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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Monty, Dean y Newman.

Monty, Dean y Newman.

Las pantallas de los cincuenta, ávidas de personajes que poco tenían que ver con los protagonistas clásicos, encumbraron a actores como Steve McQuenn, Montgomery Clift, James Dean o  Marlon Brando a los altares del anti-héroe. Personajes atormentados, caídos en desgracia, frágiles, perdedores y asomados a un punto de visión canalla que transformaba los sueños en arisca y cruda realidad pisoteada. Nadie como Monty Clift para hacernos ver en su mirada la inestable hondura de su alma atosigada.

Dean, eterno adolescente que dibujó su futuro en el  asfalto mojado, abrió el camino a alguien  de mirada vulnerable, franca  e incluso ambiciosa, pero sobre todo tintada de ese tono azul que iluminaba los cielos de aquel “largo y cálido verano” por el que merodeba el “dulce pájaro de juventud” de Tennesse Williams.

Y Paul Newman apareció en la piel del recordado Rocky Graziano en “Marcado por el odio” de Robert Wise. Se dijo que, en principio, afectado por la  neurótica gesticulación del Actor’s Studio de Lee Strasberg y  los «tics» de Stanilavski, pero pronto Paul decidió  transformar esos corsés en la fría y contundente fortaleza que, a golpes de testosterona, emanaba de su gélida mirada.

Siguió como  Eddie Felson en “El buscavidas”, “Harper, el investigador privado”, o el Butch Cassidy de “Dos hombres y un destino”. Pero seguro que nadie lo hemos olvidado en aquella prisión infecta en la que se dedica a la  ingestión de huevos duros en “La leyenda del indomable”.

Steve McQueen le legó ese aroma irresistible para las mujeres, Monty un atormentado universo personal, Brando la pizca de soberbia y Dean le abrió la puerta del celuloide tras algún que otro traspiés (Inenarrable sus primer papel importante “de romano” en “El cáliz de plata” con aquella “faldita de cóctel” como él mismo denominó a su vestuario en el film).

Paul Newman nos ha absorbido como aquel Brick, el marido alcohólico y torturado refugiado en su vaso de whisky y con el pensamiento en su amigo muerto, mientras Liz Taylor ardía como una gata sobre un tejado de zinc. O nos ha dejado sin aliento en “Dos hombres y un destino”, en el que compartía cartel con Robert Redford al igual que en “El golpe” o en “El juez de la horca”. Se dijo que era el nuevo Marlon Brando y el sucesor indiscutible de James Dean. Queda en nuestra retina como aquel tipo duro y atormentado, enfrentado siempre a un futuro negro y hostil pero capaz de enfrentarse a las adversidades, a puñetazos con el mundo si fuera necesario. Quizá aquel primer papel infantil que representó como San Jorge dando muerte al dragón le marcó demasiado.

Ahora a Marlon, James, Monty y Steve se les une Paul en el multicolor paraíso de los antihéroes. Desde abajo, la mirada violeta de la Taylor y el amor de Joan Woodward, su eterna compañera, le dedican la última jugada en una mesa de billar. Quizá con Piper Laurie perdida en el fondo de la  cafetería.  Y él se acerca a Susan Sarandon “Al caer el sol” observado por un Gene Hackman que devora un plato de pasta regado con un toque generoso de Newman’s Choice. Después sube a su coche y emprende su última carrera hacia el horizonte.

Hoy no me puedo levantar

Hoy no me puedo levantar

El antiguo Rialto, ahora Movistar,  es un teatro recogido en forma de abanico. Estás cerca del escenario y lo rodeas. Diríase que estás apoyado en la barra del bar 33 y compartes confidencias con los chavales de la historia. La música te envuelve desde el primer momento y cada una de las vibraciones que sacuden el suelo y cada una de tus vísceras lo hacen también con la memoria.  Suenan las canciones que te han acompañado en tardes y noches, en estados de ánimo felices y en los acongojados. Y, en efecto, hoy no te puedes levantar de la butaca. Son tres horas y pico de inmersión en aquel mundo de la movida que empezaba, de la libertad sexual, de los inicios peligrosos del Sida, de la alegría de probar inocentemente la droga…

Tiempos de inocencia y de lucha. Tiempos de descubrimiento y de iniciación. Los ochenta no fueron buenos para estos chavales. Espero que sí para nosotros.

Y los protagonistas van desgranando su existencia intentando abrirse paso en el mundo de la música y en el de su propia vida. Llaman a la puerta del éxito, del amor, de la duda existencial.  Fuman y beben –en todas las posibles acepciones- todas y cada una de las ilusiones que abrigan en sus corazones casi adolescentes. Unos llegarán al éxito pero pagando un precio excesivamente alto. Otros se quedarán aparcados en la acera equivocada. Los más volverán a unos días grises  que nada se parecerán a los colores de sus sueños. Y alguno que otro se ahogará en una mezcla de lágrimas y alcohol que le dejará un regusto de cocaína y de soga apretada en la garganta.

 

Una vez soñaron ser Hijos de la Luna pero notaron, descarnadamente, que a Venus nunca se llegará a bordo de barco alguno. Siempre están a unos pasos de la cuenta atrás y quizá un día sean muertos capaces de sonreír tras la lápida que segó sus anhelos más íntimos.

 

Hoy ya no se pueden levantar porque la vida les ha sentado mal. Abandonaron, unos,  a la chavalilla de su vida y la cambiaron por un flash de éxito; alguien descubrió  que llenaba más sus sábanas el camarero que la chica del piso de arriba; Un chaval recompondrá sus días como si girara el cubo de Rubick hasta completar las filas de colores. Y otro, desgraciado y sin fuerza, desgranará su frágil calendario para arrancar furioso las hojas que le quedan aun sin estrenar.

 

No estamos ante un musical al uso. El edulcorado guión a que nos tienen acostumbrados en estos espectáculos deja paso a la vida real. Una vida pintada a golpes. Golpes de vida. Las canciones, salvo en alguna pequeña ocasión, no son intermedios acaramelados. Sirven de escalón para ir aferrándose a una ascensión personal que a veces no es sino un descenso a los infiernos.

“Me cuesta tanto olvidarte” ya no es  una canción de amor. Es una cruda despedida ante el amigo perdido.  “Barco a Venus” toma su verdadera dimensión de himno a la vida y en contra de aventuras peligrosas mientras que “Laika” o “Dalí” son sueños fruto de un porrete compartido.

Las paredes del bar 33, tan protagonistas o más que los chavales que las pueblan, son rojo ladrillo, rojo vida. Y se confunden a veces con el gris marrón de sus existencias. 

 

Menos mal que la realidad cruda y dura deja de vez en cuando un resquicio a la alegría. Los muertos son capaces de revolucionar los cementerios. Las chicas vuelan entre virutas de humo multicolor en aras de sueños inducidos. La amistad parece triunfar finalmente. El amor hace que las piezas encajen. Y la música sigue golpeando el aire con especial frenesí. El mismo que te impulsa a cantar las viejas canciones. A tararear el estribillo. A saborear cada una de las notas que te caen alrededor como serpentinas -que también- .

 

No te das cuenta de que el tiempo ha pasado hasta que las manos te duelen de aplaudir y ves que las luces iluminan de otra forma al viejo 33. Y los muertos saludan. Y esa chica que te ha gustado desde que empezó a bailar se te acerca peligrosamente saludando al público –aunque tu crees que solo es para ti-.

 

Las enormes pantallas desgranan el adiós. Los ochenta han acabado y se preparan para renacer en la siguiente función.

 

Sales con la música dentro y tus pasos parecen guiados por el compás del último baile. Una brisa más fresca que la que te recibió te devuelve a los socavones, las multitudes apretadas y los mostradores llenos de libros al aire libre.  Madrid sigue estando ahí. El musical se va de gira...

