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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Matiné de sábado

Matiné de sábado

Quizá es tiempo, este de la Navidad,  de dejarse mecer en una nostalgia cálida, en un vano esfuerzo por no perder los últimos vestigios de esa vida que se nos ha quedado ya anclada para siempre en el recuerdo. En Navidad y en Semana Santa –quizá más en estas últimas fechas- los programadores de televisión echan mano de las viejas películas bíblicas, o en el peor de los casos, de las historias blancas que han poblado las pantallas durante años destilando sentimientos de esos que, se supone, generamos por doquier cuando el calendario nos avisa. En aquellas películas “de romanos”, por ejemplo, me parece ver ahora mismo, como en un flash-back, al “viejo” Victor Mature que fue -en tiempos- el héroe de muchas de mis clases de los sábados. En una especie de clase de religión, catequesis y exaltación de diversos valores propios de aquella época, a los niños y niñas se nos trasladaba -en ordenada fila y con infantil alegría- desde la destartalada unitaria hasta el salón parroquial para asistir, según la época y el calendario, a charlas, juegos, y -sobre todo- cine.Cuando todavía nuestras vidas no habían sido invadidas por la televisión, las video consolas o los ordenadores, el hecho de observar como unas inmensas cortinas de ¿terciopelo? color burdeos dejaban paso a la pantalla de cinemascope y technicolor abrían en nuestros seis o siete años horizontes en nada comparables al aburrido zaping del Megatrix a los “dibus” japoneses.De pronto, en medio de aquella virgen extensión blanca, Victor Mature aparecía ensalzando al buen idealista que se dejaba la vida frente a los leones; o desgranaba gota a gota la fuerza que poco antes le había cortado en forma de melena la pérfida Dalila. Puedo recordarlo a tamaño pantalla gigante, aun mas engrandecido cuanto mas pequeños éramos los espectadores, disfrazado de Sansón, de Demetrius buscando la túnica sagrada, hundiendo su peso en las arenas egipcias de Sinuhé o lanzando elefantes -Aníbal- contra Roma. Mature llenó horas y horas de aquel paseo escolar de los sábados. Una vez apagada la luz de aquel salón, las aventuras de la pantalla iluminaban no solo los dorados barrocos de las paredes sino también los ojos, ¿las conciencias?, de aquel grupo de niños que se dejaban llevar por el deslumbrador look que el Hollywood de la época daba a aquellos monumentos del kitsch. (Aun nos quedaban algunos años para advertir que junto al héroe Mature deambulaban nada menos que Hedy Lamarr, Susan Hayward, Jean Simmons o Gene Tierney haciendo con sus gasas y vaporosos disfraces suspirar a nuestros hermanos mayores o a nuestros padres sin que nosotros lo advirtiéramos).  Fueron nuestros primeros contactos con los misterios del antiguo Egipto, con la Roma de los emperadores locos y  con aquellas historias de los primeros cristianos en las catacumbas. Temas todos ellos que habrían de ser importantes en nuestro posterior desarrollo.  Quienes diseñaron aquellas mañanas de los sábados posiblemente nunca fueron conscientes del empuje que estaban dando a nuestra formación. Mas allá de “Androcles y el león”, “Sinuhé el egipcio”, “Demetrius y los Gladiadores”, “Aníbal” o “Sansón y Dalila” y el bombardeo consiguiente de valores nacionales y judeocristianos, aquellos niños aprendimos de la mano de Victor Mature que la vida no se acababa en el pan con chocolate que nos hacía la tarde mas agradable al salir de la escuela, ni en las peculiares historias que atisbábamos en los textos de clase. Por encima de todo aquel entorno “gris marengo” -como lo ha definido Luis Otero en una de sus obras sobre los años cuarenta y cincuenta- había algo más: un idílico mundo en technicolor al que podíamos “teletransportarnos” en la clase de los sábados por la mañana.Victor Mature y todas sus odaliscas duermen ahora  bajo las ruinas del templo que él mismo derribó bajo la atenta mirada de Hedy Lamarr a la espera de que cualquier canal ose despertarles. Y nuestros chavales, que ni siquiera saben quien era, ya no tienen clase los sábados. Alguna vez miran distraídamente a la pantalla del televisor y descubren a un fornido luchador que se enfrenta coreográficamente con un dorado león sobre el albero romano. Solo eso les hace levantar la vista de su PlayStation…

