"Eméritos de la enseñanza"

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Dedicado a D. Miguel Castellano.

Con cariño y admiración.

 

 

Con el vapuleo a que las hordas informáticas someten al  lenguaje castellano no tengo muy claro si la e- de e-mail,  por ejemplo, es un prefijo que significa virtual. Reconozco mi anclaje en el clásico idioma de los libros, de la literatura capaz de hacernos sentir la e-moción de la que una operadora telefónica se apoderó en beneficio publicitario.

Pero no es mi intención hoy adentrarme en los procelosos mares del maltrato lingüístico a pesar de que sea otra palabra así formada: e-mérito, la que titula esta columna.

Los eméritos son una raza distinta, superior, que traspasa las barreras del  tiempo: tras una vida entera dedicada a la docencia, preferentemente universitaria –es en ese campo donde más se usa el término- siguen unidos a esos claustros de los que formaron parte con la ilusión renovada que les da enfrentarse de nuevo cada mañana a las miradas de sus discípulos.

Confieso mi estupor al haberme topado con una de esas figuras que me ha enfrentado con mi propio sentido de la entrega a una profesión. No hablamos de las altas palestras, de las ágoras ilustradas, de los cenobios tocados por la sabiduría. No. Estamos a pie de aula en una escuela de primaria. Y en el medio, de clase en clase, de pasillo en pasillo, dejando que su alma se expanda, un emérito, un jubilado que nunca nos dejó a pesar de que el calendario le apartó del día a día oficial.

Miguel Castellano, -sé que no te gustará leer tu nombre-, colgó su diploma de merecida jubilación en la estantería de los trofeos, junto al cariño de varias generaciones de niños y niñas, de familias enteras, y lo dejó cubrirse del polvo del olvido mientras él se persona cada día en “su” colegio. Cuando el Día de Andalucía hace que las banderas de nuestras esencias andaluzas inunden patios y corredores, es Miguel quien las empuja como un viento educado que las  hace ondear orgullosas.

Si los chiquitines han de lanzar al mundo unos versos garabateados en su alma de poetas, es Miguel quien sujeta el micrófono que difunde sus voces. Si en algún momento nos descubre decaídos, arremete contra el desánimo y nos insufla el soplo que necesitamos, la savia que nos hace renacer.

Miguel sabe sacar provecho de las pequeñas cosas quizá porque él es grande en todos los sentidos. Efectúa virtuosas incursiones en el bricolaje pero sé que, en el fondo, más que adaptar un cable, envainar un destornillador, diseñar un forillo escénico o modelar a golpe de sierra una agotada barandilla, sueña con volver a reflejarse en los veinticinco pares de miradas infantiles a las que elevó sobre las cimas del conocimiento. Lástima que las leyes no contemplen su deseo.

Miguel Castellano es nuestro emérito particular y desinteresado. Nos lo da todo con la sonrisa siempre en el semblante, con la mano extendida, con el alma abierta. Miguel sigue siendo maestro a pesar de las hojas caídas de los almanaques y yo -con él- me siento orgulloso de serlo también. La enseñanza, la educación,  no debería permitirse el lujo de desaprovechar a personas que pueden aportar su dilatada experiencia a quienes les seguimos después. Desde luego, sus méritos nada tienen de virtual. Gracias, Miguel.

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14/03/2009 19:54 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

¿Y tú querías ser Rey?

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La asonada –curioso palabro- de los Tejero boys ha vuelto a la actualidad de nuevo gracias a un forzado aniversario que carece de números redondos a no ser los de las audiencias televisivas.

Lo son más en tve, desde luego. “El día más difícil del rey” se merendó a la supuesta traición de dos amigos militares que luego no fue tal sino un efecto colateral del amor. ¡Ay, el amor!. También resuenan aun los fastos de otros boys, los del Valentín y sus flechas prestadas por Cupido. Y también el amor afloró en la serie de “la Primera”. La figura de D. Juan Carlos se desprende de toda majestad y se nos muestra humano, al alcance de nuestra simpatía. Es ese “Juanito” a quien se refiere su esposa o sus hermanas. Alguien que sabe llorar y emocionarse. Que sufre por un país.  Una persona a la que se le quiebra la voz cuando censura su deslealtad a un amigo del alma, ahora ya vil traidor.

La “tradición oral” siempre nos había hablado de su entrega, de sus desvelos aquel día y aquella noche en que todos estuvimos secuestrados por el bigote armado más famoso del reino tras la pléyade de bandoleros que pueblan nuestra historia. Se nos ha dicho que el rey mantuvo el pulso firme contra el staff  de los Torres Rojas, Pardo Zancada, Armada o Milans, pero no habíamos podido mirar a través de la mirilla de Zarzuela hasta ahora. Impagable Lluis Homar en su traje de rey. Por momentos se transfiguraba en el verdadero monarca y, voz incluida, nos atenazaba el corazón mientras el suyo sufría los envites del poderío “militar, por supuesto” de quienes decían defender a España y a él mismo.