 

Los mejores blogs para el Blogday

Los mejores blogs para el Blogday

Por  cuarto año consecutivo, este domingo 31 de agosto se celebra el Blogday, el día internacional del blog y de sus creadores, los bloggers. La cita pretende dar a conocer el mayor número de bitácoras posible, por este motivo, han propuesto a los bloggers de todo el mundo que el día 31 recomienden cinco blogs que les gusten.

"El BlogDay es el día de los bloggers, ha sido creado para que los bloggers conozcan a otros bloggers, de otros países y de otros centros de interés", reza la web creada para el evento.

En esta fecha se propone un un gran meme (una propuesta o pregunta que se va contagiando de un blog a otro) para que los bloggers enviaran cinco invitaciones de cinco blogs de diferentes temáticas a cinco diferentes contactos, para que así los internautas dieran a conocer blogs que otros desconocían.

Total, que aquí van los nuestros. En realidad los tenéis en los enlaces permanentes del blog, pero no está de más recordarlos.

http://www.gratisblog.com/mundopaly/  Versos para el camino, el caminante, la meta...

http://feralon.blogspot.es/  Reflexiones y pensamientos de Fermín A.

http://juliogebe.blogspot.com/  El mundo de Julio G. Blanco.

http://mijabalquinto.blogspot.com/  La particular visión de Antonio García Sanz.

 

Expo Zaragoza: La Corrala del agua.

Expo Zaragoza: La Corrala del agua.

Vecinos asomados a las humildes balconadas. Puertas cuyo horizonte son las ventanas de quienes habitan más allá del patio repleto de geranios. Gentes que suben y bajan escaleras estrechas con cántaros, botijos, búcaros o porrones con los que invitar a quien comparte la vida un tabique más allá. Así eran las viejas corralas. Diseños arquitectónicos basados en el giro vertiginoso del eje central alrededor del que cada familia cocía a fuego lento las miserias de una España ya superada.

 

Cuando aún gotea en mis zapatos el agua mater que da nombre a la Expo de Zaragoza, cuando todavía resuenan en mi oído los chapuzones de un grupo de tristes pingüinos que huyen de ese imponente iceberg que vagabundea por el Ebro, es precisamente la imagen de las viejas corralas la que viene a mi mente cuando rememoro los cansados paseos entre pabellones cuadriculadamente ordenados, dibujados en las grises paredes que miran a la serpenteante barandilla que ejerce de poderoso imán; que te arrastra hacia ella y te incita a mirar, a penetrar en las húmedas vidas del otro lado.

 

A cada paso, a cada mirada, un país distinto ha colgado de su fachada, las letras doradas de su nombre adornadas con los efluvios azulados de sus políticas acuáticas. Como los  habitantes de la corrala, todos los participantes quieren enseñar lo mejorcito de casa y siempre en relación con el líquido elemento.

 

No hay obstáculos ni restricciones: el agua puede servir de fluido bautismal en el pisito de la Santa Sede, de juego laberíntico en la habitación de un país del este, de hilo conductor –con barquita y todo- en la estancia germánica, de protagonista en tres y hasta cuatro dimensiones de los sueños que producen las gafas estereoscópicas…

Nadie escapa a la orgullosa e impúdica exhibición. Los unos diseñaron presas para dominar la fuerza de las aguas; los otros edificaron alrededor ricos complejos de ocio; Algunos inventaron desaladoras junto a los desiertos mientras que siguen existiendo parcelas en las que solo se ofrecen chucherías artesanas con olor a exótica fritanga. Esencia patria de la corrala.

 

Suenan las doce en la Expo y todos se asoman para ver y escuchar las coplas de la vecinita de abajo. Es el Circo del Sol que salta, baila y distrae a los habitantes de la corrala que, por unos momentos dejan sus labores de recorrido y disfrutan de los disfrazados cánticos y de las emociones del saltimbanqui.

 

El mundo entero se ha disfrazado de corrala en Zaragoza. Las escaleras no son tortuosas y estrechas sino elegantemente mecánicas. Los pasillos son anchos y luminosos. Hay lonas decoradas que evitan sudores desacompasados. La corrala es de diseño y está imbuida del espíritu del Dios Ebro pero no ha perdido el viejo encanto de compartirlo todo. 

Un universo paralelo vive en la maña corrala que mira de reojo a las torres del Pilar y se contiene para no gritar que ella también tiene una Torre que guarda una gota de agua. Nadie, ni en los más imaginativos cuentos infantiles, inventó semejante artificio. Diríase que la gota gigante espera que alguien le ayude para zafarse, escapar y volver al Ebro, al mar.

La corrala apaga las luces. El agua renacerá mañana.

Besos, muros y libertades

Besos, muros y libertades

Existe en uno de los parques de Bruselas, el Mini Europe, una colección de miniaturas que representan famosos edificios europeos. Uno de ellos –de dudosa calificación monumental-  es el denostado Muro de Berlín. Miles de viajeros nos hemos paseado a lo largo del escaso kilómetro y medio que aun perdura a los casi veinte años de su caída en 1.989 y algunos, entre los que confieso encontrarme, guardamos un trozo del mismo en el cofrecillo de los tesoros. Es difícil describir la sensación que produce tocar ese hito del desencuentro, del empecinamiento político y lo es, precisamente, por ese disfraz de atracción turística que se adueña de cualquier vestigio del pasado susceptible de asalto por  las hordas viajeras, moderna  versión de los invasores de antaño.

Recuerdo esa misma sensación al atravesar la entrada del campo de concentración de Auschwitz. La emoción casi religiosa choca con un cierto tufillo a parque de atracciones con grupos de turistas en cada esquina. Quizá esos lugares –incluyendo el Muro berlinés- deberían visitarse en recogida soledad dejando que todo cuando de negativo atesoran sus piedras destile su maldad para que seamos capaces de digerirla y evacuarla.

En 1.990 un grupo de artistas de diversas procedencias decoraron lo que luego sería la East Side Gallery en la Mühlenstrasse del distrito de Friedrichshain. Con aquella pobreza de medios que caracterizó a la Alemania oriental, el muro se pintó con materiales de muy escasa calidad y sin preparar el hormigón. Como resultado, los murales se han degradado a excesiva velocidad. Repaso mi álbum  fotográfico y me descubro frente a un archiconocido beso fraterno entre Leonidas Bresnev y Erich Honecker en una imagen que, a buen seguro, guardan miles de compañeros de viaje a lo largo de los años. Una escena que hoy está desvaída, atemperada por las inclemencias del tiempo o “grafiteada” por los vándalos. Aquella herida sangrante en la piel de un país, de una ciudad, de unas personas que dieron incluso la vida por intentar suturarla, se ha transmutado en un espejo en el que aterrorizarnos al ver reflejadas en él nuestras más indignas realidades. Y como en todos los espejos han aparecido las terribles manchitas que denotan la decrepitud.

Los departamentos culturales ya se han aprestado a diseñar planes de recuperación. Bresnev y Honecker van a sonreír de nuevo con renovados colorines y todos los turistas volveremos a merodear por la orilla del muro con la alegría despreocupada que nos hace olvidar que años atrás una bala perdida podría haber hecho terminar abruptamente el paseo solo por acercarnos.

Los prebostes comunistas que recorrían la Mühlenstrasse para  ir del centro de Berlín Oriental hasta el aeropuerto de Schönefeld nunca pudieron imaginar desde sus oscuros coches oficiales que aquel muro gris levantado por la intolerancia acabaría siendo la mayor galería de arte “a cielo abierto”. Despiadada y sangrienta paradoja.