Ofrenda al dios Botox

Ofrenda al dios  Botox

Cuando es tiempo de regalos, de ofrendas a la amistad, de búsqueda de presentes con que obsequiar a los seres queridos, se dice, se rumorea que hay familias que envuelven con papel de colores operaciones de estética para sus hijas o sus hijos. Pechos, nariz, ojos…Rock Hudson, aquel Comisario MacMillan de la tele, protagonizó, en los sesenta, una película de serie B de la que he olvidado el título, pero cuyo argumento late con fuerza en mi interior. Un ejecutivo, por diferentes motivos que no aclararemos al lector interesado, decide tomar parte en una misteriosa trama en la que cambia completamente su apariencia física. El tono es sombrío. Denota tintes de culpabilidad, secretismo y dudas existenciales. Cada golpe de bisturí, cada tendón alterado para cambiar la forma de la escritura, cada implante, genera en el sujeto una irremediable congoja que necesita de un fantasmagórico club en el que apoyarse mutuamente los miembros ya iniciados.Aquel grupo no tenía nombre pero, bien pensado, podría llamarse “La Corporación”.Hoy, lustros después, la categoría de “operados” ha dejado las lúgubres tinieblas de la invisibilidad y campea por nuestra sociedad haciendo bandera.Una sociedad de nombre similar al que hemos dado en asociar a aquel grupo de la película, anuncia en todos los medios su poder regenerador de juventudes perdidas, su amor por la belleza retocada, por la sonrisa pintada, el pelo injertado, los muslos cosidos y el pecho relleno como una vulgar empanada de siliconas varias. Modelos de cuerpo soñado se permiten restregarnos, con su mejor sonrisa, eso si, que ellos y ellas  “han ido a la Corporación”. ¡Qué diría el pobre Rock Hudson si levantara la cabeza!Hay que sentirse bien, afianzar la autoestima, salir a comernos el mundo cada mañana. Mirarnos en los espejos de la vida y ver en ellos no el cuerpo sencillo, mediterráneo y anodino con que la naturaleza nos dotó en su tiempo, sino unos senos curvilíneos que pueden aumentar o disminuir de talla a voluntad del cirujano, un torso masculino tableteado incluso sin gimnasio, unas cartucheras sin pistola, una nariz respingona de acuerdo a la moda del momento, unos dientes de blanco deslumbrante ajenos a la rutina de una alimentación diaria también racionada, estabilizada y adaptada para que el cuerpo mantenga una talla inhumana…Y todo ello se publicita a los cuatro vientos sin que  nadie ose contradecir a los nuevos gurús.No hace falta ya vender un alma a los diablos infernales para asegurarse una juventud indemne al calendario. Solo hay que inscribirse en La Corporación y ellos se encargan de todo incluyendo un repaso a tu cuenta corriente.La nueva religión parece ser la cirugía. Su símbolo, un bisturí cruzado sobre una mórbida bolsa de silicona. Los sentimientos personales, la vida interior, la belleza de un cuerpo normal y sano ya no tienen sentido. Solo lo nacido del quirófano, de ese útero maligno que nos impulsa a comulgar con el dios Botox rodeado de hilos de oro.La Corporación va inaugurando satélites en todos y cada uno de los núcleos de población lo suficientemente repletos de gentes ansiosas de vivir al otro del espejo donde las canas, los michelines, los dientes coloreados tras toda una vida, las patas de gallo o las “arruguitas de expresión” solo sean vestigios del pasado. Nadie parece observar el peligro que nos acecha. ¿Conseguirán imponer sus criterios estéticos al mundo? Tengo miedo.  

 

