la justicia. Ningún poder debería tener en sus manos la vida de quien disiente, de quien alza su voz y su guitarra contra aquellos que  revientan la flor con genocidio y napalm” o “Explotan al campesino, al minero y al obrero, hambre miseria y dolor…”

La muerte de Víctor quedó sumida en la tiniebla del poder omnímodo, en la marea alta del “porvenir de las horas amargas” pero ahora se abre un resquicio en la búsqueda de responsabilidades. Un guiño del tiempo a la justicia o viceversa. Algo con que “amarrar los sueños... laborando el comienzo de una historia sin saber el fin”.

Lástima que en otras latitudes, léase nuestro solar patrio, otro cantor de libertades, otro poeta de la palabra, Federico, no haya podido alcanzar aun el tranquilo reposo y siga en la oscura fosa del odio fratricida.

Te recuerdo Víctor, te recuerdo, Federico. Aquí queda la clara, la entrañable transparencia, de vuestra  presencia. Plantada queda la bandera con la luz de vuestra sonrisa. Hoy es el tiempo que puede ser mañana.

Un ataúd con mensaje.

Un ataúd con mensaje.

Un refresco para deportistas que hace apenas unos meses  navegó por los corazones de un grupo de “locos” sudamericanos que emitían su enajenación a través de la radio, revive ahora en el corazón del África profunda con la alegría que nuestra civilización siempre ha escamoteado a la muerte.

La idea de transmitir a nuestro último viaje esa pizca de locura que significaría marchar al más allá no en un féretro de artística madera tapizada sino en un envoltorio que diera a nuestros deudos una idea de lo que siempre quisimos, de aquello que nunca conseguimos o, quizá, de un extravagante deseo que jamás nos atrevimos a confesar, pudiera ser uno de los más gozosos descubrimientos de la publicidad contemporánea.

Pensemos, en un ejercicio de futuro, a lomos de qué Clavileño nos encantaría cabalgar hacia la laguna Estigia en pos del cancerbero.

Pero no caigamos en el oscuro pensamiento de que ya nada nos ha de importar cuando nuestro aliento quede fútil, inane, a merced del tiempo y del olvido.

¿Olvido? Quizá ahí se esconda el más intrincado de nuestros temores. Vivimos cada día arañando las paredes del mundo tratando de construir, de levantar, de crecer. Y está entre nuestras aficiones el aplicar una espesa capa de brillante barniz a las actuaciones que llevamos a cabo: Ese pellizco de soberbia, unas gotas de orgullo, un napado de envidia… cualidades que nos adornan y con las que creemos asegurarnos un lugar en el porvenir.

Sin embargo, como afirman que decía San Agustín –aunque la autoría real de ciertas citas merecería un comentario aparte-,  “la soberbia no es grandeza sino hinchazón  y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. A veces el brillo del barniz nos impide apreciar el color que nos circunda y el éxito mezquino y temporal nos aupa –o eso imaginamos- a las cimas de un patético poder que a nadie importa.

Por eso muchas civilizaciones han luchado contra la muerte asimilándola con el olvido y se han revelado contra esa última posibilidad de supervivencia. Reverenciales faraones identificaron su memoria con las piramidales rocas que engulleron sus cuerpos y algunos han llegado hasta nosotros arrastrando parte de los iconos de sus vidas en un desesperado reto al último adiós.

¿Será ese concepto, esa idea, la que quiere resucitar –magnífico verbo que encaja a la perfección con esta afirmación- el spot de los africanos?

¿Qué forma tendrían los ataúdes de quienes conforman el núcleo de esta sociedad que nos envuelve? ¿Qué legaríamos al futuro si realmente existiera tal posibilidad? Ni imaginar quiero el gesto de quien nos descubriera allende el tiempo.

Si existe algún registro de este tipo de últimas voluntades, espero que mi ataúd pueda tener forma de libro. Suena a tópico pero ¿sabrán nuestros congéneres de veinte siglos más allá lo que era semejante artefacto? Posiblemente no si triunfan esos aparatos electrónicos que pretenden sustituirlo, pero me queda la duda razonable y el íntimo deseo de su supervivencia.