La miniatura de Bruselas representa una excavadora que derriba una parte del muro pero a los pocos minutos el muro se levanta y la máquina vuelve a derribarlo. Cruel parábola de nuestra historia. Todo acaba repitiéndose…

La edad del Pavo

La edad del Pavo

La pantalla nos muestra una  filosófica disertación sobre la evolución, los sentimientos, las relaciones interpersonales, los deseos de toda una generación. Ese desfile de personajes cotidianos nos atrapa. Quizá sea un Banco ofreciendo un futuro mejor. O una “eléctrica” empujándonos hacia un universo verde… hasta que una voz en off nos avisa: Hemos llegado a la edad del pavo. ¡Maldita publi!.

Animarnos a un buen chute de mortadela y chopped ha merecido un nada despreciable número de segundos televisivos envueltos en esa jerga pseudomeditativa que  los publicistas vomitan sin esfuerzo.

Momentos después sucumbimos al pink power del “Kalia-oxi-action-multi-cristal-white-inteligence”. Algo así como el “supercalifragilisticoespialidoso” de una Mary Poppins que, esta vez, viene del futuro pero no a descifrar los intrincados mecanismos que vencerán al cáncer ni a darnos siquiera el resultado de alguna próxima quiniela  millonaria. No. De los años venideros solo obtenemos ese insulso detergente. ¿Hacia eso avanzamos?

Si. La vida es dura. Menos mal que el trabajo la hace más llevadera. ¿Nos hemos percatado de la cara de felicidad que sacude a las damas que navegan por sus solerías a lomos de  Don Limpio o del mayordomo con algodón?  Felices son también esa nueva generación de chavalotes que manejan  la arielita como si fuera una nueva opción del ipod mientras divagan sobre las diferencias entre San Ignacio y San Jacobo.

En ese imaginario patio de vecinos se escuchan ya  las coristas del “Wipp Express” que, lejos de enfadarse con las manchas, emiten sospechosos gorgoritos camino de la lavadora. Es que la música, ya se sabe, lo amansa todo. Incluso las conciencias. Eso si. Ante la duda, el grito de guerra: Yo no soy tonto. ¡Faltaría más!

Otro intermedio. Otras escenas caseras habituales. Un baño con todo tipo de suciedad incrustada y con terracitas de cal de calibre similar a las salobres piscinillas turísticas de Pamukkale. Una cocina con grasas, salpicaduras y pisadas que para sí quisiera cualquier taller mecánico con calendario erótico en la pared.

La dueña de semejante escenario aparece feliz y no avergonzada por haber aprobado –con nota- las oposiciones a ser “la más guarra del barrio”.

En sus manos un Cillit Bang con ritmo de Peret. Y la pobrecilla nos enseña cuan rápido desaparece esa costra inmunda que ya habíamos visto momentos antes en las ollas, sartenes y demás menaje de otra familia poco dada al bello arte del restregar.

¡El frotar se va a acabar!  Si, si. Lo sabemos. Es más, en las viviendas de esas señoras se acabó hace tiempo. No hace falta mas que ver como lo tienen todo.

Por no tener ya no les queda ni una muda limpia. El gremio feminista siempre ha elevado sus estruendosas voces cuando unas angelicales muchachuelas desodorizaban sus virginales cuerpos –destapadillos ellos- con las fragancias cítricas del Caribe salvaje… y ¿qué dirán ahora? Un forofo futbolero, hijo seguramente de la señora del anuncio anterior, ha de anunciar la cervecita light como su mami lo trajo al mundo. Seguro que la ropa la tiene en la lavadora y como el perro que la sabia echar a funcionar se escapó con la primitiva….

 

Peligrosas noticias felices...

Peligrosas noticias felices...

En uno de los viejos programas de la tele única, allende los años del blanco y negro, el periodista Tico Medina proclamaba su proyecto de nuevo periódico: un medio de comunicación que solo informara de buenas noticias. Creo, incluso, que desarrolló esa idea en alguna emisión televisiva.

El periódico nunca vio la luz y, si lo hizo, nunca tuvo demasiada repercusión, al igual que el programa de la tele.

Por aquellos años triunfaba “El Caso” y por la hermana mayor del “UHF” programaban un espacio de crímenes recreados por Enrique Rubio con las grandes audiencias propias del momento.

Las buenas noticias parecen algo relegado a las contraportadas, a las crónicas de sociedad –y no siempre- o a las antaño caramelizadas publicaciones de la prensa rosa. Las portadas de nuestros periódicos y revistas gustan de informaciones que recrean ese lado oscuro que todos guardamos y que se excita ante crisis, desfalcos, asesinatos o ruinas empresariales.

Imbuidos, como estamos, de estos planteamientos informativos, nos asombra poderosamente esa nueva norma que está a punto de instalarse en la realidad de la lejana Rumania: La ley de las noticias felices, la llaman.

Si no fuera por la sospecha, quizá no demasiado infundada, de que tras ella se esconde el férreo fantasma de la censura, sería una propuesta a la que abrazar con entusiasmo. Dicen en aquel país, heredado del nefasto Ceaucescu, que las noticias negativas tienen efectos perniciosos en el espectador. Y debe ser cierto. No me cabe duda alguna que cuesta conciliar el sueño tras escuchar qué cantidad de niños mueren a nuestro alrededor cada minuto por causas fáciles de solucionar. No es sencillo continuar como si nada cuando oímos que miles de africanos han sido ejecutados por pertenecer a una etnia diferente a la que ostenta el poder. Nuestro pulso podría acelerarse de forma peligrosa al tener constancia de que tal o cual crisis pude dar al traste con nuestros ahorros, hacer que la hipoteca nos ahogue o invitarnos a caminar de noche a la luz de las velas para ahorrar en la factura eléctrica.

Los gobernantes rumanos han tenido una idea estupenda. Lástima que ya la llevaran a cabo diversos regímenes totalitarios en todo el mundo con resultados aberrantes. Esperemos que no hayan leído aun la oscura “1.984” de George Orwell donde no solo se racionaba el acceso a la información sino que se manipulaba sin descanso incluso con efectos retroactivos.

¿Quién formaría parte de un comité cuyo trabajo consistiera en dilucidar cuál es una noticia feliz y cual una que no debe ser conocida?

Quizá la disyuntiva sea, en realidad, otra muy distinta. Mas que evitar que los castos oídos del pueblo se contaminen con malas noticias… ¿no sería más racional poner todos los esfuerzos del estado en evitar que esas noticias sucedan?

Llega el calor y los periódicos empiezan a sufrir de inanición. Los productores de noticias aparcan su ritmo frenético y no generan ese rico morbo que abastece las portadas. Aparecen entonces las llamadas “serpientes de verano”, noticias infladas que en otra época no merecerían especial atención… ¿No  será  esta ley de noticias felices la primera serpiente de la temporada?

Bocas equivocadas

Bocas equivocadas

Las últimas propuestas ecológicas para tratar de solventar los problemas derivados de la escasez del  petróleo, de su precio o de sus efectos contaminantes se han presentado como un paso de gigante en nuestra evolución. Las metálicas bocas de nuestros depósitos se pueden llenar ya con biocombustibles derivados de productos naturales que, supuestamente, son casi la panacea universal. Nada menos que un puñado de maíz, por citar uno de los cereales en liza, puede transformarse en ese líquido elemento que gestiona nuestros desplazamientos.

Los grandes productores, esas destilerías de oro negro que atiborran nuestros motores, se lanzan a acaparar las cosechas de cereal y todas las campanas tocan a rebato en honor al fin de la contaminación, a la dependencia de los combustibles fósiles y a sus pérfidos residuos atmosféricos.

Los países industrializados aplauden el descubrimiento. ¿Era tan sencilla la solución? El mundo está salvado, se dice.

Muchos miles de kilómetros al sur, un niño africano llora envuelto en un enjambre de moscas que tratan de compartir con él la miseria circundante. Su madre le ofrece un pecho reseco como única fuente de alimento. El recurrente cereal del que siempre se han nutrido ha sido secuestrado para disfrazarlo de petróleo ecológico.