El oficio del vecino

El oficio del vecino

Descubro en la pléyade de canales digitales que inundan la pantalla del plasma -caídos del satélite- a un viejo personaje “analógico”. Es “Mister Chip”. Un “maestro”. No es una especie que abunde demasiado en los guiones de las grandes producciones. Ni en las pequeñas, para qué vamos a engañarnos. La figura del maestro, como con magistrales palabras nos comenta en ocasiones Fernando Savater, rara vez es intuida como importante.El visionado de la película me recuerda a uno de mis vecinos.  Maestro él. Cuando le veo me pongo a cavilar sobre  esa poca consideración que el oficio docente tiene en la sociedad. Un escaso aprecio que choca con el cúmulo de responsabilidades a que el humilde maestro ha de hacer frente en ese monstruo devorador que puede llegar a ser la enseñanza. Esa figura -raquítica en cuanto a su valoración social- debe abrir a los nuevos ciudadanos no solo el amplio y difuso horizonte de la cultura, sino pasearles por los senderos de la igualdad, de la democracia, de la solidaridad; aportarles elementos de juicio y crítica para convivir con los demás, escudriñar los mensajes oscuros y manipuladores de los medios de comunicación, alertarles contra la droga o el ocio mal dirigido, ilusionarles por el cultivo de la propia personalidad mediante el uso racional de la lectura o el deporte...Mister Chip enseñaba en su colegio victoriano y al final recogía un aprecio y una consideración cariñosa y sentida de las varias generaciones que por sus inmensas aulas habían pasado. Desgraciadamente la vida real no nos proporciona a los maestros y maestras estas alegrías. Cuesta trabajo pensar que exista una sociedad, un pueblo, un tiempo histórico quizá, que no sea capaz de observar la absoluta importancia de quienes tienen en sus manos a aquellos/as que la continuarán en el futuro.  De hecho, cuando se producen problemas sociales o se detectan fallos en el sistema social de transmisión, se enciende una luz ¿roja? en los despachos del poder y se recurre a la escuela como solución: Si existen brotes de racismo, de xenofobia, de violencia, enseguida se diseñan programas de inmersión escolar en la paz o en los derechos humanos; se publicitan objetivos de integración de “los distintos” en el sistema; se multiplican milagrosamente las horas escolares para que nuevas materias de “educación en valores” convivan con la ortografía o la historia de la comunidad autónoma.Se confía -parece ser- en que la escuela creará individuos perfectamente socializados, cultos incluso, dispuestos a ganar las mil y una batallas de la convivencia social. Pero suele olvidarse un pequeño detalle. Además del sistema educativo, de la institución, de las ayudas/influencias familiares o del entorno, la educación, la escuela, son también los maestros y las maestras.  No vienen envueltos en un pack especial de regalo junto con el aula y el stock de mobiliario verde o azul. Pero son  las piezas claves para que el sistema funcione.  Alguna vez me ha comentado mi vecino que “si otros estamentos de la educación nos miran por encima del hombro quizá es que olvidan que sin nuestro primer peldaño, nada hubieran podido hacer. Para que los licenciados, doctores, profesores de secundaria, catedráticos, etc. puedan hacer maravillas con sus alumnos y alumnas, han debido los humildes maestros y maestras de  Infantil y Primaria despertar en los niños y niñas el amor por saber y conocer, por descubrir la belleza que compone el entorno natural; el afán por hallar las bases en las que ahora discurren sus vidas.”

Estoy con él. El “pobre” maestro, ese que parece haber anidado en el más bajo escalón del sistema tiene, sin embargo, la mas grande, absoluta y diáfana responsabilidad que imaginar podamos. Y eso no puede pagarse. (De hecho no se paga. Véanse sus nóminas escuálidas y descúbrase a cuántos euros se cotiza la entrega, la responsabilidad, la vocación por los demás...)  Mister Chip envejecía en blanco y negro casi haciendo juego con los recios sillares que componían su viejo colegio. Ellos, los docentes, envejecen en color mientras un aire  fresco inunda curso a curso las aulas de los colegios. No buscan agradecimientos, ni pompas ni fastos, pero serían un poco más felices si notaran que su labor se siente útil e incluso necesaria. Mi vecino seguirá siendo MAESTRO de veinticinco miradas en las que cada mañana descubre los mil y un interrogantes que, en el fondo, siempre han sido el motor de la historia. ¡Tenéis tanto en nuestras manos, amigos maestros!