Ah!, el anuncio del que hablamos termina con una frase lapidaria: El ser humano es maravilloso. Habrá que creerlo, por supuesto. ¿O la publicidad siempre trata de engañarnos?

 

Un deseo llamado tranvía. (El tranvía de Jaén)

Un deseo llamado tranvía. (El tranvía de Jaén)

Si existe un medio de transporte que más sentimientos haga aflorar con su sola mención, con permiso del ferrocarril, ese es el tranvía. Nadie que haya paseado por el mundo ha podido olvidar las estrechas calles de Lisboa surcadas por “los amarillos” cargados de “saudade”. Tampoco el reflejo de los tranvías en los canales del Amsterdam nebuloso que respira los efluvios de sus “coffeeshops” empapados de cannabis.

Praga también ofrece sus entrañas a bordo, como en un viaje a través del tiempo que, hasta hace poco, podía sumergirte en los oscuros años previos a la caída del muro. Y qué decir de esa panorámica que podemos divisar desde el tranvía de San Francisco en la cima de la calle Hyde, en dirección a Fisherman Wharf: la bahía, las cinematográficas calles empinadas y al fondo, en mitad del mar, Alcatraz.

Los tranvías son capaces de transportarnos no solo físicamente, también pueden llevarnos, como en una visión arañada a la realidad cotidiana, a lugares que solo viven en el subsuelo de los sueños, en el recuerdo de una pantalla en la que Blanche Dubois llega en un tranvía llamado Deseo para instalarse en casa de su cuñado Kowalski en una Nueva Orleáns pintada en blanco y negro.

También Buñuel hizo a la ilusión viajar en el 133, un desvencijado tranvía a punto de ser jubilado por la superioridad, al que subirán en su último estertor, el más variopinto grupo de viajeros jamás imaginado.

Más cerca nos queda la Malvarrosa. Destino del tranvía que una vez soñó Manuel Vicent: Una ruta de iniciación a la vida de un joven en la España gris de los años 50, con paradas en ajados prostíbulos o en atrevidos volúmenes de Camus o de Sartre.

Ahora, como saliendo de las pantallas, invadiendo nuestra tranquila siesta provinciana, el tranvía llama a nuestra puerta con guiños a la modernidad, ofreciendo sus vías a un progreso en el que los vehículos propios han de perder protagonismo en aras de la rapidez, el cuidado medioambiental o la vertebración de los espacios económicos y sociales.

Desde los aledaños de la plaza de la Constitución, la imagen de las vías a nuestros pies, el monumento a las Batallas en el centro y, al fondo, las fuentes del Bulevar, nada tendrán que envidiar al San Francisco de los folletos turísticos. Queremos entrar en el futuro a bordo de un tranvía y soñamos ya con su ampliación, con otras líneas que marquen territorio hacia las Fuentezuelas a través de las sendas del Gran Eje o que permitan el traqueteo –coqueto y excitante- que nos traslade por los barrios antiguos, por las callejas que una vez fueron judería o tarro de las esencias de las que bebimos a lo largo del tiempo en un largo devenir que llega hasta hoy.

Ese aparcamiento disuasorio que presidirá el comienzo –o el fin- de la línea, permitirá que nuestros visitantes se acerquen con ojos distintos, sin el estrés de no saber dónde dejar por unas horas la rémora del automóvil. Polígonos, Universidad, Hospital… todo un eje de progreso y bienestar se nos presenta vestido de deseo, vestido de ilusión. Nuestro futuro está anunciado en la marquesina de tus paradas. Nada ya será igual cuando surques las calles. Bienvenido, tranvía.

 

Eméritos de la enseñanza. (A D. Miguel Castellano)

Eméritos de la enseñanza. (A D. Miguel Castellano)

Dedicado a D. Miguel Castellano.

Con cariño y admiración.