Ahora ese maíz llena otras bocas que no son, precisamente, la de ese niño ni la de su familia. Son las bocas de los automóviles cuyos dueños se aterrorizan al saberse “gasolinodependientes” pero que ni se inmutan al sustraer a una buena parte del mundo la única forma que tienen de no sucumbir a la hambruna.

Algo muy grave debe suceder en una civilización cuando se antepone el progreso desaforado al desarrollo de la vida. La inanición no debe ni puede ser el resultado colateral de un avance científico. La vida está por encima de los records de velocidad, de los embotellamientos de fin de semana, de los altibajos de unos precios manipulados, de la fría ceguera de los gobernantes o de aquellos cuyo único y “religioso” fin es el propio enriquecimiento.

No podemos luchar contra la escasez de petróleo o la contaminación medioambiental enviando a miles, millones, de personas a la desnutrición, al abandono, a la muerte. ¿No vale infinitamente más la vida de ese niño que antes hemos imaginado exprimiendo el ya inerme pecho de su madre que el último modelo de todoterreno circulando por una autopista europea?

¿No será un crimen de lesa humanidad dedicar cosechas enteras a investigar supuestos combustibles? ¿Podemos permitirnos condenar a medio planeta al desastre mientras nosotros nadamos en un océano de bioetanol?

Urge dedicar algún ínfimo tanto por ciento de los grandes presupuestos de I+D que en el mundo giran a promover otras líneas de investigación, a salvar la vida de ese niño, de su pueblo, de su familia.

Alguien apunta que los propios residuos orgánicos que generamos podrían ser la respuesta. Ojalá. Esa si sería una excelente noticia: la vuelta de nuestra basura en forma de empuje generatriz. La última frontera del reciclaje. Cualquier cosa menos arrebatar el sustento a quien lo necesita para apuntalar nuestros desahogos tecnológicos. No alimentemos  bocas equivocadas.

 

El subidón ALBERTI.

El subidón ALBERTI.

A aquellos a quien un libro les parece un exótico objeto decorativo debe parecerles un contrasentido que unas casetas repletas de volúmenes se llamen “Feria”. No ha sido nuestra ciudad  muy dada a albergar estas gozosas manifestaciones en que los libros asaltan al viandante y quizá por eso, como mitómano que reconozco ser, tengo que trasladarme a finales de los años noventa para dejarme llevar por uno de los más emotivos recuerdos que tienen por escenario un stand cualquiera en el Retiro madrileño.

Frente a mi, Rafael Alberti apareció con la inconfundible presencia de exquisita senectud  a la que nos habían acostumbrado los medios. Lejos de una curtida y trabajada piel de marino, su cara y sus manos diríanse de fina porcelana. Unas finas arrugas tamizadas por el radiante sol recorrían los vividos surcos de su piel.

Su mirada débil pero intensa podía traspasar el cansancio evidente con que me atendía, siempre educado, siempre atento. La mano, firme y de cuidada manicura, alentaba la imaginación. En ese instante recorrieron mi mente los mil y un versos que Rafael había escrito con aquellas mismas manos que ahora dibujaban mi nombre y el de mujer en el volumen que le tendí emocionado. La mirada de Alberti me sonaba a Roma y a destierro. A lucha y a un sutil convencimiento de que la pluma es uno de los más poderosos instrumentos de comunicación, de dialogo, de transmisión de emociones y sentimientos.

En los cálidos ojos de Rafael Alberti aparecía el Puerto de Santa María en sus más radiantes días de mar y sol; el pausado caminar por las calles romanas; la dulce compañía de María Teresa León y la alegría infantil de Aitana.

Rafael ya me había preguntado mi nombre, me estrechaba la mano y me interrogaba sobre la dedicatoria. El tacto de su piel era suave. Muy suave. Una piel, diría que escurridiza, quizá inconsciente reflejo de una escondida timidez que imaginé atisbar en nuestro encuentro.

El universo marinero de Rafael me asaltó de nuevo. Me devolvió el libro con un pez tímido y joven dibujado con un rotulador rojo que bailó entre sus dedos. Un compañero de juegos del marinero, de la concha del agua, de la sirenita del mar, del cuerpo de la aurora…

Y por un momento quise tener branquias como aquel hombre del poema. Branquias para nadar en los huertos submarinos del mar de la tarde y jugar con el calamar que manchaba de tinta las manos y el corazón de una niña que iba al mar...

Cogí mi libro y empecé a caminar con el pulso alterado y el corazón galopante. Imitando las palabras de Alberti, “Ya era yo lo que no era, cuando apareció el poeta”.  No miré hacia atrás. Simplemente seguí caminando...” por los confines de las tierras fugaces, desbocado el corazón, entre los montes y la hidrografía...” camino de mi hotel.

Leo hoy que las farmacias se están viendo asaltadas  por individuos ávidos de esas nuevas experiencias que solo confían en alcanzar a través de ansiolíticos, calmantes y demás patulea de fármacos susceptibles de “uso lúdico”. Quizá ignoran que al mejor lugar para evadir la mente no se llega con una gragea de éxtasis sino a través de las páginas de un libro. A mí todavía me dura el subidón Alberti.

Los ojos de Bette Davis. (En el centenario de su nacimiento)

Los ojos de Bette Davis. (En el centenario de su nacimiento)

Los ojos de Bette, ese icono que escapa a lo meramente cinematográfico, acaban de cumplir cien años. Una “Amarga victoria” sobre el calendario que, sin embargo nos privó de su presencia real en 1989. No así del halo de su presencia en las pantallas.

Cuesta imaginar a Bette en un plano idílico que destile paz. Quizá el viejo celuloide atesore alguna escena en la que los sentimientos que Bette desgrana para nosotros sean plácidos y tranquilos. Es posible. Pero para todos nosotros, sus rendidos admiradores, la verdadera Bette, la estrella, es la malvada, la atormentada, la que enarbola banderas de libertad en momentos históricos desafortunados o poco preparados para su eclosión, la que llora, la que grita, la que mira como solo ella sabía hacer.

Bette es la solterona, la mala,  la loba. Es Baby Jane envuelta en su máscara de maquillaje que nunca supimos si era un disfraz o un espejo que reflejaba de fuera hacia adentro, al revés que los tradicionales. Era, sin duda, “La mujer marcada” o “La extraña pasajera”. Papeles todos ellos pasados por el tamiz del desgarro, de la rebeldía o de la mas absoluta soberbia. (Pensemos en la escena del baile de” Jezabel”, por ejemplo)

 Bette arrastró siempre  aquel abandono de su padre en una infancia que se presupone feliz, un aborto empujado por la familia, una madre derrochadora, una hermana de mente inestable, los engaños de algún que otro  “manager”  o los desplantes de la Universal o de la Warner.

No le fue nada complaciente la vida. Y quizá en la pantalla consiguió lo que le estaba vedado más allá de los cines.

Ante la adversidad, “la Davis” sacó fuerza devorando kilómetros de película virgen. Sus acompañantes fueron desde Bogart a Tracy, de Henry Fonda a Errol Flynn.Ni siquiera en “Un ganster para un milagro” congenió con Glenn Ford, que ejercía como su benefactor a cambio de unas rojas y brillantes manzanas.

Las pantallas se le rendían mucho antes y mejor que la vida cotidiana. Con las mujeres, los roces se hicieron fastuosos. Todo un espectáculo en si mismos. Las escenas con su archienemiga Miriam Hopkins atraían a todo el personal del estudio por no hablar de la enemistad feroz que la unía con Joan Crawford de quien se rumoreaba malsanamente que  era una lesbiana reprimida y que, en realidad,  estaba enamorada de Bette. (Por cierto que la Davis confesó tiempo después que uno de los momentos más felices de su vida fue cuando tiró por las escaleras a Joan Crawford en Baby Jane).