Guardia en la noche

Guardia en la noche

Leo en una perdida columna digital una semblanza del servicio militar del periodista. Algo extraño, me digo. No corren tiempos de positivos recuerdos para aquel “servicio a la Patria” que nos secuestró hasta hace pocos años en aras de los ideales que conformaron el Estado nacional católico en que nos movimos los que ahora peinamos canas hasta en el calendario.Al hilo de esa columna no puedo por menos que echar la vista atrás y volver a encontrarme, por ejemplo, en una noche de Guardia, en un tiempo de color caqui…Dormir vestido, cargado con un arma muy pesada, con botas, correajes y sobre una litera prostituida por cientos de personas en similar circunstancia, no es algo deseable. Aquella noche el invierno había dejado paso a un tímido escarceo primaveral con lo que todo aquel vestuario empezaba a pesar más aun. La segunda guardia me permitiría echar una cabezadita   antes de volver a escuchar el machacón toque de diana, así que intenté cerrar los ojos y dejarme llevar.Alguien roncaba abiertamente en aquel cuerpo de guardia maloliente. La luz parpadeante que atravesaba el muro tampoco incitaba al descanso. Un inmisericorde transistor, supuestamente con poco volumen, se dejaba oír en una indefinida lejanía.Un cetme cayó al suelo con el estruendo propio. Los cetme dormían junto al soldado, como la sublimación de un sexo imaginado. Podía sentir el mío junto a mi costado derecho en una erección perenne y fría recordándome el próximo despertar.Entre aquella marabunta de ruidos, recuerdos y sueños con los ojos abiertos, el reloj avanzó cruel hasta que una mano me zarandeó el hombro. Era el momento.Un grupo de soldados se había levantado también y se disponían a crear una lánguida  formación que acompañaría al cabo hacia la búsqueda de la garita perdida.El caminar cansino me permitía saborear la brisa nocturna no especialmente desapacible bajo el tabardo. Con ritmo autómata unos soldados subían y otros bajaban a las distintas garitas del recorrido. Algo me decía que mi destino estaba al fondo, en la última garita del último rincón del cuartel. En efecto. Tras la cómica contraseña y el intercambio de miradas con mi antecesor, subí despacio las escalerillas que ascendían hacia aquella caseta blanqueada. Casi instantáneamente escuché el rumor de los pasos que se alejaban. Estaba solo frente a la inmensidad de la noche.El suelo estaba húmedo. El aire, ligeramente enrarecido, destilaba un dulzón aroma a sexo solitario. Mi antecesor debía haber viajado al séptimo de los cielos a la espera de su rescate terrestre. Miré por aquel recuadro abierto a la vida que quedaba frente a mis ojos. El resplandor de la noche madrileña se dejaba ver más allá del universo conocido. Los alrededores, en aquella última parcela cuartelera, se reducían a ramas secas, escombros y piedras en suspensión. No era posible que en aquel olvidado rincón se produjera una invasión, ni que nadie tratara de huir. Nada ni nadie interrumpiría mi complacida vista. Fijé mi vista en la continua riada de luces intermitentes que serpenteaban por el inquietante y lejano horizonte. Me apoyé en la pared y abandoné mi mente. El rígido cetme respiraba tranquilo con la empuñadura sobre la untuosa superficie del suelo. Las estrellas parecían reír y susurrar entre ellas. Una sinfonía de claxon inquietaba a las escuálidas ramas que azotaban el muro. Un gato ¿quizá una rata? Cruzó veloz mi campo de visión. La noche me miraba.

Primeros maestros

Primeros maestros

Tiempo de descanso en las aulas. Navego por las páginas de opinión de un diario nacional y encuentro la expresa mención que el columnista dedica a sus Maestros. Hace un detallado recorrido por todas sus vivencias escolares, desde el más tierno comienzo a las efervescentes clases universitarias. Y en cada momento de su tránsito tiene una palabra de admiración, cuando no de cariño, por aquellas personas que le iniciaron por los caminos del conocimiento y de la vida.

En estos días de ¿felicidad compartida? levanto la vista del periódico y un ligero desasosiego me embarga. Algo debe haber sucedido, me digo, para que ese aprecio por el docente que, tiempo atrás, destiló con paciencia  las escasas armas con que contaba para educarnos, se haya tornado ahora en agresión, en desprecio o, incluso,  en burla.

¿Qué ha sucedido?. ¿Cómo es posible que casi la mitad de los alumnos y alumnas, según una de esas sesudas investigaciones que pueblan los medios de comunicación no confíen en sus maestros?.

¿Quién o qué ha fallado?.  Hemos escapado de modelos autoritarios identificados con periodos dictatoriales. Se han abolido normas atentatorias contra la libertad de los alumnos/as. Se aprueban normativas y nuevos planes, pero también estamos en la vergonzosa tesitura de tener que discutir si las agresiones a los maestros son faltas o delitos.

Hay, indiscutiblemente, un germen extraño en el sistema. ¿Cómo se enfrentan los chavales al hecho de formarse? ¿Qué entienden que deben encontrar en un centro educativo, en una persona dedicada a abrirles alguna puerta al saber? ¿Cómo se ven ellos mismos?

Uno de cada diez docentes cree que debería abandonar la profesión dado el ambiente en el que tiene que desarrollar su trabajo. Más del doce por ciento afronta situaciones de ansiedad severa que pueden incluso llegar a producirle miedo autentico a enfrentarse a una clase.