Muchos soldaditos pasamos por la Brunete cuando se nos llamó a filas. (Interesante eufemismo). Yo mismo me recuerdo presentando armas ante el paso solemne del armón con el féretro de un general caído bajo la cobardía terrorista. Y aun siento un escalofrío cuando oigo a mi espalda, como en un eco de la historia, los gritos de la muchedumbre a la que un cordón de más soldados trataba de controlar tras de mi miedo. “Ejército al poder” era lo más reproducible que una señora aullaba junto a mi oído. Fueron malos tiempos aunque de aquellos lodos emergió la tempestad democrática que nos ha impulsado hacia el futuro.

Un futuro que en ese espejismo televisivo entroncaba con la mirada ávida de un niño que cándidamente preguntaba:  Papá, ¿tú querías ser rey?

Y sobre la mirada sonriente de ese Juan Carlos trasmutado cae de golpe el peso de los siglos, también el nuestro y el las toneladas de carros de combate que hollaban el asfalto valenciano y de los cuarteles de Campamento.

-No pude elegir, hijo. Es su respuesta dura y contundente mientras los teléfonos siguen vomitando y las horas van consumiendo los relojes.

En realidad ¿quién es capaz de afirmar que eligió su destino?

La historia nos depara sorpresas a las que el tiempo no guarda demasiado rencor. Los años se suceden, las canas organizan nuevos golpes de estado para deponer a la reina juventud  de nuestras vidas y llega un momento en que cualquier recuerdo atesorado lleva ya decenios apostado en la neurona de guardia. Menos mal que la tele nos permite volver a tener veintitantos años otra vez.

 

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13/02/2009 11:26 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Cinco días de Septiembre

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“Algunos días en Septiembre”, “Cinco días, un verano”, “Cinco días para la medianoche”…la historia del cine guarda en sus cajas de celuloide abundantes muestras de títulos que podían darnos la pista de lo importante que es una semana para alcanzar lo que deseas.

Cinco días, asombrémonos, es la dosis justa y necesaria para conseguirlo todo en la enseñanza, por poner un ejemplo. Tómese un calendario escolar y señálense en rojo los días en que los colegios imparten sus enseñanzas. ¿Es posible? Pero, ¿cuántas horas pasan nuestros tiernos infantes fuera de esa institución a la que se los confiamos para que nos los devuelvan sanos y cultos?

Los guionistas de Hollywood no tendrían problema: Sydney Poitier sería el profe ideal. Clint Eastwood podría encarnar a la autoridad, educativa por supuesto, en su registro de alma benefactora.  No me resisto a colocar a la maggiorata por excelencia como conserje ¿conserja? a punto de alcanzar la dorada jubilación –a los setenta y cinco, eso si-. Hablo de la Loren, claro. El resto del claustro podría conformarse, por ejemplo, con la maestra de música a cargo de Woopy Goldberg… y todos ellos, en una fílmica sesión conjunta, acabarían descubriendo la panacea que podría dar título a la película, aunque ya lo tengan registrado: “Cinco días de Septiembre”.

Añadiendo ese tiempo al escaso y mal aprovechado calendario que sufren nuestros escolares (obsérvese el tono amargamente sarcástico), los currículos, desarrollos cognitivos y otros apéndices colaterales de eso llamado “educación” adquieren su esplendor más brillante. Las mentes se abren, los ojos se ensanchan, las neuronas consiguen que sus sinapsis sean casi orgasmos cerebrales llenos de pasión por el conocimiento…

¿Cómo es que nadie antes se percató de  semejante prodigio? Menos mal que tenemos al cine como aliado. “Cinco días, un verano”. Si. Ahí empezó la clave. En el imaginario popular las vacaciones duran tres meses. (O más, dice alguien en el patio de butacas). Arañemos, pues, una semana a la molicie de ese cuerpo de depravados que piensan, -infelices-, que en esos días podrán diseñar programas, pergeñar planes de recuperación, temporalizar temas y propuestas, programar competencias o, sencillamente, marcar las pautas de manejo de los hectómetros de papeles e informes que se les vienen encima.

Extended vuestro esfuerzo diario a esos días que la providencia nos ofrenda, diría Don Eastwood. Cread, soñad, impulsad a vuestros discípulos y discípulas hacia el universo, aprovechando que ahora dispone de cinco nuevos astros que refulgen más que el sol. Los cinco días de Septiembre os abrirán conceptos distintos, os permitirán alcanzar la satisfacción de llenar ese hueco que siempre notasteis que faltaba en vuestra entrega cotidiana a la generosa labor de enseñar. ¡Cómo pudisteis sentir vibrar vuestro espíritu de docentes sin rodearos de la mirada curiosa de los niños esos días de Septiembre!

Y entonces, con el corazón henchido de gozo, sabremos que al fin desaparecerá el halo de fracaso que nos sobrevolaba y caminaremos por Septiembre, felices todos, mientras Woopy, de fondo, entona  un soul triste, muy triste.