 

 

Con el vapuleo a que las hordas informáticas someten al  lenguaje castellano no tengo muy claro si la e- de e-mail,  por ejemplo, es un prefijo que significa virtual. Reconozco mi anclaje en el clásico idioma de los libros, de la literatura capaz de hacernos sentir la e-moción de la que una operadora telefónica se apoderó en beneficio publicitario.

Pero no es mi intención hoy adentrarme en los procelosos mares del maltrato lingüístico a pesar de que sea otra palabra así formada: e-mérito, la que titula esta columna.

Los eméritos son una raza distinta, superior, que traspasa las barreras del  tiempo: tras una vida entera dedicada a la docencia, preferentemente universitaria –es en ese campo donde más se usa el término- siguen unidos a esos claustros de los que formaron parte con la ilusión renovada que les da enfrentarse de nuevo cada mañana a las miradas de sus discípulos.

Confieso mi estupor al haberme topado con una de esas figuras que me ha enfrentado con mi propio sentido de la entrega a una profesión. No hablamos de las altas palestras, de las ágoras ilustradas, de los cenobios tocados por la sabiduría. No. Estamos a pie de aula en una escuela de primaria. Y en el medio, de clase en clase, de pasillo en pasillo, dejando que su alma se expanda, un emérito, un jubilado que nunca nos dejó a pesar de que el calendario le apartó del día a día oficial.

Miguel Castellano, -sé que no te gustará leer tu nombre-, colgó su diploma de merecida jubilación en la estantería de los trofeos, junto al cariño de varias generaciones de niños y niñas, de familias enteras, y lo dejó cubrirse del polvo del olvido mientras él se persona cada día en “su” colegio. Cuando el Día de Andalucía hace que las banderas de nuestras esencias andaluzas inunden patios y corredores, es Miguel quien las empuja como un viento educado que las  hace ondear orgullosas.

Si los chiquitines han de lanzar al mundo unos versos garabateados en su alma de poetas, es Miguel quien sujeta el micrófono que difunde sus voces. Si en algún momento nos descubre decaídos, arremete contra el desánimo y nos insufla el soplo que necesitamos, la savia que nos hace renacer.

Miguel sabe sacar provecho de las pequeñas cosas quizá porque él es grande en todos los sentidos. Efectúa virtuosas incursiones en el bricolaje pero sé que, en el fondo, más que adaptar un cable, envainar un destornillador, diseñar un forillo escénico o modelar a golpe de sierra una agotada barandilla, sueña con volver a reflejarse en los veinticinco pares de miradas infantiles a las que elevó sobre las cimas del conocimiento. Lástima que las leyes no contemplen su deseo.

Miguel Castellano es nuestro emérito particular y desinteresado. Nos lo da todo con la sonrisa siempre en el semblante, con la mano extendida, con el alma abierta. Miguel sigue siendo maestro a pesar de las hojas caídas de los almanaques y yo -con él- me siento orgulloso de serlo también. La enseñanza, la educación,  no debería permitirse el lujo de desaprovechar a personas que pueden aportar su dilatada experiencia a quienes les seguimos después. Desde luego, sus méritos nada tienen de virtual. Gracias, Miguel.

¿Y tú querías ser Rey?

¿Y tú querías ser Rey?

La asonada –curioso palabro- de los Tejero boys ha vuelto a la actualidad de nuevo gracias a un forzado aniversario que carece de números redondos a no ser los de las audiencias televisivas.

Lo son más en tve, desde luego. “El día más difícil del rey” se merendó a la supuesta traición de dos amigos militares que luego no fue tal sino un efecto colateral del amor. ¡Ay, el amor!. También resuenan aun los fastos de otros boys, los del Valentín y sus flechas prestadas por Cupido. Y también el amor afloró en la serie de “la Primera”. La figura de D. Juan Carlos se desprende de toda majestad y se nos muestra humano, al alcance de nuestra simpatía. Es ese “Juanito” a quien se refiere su esposa o sus hermanas. Alguien que sabe llorar y emocionarse. Que sufre por un país.  Una persona a la que se le quiebra la voz cuando censura su deslealtad a un amigo del alma, ahora ya vil traidor.