Tampoco con los altos mandatarios de los estudios ni con los directores pisó un  camino de rosas. Desde Jack Warner a William Wyler (que, sin embargo, fue uno de sus amores) o King Vidor, su paso con los rodajes dejaba habitualmente un rastro de enfrentamientos y peleas que, en ocasiones, contribuían al éxito posterior de los films.

Solo en momentos puntuales la Davis conectó con quien había de dirigirla. ¡Y de qué manera!

Cuando Darryl F. Zanuck, de la 20th Century Fox, buscaba desesperado una actriz para “Eva al Desnudo” encontró a la perfecta  Margo Channing en Bette. La dirigiría Joseph Leo Mankiewicz, que no le caía bien, pero a quien admiraba y ¡albricias! ese fue uno de los pocos rodajes relajados de su carrera. La armonía durante la grabación debió trasladarse a los cines ya que el éxito fue clamoroso.

A pesar de ello, la negra sombra del destino merodeaba de nuevo sobre ella y hasta se vio obligada a pedir trabajo en los anuncios por palabras. Clásico es ya su “Actriz busca empleo estable en Hollywood. Madre de tres hijos. Divorciada. Americana. Treinta años de experiencia en el cine. Capaz aún de moverse y más afable de lo que dicen los rumores”.

Los años sesenta marcan un declive asentado en series de televisión (Muy recordada su participación en “Hotel”) aunque Bette sigue trabajando en cine en papeles y películas que no estaban a su altura pero que ella aceptaba por su necesidad de dinero.

Solo para nosotros, en San Sebastián, Bette ejecutaría el último acto de su carrera. Unas semanas  antes de morir apareció en cuerpo y alma en el festival de Donosti. Nunca hemos podido  olvidar a aquella  anciana débil, de paso titubeante cuando no en silla de ruedas. Su peluca, el duro maquillaje que resaltaba su ya de por si saltones ojos virados al violeta, su vestido, aquel sombrerito…

Una Bette que un par de años antes había paseado en una isla de Maine con Liliam Gish en una película absoluta y completamente entrañable: Las ballenas de agosto. La tranquila vida de las dos hermanas que recuerdan su vida y que añoran el paso lejano de las ballenas acompañadas de un todavía galán Vicent Price se condensa en aquella escena en que ambas discuten por el tamaño del nuevo ventanal que les permitirá contemplar mejor el horizonte.

Bette insistió en llevar el mismo traje que en San Sebastián para su último viaje. Dicen también que aseguró que, a su muerte, alguien subastaría sus pestañas postizas.

No nos consta que así fuera, Bette. Felices cien. No nos olvides.

Simios y Romanos.

Simios y Romanos.

Cuando los obituarios se han tenido que enfrentar a la cinematografía de Charlton Heston, pocos han insistido en “Cuando el destino nos alcance” (Soylent Green, 1972). Sin embargo, esa sociedad futura (o no tanto, hablamos de 2.022) en la que el hombre es, literalmente, un lobo para el hombre y es capaz de reciclar cuerpos para alimentar al exceso de superpoblación planetaria, ese apocalíptico planteamiento de Richard Fleischer,  me devuelve al Heston actor, lejos del hierático y a veces inexpresivo personaje con “cara de otro siglo” según su propia chufla.

Envuelto en ciencia y en ficción cuando no en las dos cosas juntas, Charlton me emocionó en aquella juventud ávida de extraterrestres y aventuras paranormales cuando se postra ante la humillada ruina del icono más reconocible de nuestra cultura y nos maldice a todos en la secuencia final de “El planeta de los simios”.

También aquí, como en Soylent Green, Heston nos coloca frente a  la realidad que parecía acecharnos  en un futuro cercano. Menos mal que en anteriores películas se había ocupado de defendernos y hasta de salvarnos. Moisés abre el Mar Rojo para escapar del iracundo faraón; El Cid nos devuelve el orgullo racial; Juan el Bautista redime nuestras almas; Hasta de las feroces hormigas es capaz de salvarnos un Heston enfrentado a Eleanor Parker por una virginidad políticamente incorrecta hoy en día. (“Cuando ruge la marabunta”).

En muchas ocasiones, cerca ya de Madrid, en los ferroviarios efluvios de un sueño duermevela he fantaseado con asistir a los rodajes de Heston en las superproducciones de Bronston con “55 días en Pekín” a la cabeza. Seguramente por codearme con Ava Gardner, pero ese es otro tema. Heston paseó por nuestros paisajes en variedad de ocasiones pero seguramente permanecerá  en nuestra imaginación cinéfila montado en la cuádriga de Ben Hur,  paradigma de los peplums de lujo irradiados con el toque mágico de la religiosidad casi oficial del momento.

Heston se nos ha ido a ese cielo que se publicitaba en la película aunque quizá no lo dejen entrar con su carné de presidente de la Asociación del rifle. Un aspecto, este, que en ocasiones ha enturbiado su imagen y nos la ha devuelto como la de un duro ultraconservador que quizá obviaba otros aspectos de su personalidad.

En todo caso Charlton Heston también tuvo que luchar a menudo con los críticos que lo encasillaron en la dicotomía “Simios y romanos” y nunca reconocieron del todo sus capacidades comparando su expresividad con el cartón piedra de los decorados.

Los críticos y el público no siempre suelen estar de acuerdo. ¿Cómo olvidar las buenas tardes y noches que Heston nos dejó desde las pantallas?  Él, que llegó a ser “El último hombre vivo” (“The Omega man”), nos enseñó “La historia más grande jamás contada”, y tuvo “Sed de mal” a pesar de ser un abanderado de “Los diez mandamientos” .

Para nosotros, como ya le pasó a Rodrigo Díaz de Vivar, Heston sigue actuando, continúa obteniendo nuevas nominaciones tras abandonar el escenario. Frente a él solo se abren ya oníricos “Horizontes de grandeza”. Como en “Soylent Green”, ahora ya es alimento para nuestros sueños.

A vueltas con Plutón...

A vueltas con Plutón...

Praga, -todos los que hemos pateado sus calles lo sabemos-, tiene una atmósfera envolvente que absorbe y embelesa, que distrae y alimenta el espíritu. No hay que obviar esta circunstancia a la hora de planear cualquier actividad en la vieja capital del Este europeo.

Por uno de esos indescriptibles azares del destino, la Unión Astronómica Internacional decidió plantar sus reales en unas dependencias desde las que los sesudos astrónomos podían divisar la bruma sobre el puente de Carlos al amanecer. ¡Craso error!.

Ebrios con los efluvios del incomparable marco, los reunidos han debatido temas de tanta altura como la definición y concreción del Sistema Solar. En un primer estadio, cuando toda Praga se desperezaba de una noche veraniega, decidieron que la Tierra, ese planeta con el jugamos a la autodestrucción, iba a tener hermanitos de la noche a la mañana –nunca mejor dicho-.

Barajaron nombres tan sugerentes como Ceres, Xena o  Caronte para bautizar a los celestes recién nacidos y se diseñaban festejos para celebrar el  parto estelar. Órbitas, gravedades o  masas dominantes fueron los temas a discutir a la sombra de la Torre de la Pólvora con el fresco aliento del Moldava.

El sol coronaba lentamente el horizonte y los sabios votaban las mociones que habrían de inutilizar nuestra historia reciente. Viajar a los anillos de Saturno siempre ha gustado a la ciencia ficción, pero… acercarse a Caronte abre nuevas perspectivas en todos los campos científicos y literarios.

Un descanso. Una refrescante cerveza checa. Una ojeada a la majestuosa fortaleza recortada entre los ya cálidos rayos del mediodía  y una nueva votación. ¿Ya somos doce los planetas del sistema solar?

Pues no. Caronte miró a Xena cariacontecido. Ambos dieron un pequeño codazo a Plutón. Algo no marcha, -se dijeron.