Confieso mi estupor. ¿Entienden esta situación las personas ajenas al sistema? ¿Y las autoridades?

Más del ochenta por ciento de los docentes han sufrido faltas de respeto. Casi la mitad reconocen abiertamente estar desmotivados.  Si los alumnos y alumnas no alcanzan a comprender la importancia de la educación y el valor intrínseco de una profesión cuyo único fin es servir a los otros, aportar granos de arena para construir montañas que cada uno debe alzarse posteriormente con su propio esfuerzo,   nada podremos conseguir.

Y si añadimos que casi la mitad de los docentes han sentido en algún momento esa sensación de “quemado” para la que no ven solución alguna…. ¿qué nos queda?.

Vuelvo esta vez a mis propias experiencias no ya como docente sino como alumno y alcanzo a distinguir a aquella primera maestra, Doña Purificación Iturrioz,  que me abrió a las letras, al Hermano Ignacio –que me demostró que aprender cuesta- o al insigne Don Alfonso Sancho que supo transmitirme ese regusto literario que él recogió personalmente de manos de Machado. En ellos, y en todos los demás, supe advertir la llama que unas veces quema, pero al final, inunda de luz. Quizá ese sea el espíritu de la educación; algo que nunca debió romperse. Alumnos y profesores son piezas de un mismo puzzle. ¿Encajan? ¿No habremos perdido las instrucciones para terminarlo?

Páginas de un tiempo amarillo.

Páginas de un tiempo amarillo.

En esta tarde de frío diciembre, frente a mí, un tomo de memorias: “El tiempo amarillo”. Su autor, Fernando Fernán Gómez. La biografía, las memorias, son un género literario del que me declaro ferviente seguidor. Esa invasión consentida en otra vida, en ilusiones, desconsuelos, felicidad o amor ajeno acostumbran a producirme un cierto estado de nirvana, un vivir desdoblado que me hace regresar a pasados nunca vividos pero diáfanos y reales tras su lectura.Si de elegir se tratara, quizá recogería del universo leído “Las cosas como fueron” de Paco Nieva, o el “Tan lejos, tan cerca” de Adolfo Marsillach. Esas memorias, junto con las de Fernando Fernán Gómez pueden abrirnos la puerta de la historia de una España, desaparecida ya, que se evadía en escenarios y pantallas capaces de transformar la realidad.La huída de Fernán Gómez, el inicio de su postrer viaje a ninguna parte, me hace revisitar su obra literaria, volver a disfrutar de sus películas, oír de nuevo su voz cascada traspasando el plasma y llenándome de ese desasosiego que era capaz de producir cuando asentía, aconsejaba o simplemente te miraba desde la pantalla.Siempre hay un capítulo en los libros de memorias que queda inconcluso. Hay un epílogo, fascinante programa de Canal +, que permanece inédito –nonato quizá- hasta que el autor emprende la marcha definitiva. Fernando ha montado en la bicicleta que una vez afirmó que era  para el verano y camina ya hacia el paraíso de los cómicos. ¿Quién sino él será recibido en ese mágico lugar con las páginas abiertas? Allí, en la imaginada portería del número 9 de la calle Vergel, cerca de la Puerta del Sol, le espera  Mariana Bravo, aquella joven soñadora en busca de mejores días o Luisito, un zangolotino que hubo de esperar toda una guerra para poder crecer. Cómicos los unos y los otros. El autor y los personajes. La realidad y la ficción. Todo va desgranándose como si de una visión se tratara. Como las imágenes que se reflejan en las ventanillas de un tren en el crepúsculo en las que se mezcla la realidad  del vagón con el extraño juego de luces del atardecer exterior.Fernando Fernán Gómez era un magistral mezclador, un  “extraño viajero” que podía compartir camino, por ejemplo, con aquel ingenuo Andresito Vallés –el chiquillo de Carlos y Tina, actores cansados en una interminable turné a lomos de los cansinos ferrocarriles de los cuarenta, o de Pepe Cuartero, el actor anciano que arrastra su experiencia reflejada en el negro espejo de la ventanilla.

El tiempo va iluminando de amarillo nuestras vidas sin que apenas lo percibamos. Un día descubrimos que aquella foto que recordábamos en vivos colores ahora se ha tornado en sepia. En otra ocasión el negro azabache que una vez coronó nuestras testas, será un gris ceniza amenazante.

Nos miraremos, como Fernando, en la ventanilla del tren y ¡quién sabe! a lo peor no nos reconocemos. Quizá deberíamos empezar a escribir nuestras memorias antes de que el propio tiempo nos la robe.