La “tradición oral” siempre nos había hablado de su entrega, de sus desvelos aquel día y aquella noche en que todos estuvimos secuestrados por el bigote armado más famoso del reino tras la pléyade de bandoleros que pueblan nuestra historia. Se nos ha dicho que el rey mantuvo el pulso firme contra el staff  de los Torres Rojas, Pardo Zancada, Armada o Milans, pero no habíamos podido mirar a través de la mirilla de Zarzuela hasta ahora. Impagable Lluis Homar en su traje de rey. Por momentos se transfiguraba en el verdadero monarca y, voz incluida, nos atenazaba el corazón mientras el suyo sufría los envites del poderío “militar, por supuesto” de quienes decían defender a España y a él mismo.

Muchos soldaditos pasamos por la Brunete cuando se nos llamó a filas. (Interesante eufemismo). Yo mismo me recuerdo presentando armas ante el paso solemne del armón con el féretro de un general caído bajo la cobardía terrorista. Y aun siento un escalofrío cuando oigo a mi espalda, como en un eco de la historia, los gritos de la muchedumbre a la que un cordón de más soldados trataba de controlar tras de mi miedo. “Ejército al poder” era lo más reproducible que una señora aullaba junto a mi oído. Fueron malos tiempos aunque de aquellos lodos emergió la tempestad democrática que nos ha impulsado hacia el futuro.

Un futuro que en ese espejismo televisivo entroncaba con la mirada ávida de un niño que cándidamente preguntaba:  Papá, ¿tú querías ser rey?

Y sobre la mirada sonriente de ese Juan Carlos trasmutado cae de golpe el peso de los siglos, también el nuestro y el las toneladas de carros de combate que hollaban el asfalto valenciano y de los cuarteles de Campamento.

-No pude elegir, hijo. Es su respuesta dura y contundente mientras los teléfonos siguen vomitando y las horas van consumiendo los relojes.

En realidad ¿quién es capaz de afirmar que eligió su destino?

La historia nos depara sorpresas a las que el tiempo no guarda demasiado rencor. Los años se suceden, las canas organizan nuevos golpes de estado para deponer a la reina juventud  de nuestras vidas y llega un momento en que cualquier recuerdo atesorado lleva ya decenios apostado en la neurona de guardia. Menos mal que la tele nos permite volver a tener veintitantos años otra vez.

 

Cinco días de Septiembre

Cinco días de Septiembre

“Algunos días en Septiembre”, “Cinco días, un verano”, “Cinco días para la medianoche”…la historia del cine guarda en sus cajas de celuloide abundantes muestras de títulos que podían darnos la pista de lo importante que es una semana para alcanzar lo que deseas.

Cinco días, asombrémonos, es la dosis justa y necesaria para conseguirlo todo en la enseñanza, por poner un ejemplo. Tómese un calendario escolar y señálense en rojo los días en que los colegios imparten sus enseñanzas. ¿Es posible? Pero, ¿cuántas horas pasan nuestros tiernos infantes fuera de esa institución a la que se los confiamos para que nos los devuelvan sanos y cultos?

Los guionistas de Hollywood no tendrían problema: Sydney Poitier sería el profe ideal. Clint Eastwood podría encarnar a la autoridad, educativa por supuesto, en su registro de alma benefactora.  No me resisto a colocar a la maggiorata por excelencia como conserje ¿conserja? a punto de alcanzar la dorada jubilación –a los setenta y cinco, eso si-. Hablo de la Loren, claro. El resto del claustro podría conformarse, por ejemplo, con la maestra de música a cargo de Woopy Goldberg… y todos ellos, en una fílmica sesión conjunta, acabarían descubriendo la panacea que podría dar título a la película, aunque ya lo tengan registrado: “Cinco días de Septiembre”.