Alguien, en una oscura mesa del rincón, garabateaba cálculos sobre cientos de hojas arrugadas. De pronto se levantó. Ceres leyó su mirada y lo supo. Habían perdido. El espíritu de Praga les había gastado una mala pasada. No serían planetas por esta vez. Girarían cansados en sus órbitas celestiales sin merecer una línea en la letanía que los chavales aprenden en sus escuelas. Caronte solo sería, de nuevo, el transportista oficial de las almas y Xena olería únicamente a serie de televisión en la imaginación de los niños.

Plutón se les acercó para lamentar la situación…

En ese momento no podía  imaginar que él los acompañaría al olvido. Plutón, el  más joven y molón de los planetas, dejaba de pertenecer al club de los nueve. ¿Quién era aquel astrónomo loco que tachaba su nombre?.

¿Qué harán ahora los fabricantes de horóscopos? ¿Qué les pasará a aquellos cuyo ascendente colocaba al Sol en Plutón? ¿Qué será de ese desafío al entorno, de esa fuerte personalidad con que Plutón obsequiaba a los nacidos bajo su influencia? 

Praga seguía inmersa en el bullicio de miles de turistas ajenos a la trágica mirada de Plutón. Caronte, su satélite compañero,  lo miró compasivo. ¿Terminaba así su andadura?. ¿Pueden los cálculos de un científico imbuido de la dulce atmósfera de Praga acabar con un cuerpo celeste?

Plutón, como en un susurro, aventuró:  -Volveré.

 

Monstruos de la Hammer

Monstruos de la Hammer

Los fans del terror adolescente que puebla últimamente nuestras pantallas quizá nunca hayan oído hablar de la Hammer. Sin embargo, quienes crecimos al amparo de la fascinante mirada del Drácula clásico de finales de los cincuenta tenemos un fiel recuerdo de la productora británica. Aquellas películas de Frankenstein, del Hombre Lobo, aquel tono indescriptiblemente gótico de las historias, aquella sangre amplificada por el vibrante technicolor de la pantalla… Todo formaba parte de la imagen de marca de la Hammer.Los más increíbles monstruos poblaron el universo de la Hammer durante los años cincuenta y las dos décadas siguientes, si bien los setenta marcaron su declive y desapareció en 1986. La Momia, El Hombre Lobo, Drácula,  Jack el destripador, el Doctor  Jekyll y Mr. Hyde… el catálogo de criaturas fantásticas de la Hammer, nutrido del viejo terror de la Universal, abarrotó los cines y la imaginación con la imagen de dos actores que protagonizaron un buen número de estas producciones baratas pero efectivas: Peter Cushing y Christoher Lee dirigidos por Terence Fisher.Personalmente me emociona una de las pequeñas joyas de la casa, aunque no es de sus películas más aclamadas: la versión de El Fantasma de la Ópera.  Claro que ni las imágenes de los subterráneos de la Ópera de París ni  después los animalitos prehistóricos de Ray Harryhausen con los que me encontraría muchas veces a lo largo de mis aficiones cinematográficas, pueden competir en mi entonces imaginario infantil preadolescente con la Úrsula Andrews de “She” o  con la vertiginosa (por las curvas) Raquel Welch en “Hace un millón de años”. La Hammer circuló del terror a la aventura, del gótico sombrío al sonido de los espadachines y mezcló como nadie había hecho hasta el momento los gritos de terror con los de placer o la sangre con la lascivia. Era una forma nueva de atemorizar a los públicos de las sesiones dobles hasta que, de la noche a la mañana, el terror dejó de ser sinónimo de sangre y de monstruos y comenzó a hacerse más sutil, mas psicológico. Pero la Hammer no iba a permitir que eso la apaciguara. En los setenta decidió reunir a varios de sus monstruos en la misma película para luego ampliar su gusto por lo explícito, mezclar elementos y lanzarse al llamado cine "explotaition" con  “Las Amantes Vampiros”, por ejemplo,  aumentando las dosis de violencia, sangre y sexo incluso lésbico. De esta corriente beberían después directores como nuestro inefable Jesús Franco.La Hammer fue muriendo lentamente, pero al igual que en sus múltiples secuelas de Drácula o Frankenstein, ahora está a punto de  volver de la tumba. La reina del terror se reencarna y amenaza con volver a subir de nuevo a las pantallas. Una compañía holandesa de medios audiovisuales se ha hecho con la marca Hammer y pronto, muy pronto, estrenará nuevas aventuras que nos helarán el corazón sin necesidad de ver gritar y correr a un grupo de adolescentes descerebrados con el sexo en la frente.Es posible que ya nada sea igual. Cualquier sombra, cualquier esquina oscura puede hacernos sentir de nuevo el escalofrío, el terror, el “beso” de la Hammer. Bienvenida sea.

La Magnani sigue aquí.

La Magnani sigue aquí.

Todos guardamos en nuestro imaginario cinematográfico una imagen grabada con la fuerza desgarrada del blanco y negro.  Pues bien, si hay alguien a quien es imposible imaginar con los colorines del technicolor esa es Anna Magnani.Su mirada dura, acaparadora, tensa,  enmarcada en la sublimación de una ojera perenne, era capaz de invadir la pantalla y hacernos pisar los adoquines de la Roma de Rossellini.Ahora la actriz cumpliría cien años repletos del reflejo de su negra cabellera al viento, de su voz  de “mamma” neorrealista, de un  tumultuoso temperamento mediterráneo arañando su indómita piel guerrera y dolorida. Es un tiempo de tragedia prendida en uno de sus  mechones  cantado por el propio Passolini o de sencillo glamour destilado en polvo proletario revoloteando por los rincones de una Roma inmortal. Ya desde el comienzo nos dejó la duda sobre su propio origen. ¿Era romana o había nacido en la sugerente Alejandría? No es una duda que altere su misterio, su aura, ese sentimiento que transformaba la espectador en hijo, amante, proxeneta o admirador de su belleza sencilla y turbadora.La Magnani siempre jugó con el equívoco del espejo. ¿Era ella misma, quizá,  ese personaje abrumado pero tierno, ensombrecido pero firme, altivo pero vulnerable? Tal vez la pantalla nos devolvía la imagen del ser humano y no de la actriz. Imprimía a sus interpretaciones una fuerza felina. Desprendía una personalidad arrolladora que rebosaba dolor y soledad y nos dejaba mecernos en su mirada melancólica que con los años se tornó en fiereza explosiva.Era la prostituta redimida, la madre abnegada, la mujer romana por excelencia y todo sin dejar de ser ella. Ni en uno solo de sus personajes es capaz de hacernos olvidar a la persona. Anna Magnani se reinterpretaba a si misma; fagocitaba a los personajes. Era capaz de representar el dolor más destructor y el más placentero de los gozos, espejismos, quizá, de sus propias experiencias vitales.Su mirada profunda temía en la pantalla la traición del amante, el sufrimiento o el abandono. Algo que la vida real le sirvió a modo de nuevo guión a interpretar. Cuando Rosellini la abandona para caer en brazos de la Bergman, la Magnani le estampa al director una buena ración de spaghetti, quizá una forma de abofetear a la vida y resarcirse de la mísera felicidad a la que tuvo acceso. “Nunca he encontrado –confesó- a alguien capaz de mitigar mi empuje, de minimizar mi personalidad”. La persona fue víctima del personaje, aunque la delgada línea que separa ambas posturas era hábilmente colocada a uno u otro lado según la extraña predestinación que la marcó.Ese siglo que ahora cumplirían Serafina delle Rose,  aquella Pina que corre tras el camión de la Gestapo y tantas otras Magnani dirigidas por Visconti, Fellini, Pasolini, Cukor o Lumet, nos hace recorrer  de nuevo aquel cine italiano de posguerra reflejado no tanto en aquellas pobres y lúgubres pantallas sino en unos ojos negros que permanecen abiertos en el fotograma mágico que atesoramos.Aun hoy, en una esquina cualquiera del Trastévere, doy fe de haberme topado con el recuerdo tangible de “Mamma Roma”. La Magnani sigue allí.