Decía Fernando: Si enseñamos a una generación de niños a ser libres, luego ya nadie podrá arrebatarles la libertad.

Si dejamos nuestra vida impresa en un papel, ¿quién podrá tacharla de un plumazo?

Perdida Navidad

Perdida Navidad

Juguetes descatalogados, series de televisión de los sesenta, libros de cuentos o de texto en los que leyeron nuestros padres y abuelos, viejas colecciones de cromos… Todos estos regalos están de moda quizá porque nos dejan una puerta abierta a una navidad que alguna vez vivimos.

¿Quién no tiene guardado en el recuerdo aquel tiovivo de latón, la primitiva Nancy, la ingenua adaptación de un clásico juvenil, primera invitada en lo que luego sería “nuestra biblioteca” o un vetusto camión de madera pintada?

Son objetos que poblaron nuestro imaginario personal, que despertaron ilusiones, elevaron anhelos e hicieron florecer deseos. Empezamos a ser personas de la mano de aquellos regalos de Reyes, de aquellas navidades de nuestra infancia.

¿Dónde han quedado aquellas tardes de paseo frente a los belenes de los escaparates? Entonces nevaba y hacía frío de botas con suela de tocino. Los Reyes Magos eran mucho más altos que los que ahora pueblan las carrozas, o al menos eso recordamos. 

Los primos nos reuníamos en casa de los abuelos, frente a la chimenea o alrededor del brasero de picón… ¡Niño, no te acerques tanto, que te van a salir cabrillas! (Nunca logré saber qué extraña enfermedad era aquella que podía aquejarte las piernas si te acurrucabas al calorcillo que subía a golpes de paleta en las ardientes ascuas).

Y el abuelo inundaba la inmensa cocina rascando la botella de anís “del mono” con el tenedor mientras los tíos, recién llegados, desplegaban sobre la mesa ricos polvorones y mantecados que eran capaces de amalgamarse con la saliva formando un peligroso engrudo difícil de digerir. Claro que, ante la menor muestra de ahogo, siempre estaba la abuela al quite con un traguito de vino dulce o incluso de coñac… que hace mucho frío... y el chiquillo se tiene que entonar…

Alguien sacaba entonces una cámara de fotos, mejor con aquel peculiar invento llamado cuboflash que solo servía para cuatro instantáneas, y la familia se iba colocando de acá para allá según intricados movimientos sincronizados: ahora los nietos con los abuelos, los padres con los chaveas, los primos solos…

La abuela y las tías tardaban en incorporarse  ya que las olorosas viandas necesitaban los últimos toques. La Navidad se cocía a la vez que aquel arroz que era sinónimo de reunión familiar y todos éramos como figuritas de barro en un belén del que nos sabíamos piezas insustituibles.

El tiempo, la vida, el progreso y el calendario han hecho que todo aquello solo sea un recuerdo sepia que nada tiene que ver con la realidad navideña actual. La moda de la nostalgia quizá nos haga recuperar el viejo juguete perdido o el libro que siempre quisimos tener de niños pero no puede conseguir hacernos vivir la Navidad de entonces.

Ahora la fiesta es solo fiesta. La navidad es una temporada comercial más colocada entre el verano y las rebajas de enero. Comprar y regalar se han convertido en los verbos navideños por antonomasia. Cuando escriba mi carta a los Reyes creo que les pediré una navidad antigua.  Quiero sentirme niño de nuevo, pisotear la nieve con mis botas nuevas y mirarlo todo con ojos asombrados desde los escarchados cristales de mi habitación…

 

Desde el zaquizamí

Desde el zaquizamí

En el viejo caserón por el que divaga mi cuerpo, en el último piso, en la frontera con la primera nube del universo conocido, este zaquizamí es mi refugio.

En él puedo dormir con los ojos abiertos; soñar con las pupilas apagadas; dejarme caer hasta lo alto y precipitarme lentamente hacia lo más profundo. El zaquizamí es mi más preciada posesión. Sus paredes son blandas como la nube que me saluda en el crepúsculo. No hay vidrios en los ventanales. El aire ejerce su más sutil función a mi alrededor. Nada es como lo imaginaste cuando entras en mi zaquizamí.  Estás invitado, invitada... toma asiento junto a mi sueño y mírate a ti mismo reflejado en mis ojos. Ven a la magia del zaquizamí. Sube despacio la escalera. La puerta está abierta para ti...