Añadiendo ese tiempo al escaso y mal aprovechado calendario que sufren nuestros escolares (obsérvese el tono amargamente sarcástico), los currículos, desarrollos cognitivos y otros apéndices colaterales de eso llamado “educación” adquieren su esplendor más brillante. Las mentes se abren, los ojos se ensanchan, las neuronas consiguen que sus sinapsis sean casi orgasmos cerebrales llenos de pasión por el conocimiento…

¿Cómo es que nadie antes se percató de  semejante prodigio? Menos mal que tenemos al cine como aliado. “Cinco días, un verano”. Si. Ahí empezó la clave. En el imaginario popular las vacaciones duran tres meses. (O más, dice alguien en el patio de butacas). Arañemos, pues, una semana a la molicie de ese cuerpo de depravados que piensan, -infelices-, que en esos días podrán diseñar programas, pergeñar planes de recuperación, temporalizar temas y propuestas, programar competencias o, sencillamente, marcar las pautas de manejo de los hectómetros de papeles e informes que se les vienen encima.

Extended vuestro esfuerzo diario a esos días que la providencia nos ofrenda, diría Don Eastwood. Cread, soñad, impulsad a vuestros discípulos y discípulas hacia el universo, aprovechando que ahora dispone de cinco nuevos astros que refulgen más que el sol. Los cinco días de Septiembre os abrirán conceptos distintos, os permitirán alcanzar la satisfacción de llenar ese hueco que siempre notasteis que faltaba en vuestra entrega cotidiana a la generosa labor de enseñar. ¡Cómo pudisteis sentir vibrar vuestro espíritu de docentes sin rodearos de la mirada curiosa de los niños esos días de Septiembre!

Y entonces, con el corazón henchido de gozo, sabremos que al fin desaparecerá el halo de fracaso que nos sobrevolaba y caminaremos por Septiembre, felices todos, mientras Woopy, de fondo, entona  un soul triste, muy triste.

Mensaje en un autobús: Dios al habla.

Mensaje en un autobús: Dios al habla.

Hace algunos años recuerdo que, desde aquí arriba, me hizo particular gracia –quizá esa palabra debería estar con mayúscula tratándose de mí- un episodio de una de esas series como La dimensión desconocida o Más allá del límite con las que pasáis un buen rato por ahí abajo. Unos extraterrestres captaban la publicidad de la televisión de los cincuenta y algunos fragmentos de ciertos programas como “El show de Lucy” –por Lucille Ball- y se expresaban así cuando llegaban a la Tierra para extrañeza y regocijo de algunos mozalbetes que los descubrían.

Ahora llevo unos días preocupado. ¡Cosas de la publicidad! Me dicen algunos querubines, amigos del “enjoy Coca Cola” o de que la Carlsberg es, probablemente, la mejor cerveza del mundo, que mi nombre, ese que un día os recomendé no tomar en vano, aparece ahora rotulado en autobuses y ampliamente debatido en los medios de comunicación. Rápidamente me he dado un garbeo por vuestras calles y, ¡oh sorpresa!, he encontrado las dos caras de la misma moneda. Ya estoy acostumbrado a aparecer en los lugares más insospechados -¿recordáis que mi nombre brillaba en las monedas que usasteis hasta hace bien poco tiempo rodeando la cabeza de alguien que os dirigía?- pero en esta ocasión, os habéis superado.

En algunos vehículos me aplican la misma publicidad que a la Carlsberg: Probablemente…. no existo y eso os debe hacer disfrutar de la vida. Pues empezamos bien, me dije.

Avancé unos pasos –en realidad kilómetros para vosotros- y hallé otro coqueto autobús decorado con un mensaje contrario: Sí que existo y debéis disfrutar de la vida conmigo.