Mester de Clerecía

Mester de Clerecía

En algún viejo cajón debe sobrevivir un pequeño breviario de tapa negra y dura con un Jesús adolescente estampado en oro. Aquel librito ya caminaba hacia un devenir obsoleto en los primeros años sesenta. Claro que yo no lo sabía. Para mi era un pasaporte a tierras extrañas: Trenes que atravesaban viaductos sanos y salvos si los pasajeros eran puros y castos o que se despeñaban en manos de demonios que esperaban a los pecadores al fondo del barranco; bellas damiselas que caían en el depravado horror de la lujuria; sacerdotes que decían sus preces de espaldas a los sufridos fieles…Me gustaba husmear en aquellas páginas con canto rojizo desvaído por el uso hasta que pasó el tiempo y su presencia solo fue un guiño al recuerdo de la infancia olvidada.Las celebraciones religiosas ya eran “cara a cara”; los curas, iluminados con púrpuras doradas, dirigían sus arengas al personal en un castellano relamido que, al menos, no necesitaba del “latín-español, español-latín”. Luego había que comentar sus epístolas y evangelios en los pupitres de la escuela nacional-católica en la que los niños y las niñas, eso si, tenían territorios comanches separados.La Iglesia avanzaba a golpe de rasgueo de guitarra y de monjiles gorgoritos. La sociedad  fue soltando amarras del lastre de una religiosidad impuesta por decreto y hasta un Papa firmó la orden de desaparición del limbo y envió al infierno al terreno de lo imaginado. Mas… érase que se era un tiempo nuevo. Varias décadas después acaeció que el Vaticano fue ocupado por aires de cambio. Las misas volvieron al latín preconciliar y Miguel Ángel observó con gesto circunspecto cómo su Capilla Sixtina acogía un rito celebrado frente a su Juicio Final pero dando la espalda a los asistentes. El infierno se hizo carne física y química y habitó de nuevo entre los terrores nocturnos de los pecadores. Quizá en alguna parroquia la banda sonora de la guitarra se heló ante el nuevo horizonte.Presa de una nostalgia desatada, la papal jerarquía- calzada de Prada- vuelve a colocar las fichas en un tablero que creíamos caducado. Todo lo que emane algún ligero efluvio de avanzadilla ha de ser enviado a galeras. (Léase las teorías “descabelladas” de la Liberación, por ejemplo).  ¿Separarse la Iglesia del Estado? Nunca, Dios mío. Líbranos de los malos pensamientos. Nada mejor que ser dirigidos por grupos conservadores que ensalcen y proclamen las más rancias verdades de la esencia patria, pues… ellos heredarán la tierra. Y las jerarquías se lanzaron a proclamar sus ideas políticas y a tratar de universalizarlas. ¡Ay de aquel que con su voto pretenda encender la llama de libertades no coincidentes con los catecismos!El Mester de Clerecía ataca de nuevo con armas que creímos olvidadas en la orilla de la historia. Ah, y nada de pervertir a los pobres niños y niñas mezclándolos en libertinas coeducaciones desde edades tempranas. Ya hay sesudos investigadores y centros educativos cercanos a las jerarquías que optan por la separación de sexos en la educación. ¿Qué está pasando? ¡Dios mío, creo que voy a buscar de nuevo aquel pequeño breviario! A lo mejor debería ser mi lectura de cabecera.

La

La

Los viejos aforismos nunca han tenido claro el significado de “verdad”. La verdad lucha con demasiados frentes. Quizá nunca hay una verdad sino muchas. Quizá la verdad depende del empecinamiento con que la defendemos más que de la realidad. Hay verdades que interesan. Verdades que se buscan. Verdades de las que dependen muchas cosas, vidas incluso.

Y hay no verdades escondidas en el negro fango del interés amañado.

La política, -dicen algunos en un desesperado intento de anular el lícito ejercicio de la libertad y la discrepancia-, es  el reino de la no verdad.  Y sus sumos sacerdotes se regodean, -siguen diciendo esas malas lenguas-, en hacernos creer que la verdad sobrevuela sus madrigueras iluminándolas con un halo de credibilidad, honradez y decencia de la que carecen los contrarios, naturalmente.

Con el dolor que me sigue aflorando cuando mi mente recrea aquellas escenas, no puedo por menos que pasear mi mirada sobre ese atentado de Atocha, inmisericorde y  cruel. El desasosiego que me produce cada una de las víctimas se torna nausea al comprobar cómo, años después, quienes ejercían de guardianes de nuestra existencia siguen aferrados a una no verdad. Ideologías aparte y con los sentimientos a flor de piel  voy observando el desarrollo de ese juicio al que se somete a los autores de semejante despropósito y me doy cuenta de que cada una de las pruebas, de las afirmaciones, de los pasos adelante en el conocimiento de la verdad no sirven frente a la marea de vientos manipuladores que no han dejado de sonar desde entonces.

Aun con el olor a pólvora sobre el ambiente, hubo quienes se envolvieron en la no verdad afirmando “ad nauseam”  lo que el obvio paso de las horas iba desmintiendo. Se tachó de infames a los que dudaran de esa no verdad. (Tal y como ahora se apropian de la bonhomía o de la honradez: solo las buenas personas son las que acuden a su llamada).

La terca realidad no logra hacerles mascullar una disculpa, un leve gesto de arrepentimiento, de aparcar las teorías conspirativas e intentar escapar del error. No hay conexiones extrañas en los hechos. Los interrogatorios van abriendo brechas en la obstinación. Las respuestas dan luz a la oscura manipulación. Pero todo en vano. Aun se agitan  preguntas ya contestadas, dudas ya resueltas y se empuja todo hacia un futuro en el que algunos parecen haber olvidado a quienes ya no están con nosotros en aras de una ventaja electoral.

Desgraciadamente, en el otro platillo de la balanza aparecen sonrisas a tres en unas islas atlánticas, empecinamientos atragantados urdidos en la noche en que el poder se escapaba, agitados telegramas invitando a difundir la no verdad por embajadas y consulados y, en un alarde coreado por palmeros mediáticos, dudas etéreas sobre legales resultados electorales.

Con ese bagaje no se puede viajar por la vida política. O no se debería. Sin embargo, las mismas personas de entonces, inasequibles al desaliento, inundan las pantallas tratando de regar y hacer crecer la no verdad por encima de la constatación de su interesada actuación.

De nada servirá este juicio, parece ser, para los defensores de la no verdad. La realidad no les hará cambiar de opinión.

Supervivientes: una vuelta de tuerca.

Supervivientes: una vuelta de tuerca.

Las castigadas provincias andaluzas, como Jaén, enviaron en aquella ruda década de los cincuenta a puñados de emigrantes a lo largo del ancho mundo. Los unos dejaron el sur en pos del desarrollo y del trabajo vasco, catalán o incluso madrileño. Los otros abrazaron los interminables –en tiempo, espacio y distancia- convoyes ferroviarios y se dejaron caer, por ejemplo, en el corazón de la fría Alemania occidental.

Uno de ellos, que nunca aparece en las crónicas de jaenero “de pro”, dejó la sombra de los olivos de su Beas de Segura para adecentarse un puesto de trabajo bajo los focos del cine más feroz del nacional catolicismo: José Jiménez Fernández. Parece tener nombre de personaje anónimo y, sin embargo, su fama rozó el éxtasis en la España del momento y en aquel México lindo que sonaba a sombrero de mariachi.

Nuestro paisano no era otro que Joselito, el niño cantor, el ruiseñor de las cumbres. Aquel chavea con voz de flauta que encandilaba a las “mamas” en las mañanas de la radio o en el blanco y negro de la sesión continua.