Un mensaje, creo haber leído,  lo patrocina un club se ateos. Me caen bien, oídme. Creen que mi existencia pone en peligro su felicidad quizá influenciados por algunos voceros que me han representado en ocasiones y que siempre han puesto el dedo en el castigo, en el dolor. ¿Veis por lo que me gusta tanto la publicidad? Ojalá hubiera encontrado publicistas de categoría que con un par de logos y otros tantos eslóganes os hicieran comprender que llevo siglos, milenios, incluso eones ¿Os gusta la ciencia ficción?, intentando que comprendáis que la vida no está reñida con el gozo, con la alegría, con la ilusión de compartir, de caminar juntos sin dar ese codazo soberbio a quien nos acompaña. Si yo existo o no, eso no debe estorbar vuestra senda  a la felicidad, así que no es necesario disfrutar pensando que, como decían en la Francia de los sesenta, “Dios ha muerto”. Ahora bien, quien desee pensarlo, adelante, está en su derecho. ¿No tenéis acaso el supremo bien de la libertad?.

Otro grupo de publicitarios, ya os lo he dicho,  ha decidido contraatacar, pero me sorprende ver que son evangélicos y no católicos. A veces yo mismo me hago un lío con las categorías que habéis ido añadiendo a lo que solo  debería ser un modo de vida. ¿Católicos? ¿Cristianos? ¿Quién es más universal? ¿No es lo mismo?

Con frecuencia caigo en la cuenta de que, en mi nombre, se generan demasiados problemas y, especialmente, me duelen las ocasiones en que algunos grupos pretenden imponer a los otros su opinión sobre mí. No os preocupéis. Mi ojo –ese simpático triángulo con que los niños me dibujan- sabe, comprende y admira en ocasiones vuestro esfuerzo en vivir de acuerdo con lo que os dicta algo desde muy dentro. Y eso es lo que realmente cuenta a vuestro favor. Que nadie luche por hacer ver al otro que existo o que dejo de hacerlo. Mi existencia, en realidad, solo importa a cada uno. Ateos, católicos, ortodoxos, agnósticos  o militantes de otras opciones que me nombran de mil formas distintas se dirigen en realidad a la misma meta: la felicidad, la armonía, la paz. Y esos, no lo dudéis, podrían ser mis apellidos, así que disfrutad.

 

Incandescente Navidad.

Incandescente Navidad.

Aseguran que la Navidad es esa época en que la nostalgia, el recuerdo o la melancolía, nos envuelven de tal forma que debemos luchar por sobrevivir a base de ingentes dosis de cava y otros alcoholes aderezados con marisco y dulcerío diverso.  Puede ser. La Navidad tiene y desprende un halo peculiar que es capaz de hacernos olvidar sus verdaderas esencias épico-religiosas con caravanas persiguiendo luceros, pastores extasiados y multitudes acudiendo al diccionario -olvidado y cubierto de polvo- a la búsqueda del significado de la palabra “mirra”.

La Navidad tiene –y ahora me adentro en el proceloso pozo de los íntimos recuerdos- la desvaída luz incandescente que acariciaba el tibio pelaje de la mula que habitaba la tenebrosa cuadra de mi abuelo Pablo. Girar la “llave” –antañón sinónimo de interruptor- que  iluminaba aquella estancia tenía para mí la infantil emoción de sentirme miembro del más real de los “belenes” vivientes.

Una bombilla de escasos veinticinco watios, con sus telarañas y mosquitos sacrificados, representaba la más altanera de las estrellas. Y el pesebre rebosante de paja tierna no era sino la cuna más suave que Dios alguno pudiera imaginar. La mula nunca se enfadó conmigo cuando profané su tranquila existencia. Posaba sobre mí sus ojos húmedos y yo me reflejaba en ellos gracias al tenue resplandor de la bombilla.

La Navidad parecía ser el estado natural de aquel pacífico animal cuyo movimiento más amenazante apenas consistía en alterar con el tímido aleteo de su cola el vuelo inmisericorde de las moscas.

Los almanaques, en su perverso devenir, dieron al traste con aquel oloroso paraíso. Nunca más supe de la mula navideña del abuelo. También él se quedó un día prendido entre dos hojas del calendario y se marchó en silencio.

¿Qué nos queda de aquel espíritu navideño que pobló nuestra infancia? Se fueron las personas, la inocencia… Se rompió la zambomba y a las panderetas se les perdieron los platillos mientras el dibujo de un paisaje nevado que las adornaba se borró de pronto. Todos crecimos y volamos lejos. Ahora los polvorones se disfrazan de mousse de chocolate y los mantecados aparecen preñados con frutas confitadas o guindas borrachuelas. La botella de anís, sublime instrumento musical a quien el tenedor era capaz de exprimir las más estridentes y familiares notas, posa también en la polvorienta estantería del tiempo.

En realidad solo me quedaba la bombilla. La humilde lámpara  que mi maestra atribuía a Edison y que yo siempre imaginé como la hermana pequeña de la Estrella de Belén aunque el cometa Haley siempre peleara por llevarse el mérito.

Ayer leí en la prensa que un contubernio en pos de la salvación del medio ambiente va a privarme también de mi vieja amiga incandescente. Contaminan demasiado, dicen. Adiós, pues, a las bombillas que iluminaron nuestra vida. Adiós a mi estrella de la Navidad. Cuando ellas desaparezcan perderé otro asidero –quizá el último-  con el que soñar, otro agujero de gusano que me comunicaba con el pasado. Decididamente, la Navidad nunca será ya igual sin aquella luz desvaída. Algo habrá cambiado para siempre cuando la última bombilla deje de existir…

Diez años sin GLORIA FUERTES

Diez años sin GLORIA FUERTES

Cuando las hojas de las efemérides apuntan al décimo aniversario de la muerte de Gloria Fuertes, que se cumplirá en breve, viene a mi memoria una conversación telefónica que mantuve con ella hace veinticinco años. El periódico escolar que dirigía en Mengíbar –“Papeles escolares”- inauguraba una serie de reportajes en los que alguna personalidad de la cultura ahondaba en sus recuerdos escolares.

Un sondeo entre los alumnos del “Manuel de la Chica” coronó a Gloria como la protagonista de ese guiño al pasado. Y…ella misma cogió el teléfono, algo poco frecuente. La voz de Gloria era capaz de inundar todos los espacios aun brotando del auricular. Ese tono familiarmente aguardentoso, esa caída de las palabras como sutiles bocados a punto de ser digeridos, ese inocente acento que contrastaba con su aguerrida presencia… todo ello formaba parte de su elaborada imagen de poeta que “quería una flor natural como la que le regalaban a Pemán”.

Gloria nos habló del vetusto colegio de monjas de la Calle de Santa Isabel con dos universos entremezclados, no agitados, como diría mister Bond en referencia a su cóctel insignia: el de pago y el de “gratis” como ella lo llamaba. Un mundo de rezos a la virgen, de bordados, de travesuras a Sor Pilar, de cuentos propios escritos al amparo de la escasez de libros, de la pobreza imperante que nunca fue capaz de cercenar la felicidad.

Gloria me dijo que su gran afán desde pequeña había sido “ser Gloria Fuertes” y a fe que lo consiguió. Quizá ahora, diez años después de que ascendiera a su propio nombre, sea el momento de que las nuevas generaciones descubran a esta mujer que quiso ir a la guerra para pararla, que nunca quiso ser maestra de nada sino lección de algo, que reconocía a la poesía en las cosas pequeñas y que proclamó que leer uno de sus versos era capaz de hacernos entrar en la Gloria sin morirnos.

En otro poema afirmó que un poeta solo lo es cuando el pueblo lo lee. A ella la leyó el pueblo, en especial sus hijos, los alumnos de mil y un colegios que incluso se cambiaron de nombre para llevarla a ella en su cabecera para siempre.

Hoy, escuchando de nuevo aquella cinta ya casi apagada por el tiempo y la obsolescencia del formato, Gloria me vuelve a aconsejar que incite a mis niños a leer, a que hagan como ella, que dejaba de jugar por irse a disfrutar con un libro. Ella sigue al pie del cañón  como antaño. Suya es esa expresión de “poeta de guardia” con la que reivindicó  una poesía cercana, habitual, cotidiana, quizá como su propia alma.