Joselito sufrió el golpe bajo de las hormonas y aquella voz de oro fue cambiando de timbre y de metal hasta adquirir el aguardientoso tono del guerrillero angoleño en que se convirtió –dicen- nuestro niño prodigio. Incluso visitó la cárcel para quedarse. Claro que tratándose de él, ese establecimiento solo podía denominarse “el penal” al estilo de la copla que tanto paseó por mundos ya desaparecidos.

Hoy, en una de esas vueltas del destino, nuestro emigrante cantor aparece en una playa perdida de aquella Centroamérica que coreó sus trinos. Joselito, todavía un niño en estatura, reconstruye sus castillos de arena interior en la superviviente Honduras.  Las pantallas nos lo traen de nuevo con su calvicie en expansión, sus bermudas rojas y esa mirada de pillín que quizá solo tenía sentido vista desde un patio de butacas oscuro cuando todos llevábamos pantalón corto como él.

Debe existir un interruptor oculto dentro del inescrutable universo de la mente humana que es capaz de hacernos sentir un fogoso placer mientras observamos la penalidad ajena. Y debe ser de ese botón inaccesible desde el exterior de donde se alimentan los realitys televisivos.

Recrearse en la decadencia de aquel niño cantor mientras se le induce a la inanición o a la ingesta de curianicas tropicales vivas solo puede definir a personas enfermas. Claro que cuatro millones de espectadores se apuntaron la semana pasada a ver este edificante programa. Algo debió ayudar el ligero atuendo de las partenaires (Leanse Lucía Lapiedra o la nieta playmate de Plácido Domingo), pero dejando de lado la lúbrica  visión de la carnicería patria, reconozcamos ese componente sádico que nos impulsa a hipnotizarnos frente a las diarreas disentéricas, el frío absoluto, las picaduras de insectos monstruosos o el menú a base de seres incompatibles con nuestro sistema digestivo.

Aquel Joselito que antaño nos divertía en la infancia, hoy sigue arrancando nuestro aplauso. Con la misma garganta que entonaba la “saeta del ruiseñor”, hoy es capaz de engullir escorpiones. Y todo ello en aras de la audiencia. Hay que adaptarse a los tiempos. El espectáculo debe continuar. Debe sobrevivir.

Memoria histórica.

Memoria histórica.

Para casi el setenta por ciento de españoles, la fecha del 18 de julio de 1936 trae connotaciones negativas. Un veinte, aproximadamente,  tiende a justificar, en cierto grado y según las encuestas, aquel levantamiento. Son las dos Españas que siguen asomadas al balcón de la historia.

Las posiciones que tachan como ilegal el enfrentamiento contra la República, nos guste o no, están identificadas con partidos de izquierda. Por el contrario, en el seno de la derecha corren aires revisionistas, justificadores de aquella acción militar frente al poder legalmente establecido.

Dos posturas poco reconciliables a pesar del enorme esfuerzo que en la llamada “Transición”  se hizo por construir una nueva realidad sin ahondar demasiado en el sustrato histórico del que proveníamos.

Acabamos de celebrar con distinto grado de implicación los setenta años del comienzo de la batalla pero ni siquiera en ese punto crucial se ponen de acuerdo esas dos Españas.

Si para unos se atacó la voluntad popular, para otros la guerra se hacía imprescindible dado el cariz que tomaban las acciones del gobierno republicano.

En los años de gobierno conservador, las tesis revisionistas tomaron auge. Se escribieron sesudos estudios adelantando incluso  el supuesto comienzo de la guerra hasta las elecciones anteriores. Se acomodaron hipótesis a hechos históricos. Por supuesto tampoco se retiraron los símbolos franquistas de nuestras plazas, iglesias o monumentos.

Una peligrosa tendencia, esta,  que en países de nuestro entorno ha llegado a generar, por ejemplo, la negación, cuando no el apoyo, a aberraciones tales como el holocausto nazi.

Con el gobierno socialista los aires cambian. Estatuas del general Franco han abandonado muchos de sus emplazamientos y se han retornado algunos nombres tradicionales a calles y plazas. No se había dado, sin embargo, el paso definitivo para volver al buen nombre, a una normalidad que nunca debió perderse, a aquellas personas que murieron defendiendo el estado constitucional.

Cuando  llegó la victoria, que no la paz, siguió habiendo compatriotas que, por haberse mantenido fieles a la República siguieron sufriendo o dieron su vida empujados por tribunales de dudosa legalidad.

La Memoria histórica –un bien preciado que ningún pueblo debería obviar- debe colocar a todos en el sitio que siempre debieron ocupar. Restaurar el honor a militares y civiles que se atuvieron a la ley vigente en momentos de dureza extrema es el primero de los objetivos a conseguir. Depositar los símbolos de un pasado dictatorial en el ámbito museístico de la historia, el segundo.

Los caídos por Dios y por España no pueden ser solo los “unos”. Los “otros” cayeron en defensa de la legalidad, la libertad y el orden vigentes y merecen ser reconocidos.

Sin venganzas, rencores ni desfasados enfrentamientos, unamos nuestras fuerzas para aprobar por fin la perdida asignatura de la verdadera reconciliación histórica. Este hermanamiento no puede basarse en el olvido sino en la memoria. Los aires de guerra ya quedaron atrás. Soplen ahora los de la paz para todos y hágase la luz en las fosas comunes, en los juicios sumarísimos, en el honor perdido…

La tele nos protege.

La tele nos protege.

La broma continua de algunos presentadores que interrogan a sus interlocutores sobre si ¿estamos en horario protegido? para, sin esperar respuesta, lanzarse a desgranar la más zafia y obscena representación del vocabulario castellano sigue aumentando en televisión.La digna empresa promovida por unas autoridades sensibles al  manifiesto deterioro de las emisiones televisivas choca irremisiblemente con la rutina y la tiranía de la audiencia. No emitimos para niños, dicen los canales. No podemos perder puntos de share eliminando de las tardes “tomateras” las andanzas desvergonzadas del reality de turno ni, por supuesto, dejar de hurgar en los entresijos más vomitivos de la debilidad humana a las cinco de la tarde.La ley trata de proteger a la audiencia infantil en un determinado horario, pero todos sabemos que no todas las familias desenvainan el hacha de guerra antes de las diez para mandar a los chavales a la cama. ¡Cuántos alumnos nos cuentan a la mañana siguiente las últimas disquisiciones de Crónicas Marcianas!¿Quién debe velar por la programación que tragan nuestros hijos? ¿Son las cadenas televisivas las únicas responsables?Decididamente, la ley no puede protegernos de nosotros mismos. La tele, tampoco.

Iluminados...

Iluminados...

Tiempos de cambio. De trasiego de leyes. De seísmos en el ya de por si agitado mundo educativo. Y, en el medio de la marejadilla, los Maestros. Martín Patino les elogiaba hace algún tiempo con una frase antológica: “Enseñar no es un oficio; es una vocación. Solo los iluminados, los que poseen un alto sentido de la vida y de la sociedad son capaces de llegar a ser educadores”.No hace demasiado tiempo, la  FACD promovió una campaña entrañable y tierna en la que se homenajea a esas personas que, por encima de la mera apariencia de técnicos o del disfraz de funcionarios,  acercan cada día a sus alumnos y alumnas a la esencia misma de la educación: el descubrimiento de todo, de todos y de si mismos.

Lástima que los homenajes queden, a menudo, en fastos y vacíos oropeles. ¿Será, acaso, este homenaje un primer esbozo para relanzar la figura docente de una vez por todas? ¿Se reconocerá socialmente el empuje que un maestro representa para el futuro? Ahora puede no perderse una oportunidad de oro: a nuevas leyes, nuevas inquietudes, nuevas propuestas, nuevas ideas. ¿Y quién puede opinar mejor que nadie sobre los procesos educativos?.  Efectivamente. Los Maestros.

¿Quién no atesora en su mente el recuerdo de aquella primera persona que le guió por los senderos del aprendizaje?.