Las pantallas dejaron hace mucho tiempo de emitir los programas que ella coordinaba, pero ¿quién no recuerda “Un globo, dos globos, tres globos”?. ¿Cómo seguía? Si, “la Luna es un globo que se me escapó”. Gloria se nos escapó también hace ahora diez años pero sigue viviendo en un poema. Digamos irreverentemente que su carne se hizo verso y habitó entre nosotros. Las editoriales preparan reediciones de su obra, tanto para niños como para adultos. Su voz renacerá de nuevo en las televisiones y, en especial, en los corazones de quienes la quisimos. Gloria, en la gloria, sonríe y se inventa aleluyas con los nombres de los serafines…

 

DARYMELIA: Cine S.

DARYMELIA:  Cine S.

Las pantallas de nuestros cines acaban de lanzar un auténtico guiño a la línea de flotación del tiempo con esos “Años desnudos” que rememoran aquellas películas que pulularon por las salas patrias hasta mediados de los ochenta.

Un cartel negro con letras rojas advertía en la escalinata ya perdida para siempre del viejo Darymelia que aquella película que íbamos a “degustar” era CLASIFICADA “S”.

Curiosa historia la del Cine Darymelia. No ya en cuanto a su estructura, construcción o ranciedumbre  sino en la evolución de sus programas.

En los perdidos tiempos de la Transición, cuando las ampollas de la represión empezaron a desbordar su purulento y lascivo contenido, el cine español abrió la puerta a lo que en los solares de la extranjería se denominaba –y se sigue llamando- softcore. Con un periodo de cierto glamour cuando se presuponía que estábamos ante una sala de pretendido “Arte y Ensayo”, la caída en los morbosos brazos de la “S” fue apoteósica. Los grandes éxitos del deshabillé circularon por nuestro Darymelia a golpe de cámara de  Jesús ( O Jess) Franco, del escondido entre mil seudónimos Ricard Reguant (hoy director de fastuosos musicales teatrales) o a los repletos talonarios, por ejemplo, de Balcazar.

Los encantos de Patricia Adriani, Barbara Rey o  Susana Estrada  nos hicieron suspirar en los tempranos despertares juveniles –quizá mucho más tardíos que los actuales- vestidos –quizá mejor desvestidos- con títulos de vergonzosa pronunciación y que quizá escritos sean más digeribles:  “Sueca bisexual  necesita semental”, “Con las bragas por los suelos”. “El higo mágico” o el famoso “fontanero, su mujer, y otras cosas del meter”.

Aun así, apartando la tórrida tentación previa al pecado luego confesable, hurgo en mis recuerdos darymelianos y me topo de bruces con aquella “Mujeres Enamoradas” más decantada hacia el lado “arte y ensayo” que hacia la libidinosa “S”. (Women in Love. Ken Russell) inadvertida entre miríadas de Enmanuelles y otras Nadiuskas de nacionalidades varias. También la pantalla del perdido Darymelia acogió con arrobo algunas de las películas del llamado “Cine Mondo”, una vuelta de tuerca a las excentricidades de la sociedad humana capitaneadas por Gualterio Jacopetti, por no mencionar el sangriento “Holocausto Caníbal”.

Aquella “S” que nunca sabremos qué significaba (¿Sexo?, ¿Sensibilidad?) acabó a manos de Pilar Miró, curiosamente la misma que fue capaz de programar en la Televisión Española única y defensora de la esencias, aquel “Cine de Medianoche” que comenzaba después de cortar la emisión con su cartita de ajuste y todo.  Geniales sus dos primeras adquisiciones: “Deliverance”, de John Goodman y la archicomentada en baretos y esquinas “El imperio de los Sentidos” de Nagisa Oshima.  Para mucho daría la emisión de “Interior de un convento”, de Walerian Borowczyk, que provocó dimisiones en la cúpula de RTVE y airadas protestas eclesiales.

Curioso mundo aquel de un cine ya superado en todas sus hormonales efervescencias, aquel cine más allá del destape, que recaló en nuestra calle Maestra bajo la histórica marquesina del Darymelia y ahora vuelve a nuestra memoria.