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13/02/2009 11:20 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Mensaje en un autobús: Dios al habla.

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Hace algunos años recuerdo que, desde aquí arriba, me hizo particular gracia –quizá esa palabra debería estar con mayúscula tratándose de mí- un episodio de una de esas series como La dimensión desconocida o Más allá del límite con las que pasáis un buen rato por ahí abajo. Unos extraterrestres captaban la publicidad de la televisión de los cincuenta y algunos fragmentos de ciertos programas como “El show de Lucy” –por Lucille Ball- y se expresaban así cuando llegaban a la Tierra para extrañeza y regocijo de algunos mozalbetes que los descubrían.

Ahora llevo unos días preocupado. ¡Cosas de la publicidad! Me dicen algunos querubines, amigos del “enjoy Coca Cola” o de que la Carlsberg es, probablemente, la mejor cerveza del mundo, que mi nombre, ese que un día os recomendé no tomar en vano, aparece ahora rotulado en autobuses y ampliamente debatido en los medios de comunicación. Rápidamente me he dado un garbeo por vuestras calles y, ¡oh sorpresa!, he encontrado las dos caras de la misma moneda. Ya estoy acostumbrado a aparecer en los lugares más insospechados -¿recordáis que mi nombre brillaba en las monedas que usasteis hasta hace bien poco tiempo rodeando la cabeza de alguien que os dirigía?- pero en esta ocasión, os habéis superado.

En algunos vehículos me aplican la misma publicidad que a la Carlsberg: Probablemente…. no existo y eso os debe hacer disfrutar de la vida. Pues empezamos bien, me dije.

Avancé unos pasos –en realidad kilómetros para vosotros- y hallé otro coqueto autobús decorado con un mensaje contrario: Sí que existo y debéis disfrutar de la vida conmigo.

Un mensaje, creo haber leído,  lo patrocina un club se ateos. Me caen bien, oídme. Creen que mi existencia pone en peligro su felicidad quizá influenciados por algunos voceros que me han representado en ocasiones y que siempre han puesto el dedo en el castigo, en el dolor. ¿Veis por lo que me gusta tanto la publicidad? Ojalá hubiera encontrado publicistas de categoría que con un par de logos y otros tantos eslóganes os hicieran comprender que llevo siglos, milenios, incluso eones ¿Os gusta la ciencia ficción?, intentando que comprendáis que la vida no está reñida con el gozo, con la alegría, con la ilusión de compartir, de caminar juntos sin dar ese codazo soberbio a quien nos acompaña. Si yo existo o no, eso no debe estorbar vuestra senda  a la felicidad, así que no es necesario disfrutar pensando que, como decían en la Francia de los sesenta, “Dios ha muerto”. Ahora bien, quien desee pensarlo, adelante, está en su derecho. ¿No tenéis acaso el supremo bien de la libertad?.

Otro grupo de publicitarios, ya os lo he dicho,  ha decidido contraatacar, pero me sorprende ver que son evangélicos y no católicos. A veces yo mismo me hago un lío con las categorías que habéis ido añadiendo a lo que solo  debería ser un modo de vida. ¿Católicos? ¿Cristianos? ¿Quién es más universal? ¿No es lo mismo?

Con frecuencia caigo en la cuenta de que, en mi nombre, se generan demasiados problemas y, especialmente, me duelen las ocasiones en que algunos grupos pretenden imponer a los otros su opinión sobre mí. No os preocupéis. Mi ojo –ese simpático triángulo con que los niños me dibujan- sabe, comprende y admira en ocasiones vuestro esfuerzo en vivir de acuerdo con lo que os dicta algo desde muy dentro. Y eso es lo que realmente cuenta a vuestro favor. Que nadie luche por hacer ver al otro que existo o que dejo de hacerlo. Mi existencia, en realidad, solo importa a cada uno. Ateos, católicos, ortodoxos, agnósticos  o militantes de otras opciones que me nombran de mil formas distintas se dirigen en realidad a la misma meta: la felicidad, la armonía, la paz. Y esos, no lo dudéis, podrían ser mis apellidos, así que disfrutad.

 

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18/01/2009 18:59 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Incandescente Navidad.

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Aseguran que la Navidad es esa época en que la nostalgia, el recuerdo o la melancolía, nos envuelven de tal forma que debemos luchar por sobrevivir a base de ingentes dosis de cava y otros alcoholes aderezados con marisco y dulcerío diverso.  Puede ser. La Navidad tiene y desprende un halo peculiar que es capaz de hacernos olvidar sus verdaderas esencias épico-religiosas con caravanas persiguiendo luceros, pastores extasiados y multitudes acudiendo al diccionario -olvidado y cubierto de polvo- a la búsqueda del significado de la palabra “mirra”.

La Navidad tiene –y ahora me adentro en el proceloso pozo de los íntimos recuerdos- la desvaída luz incandescente que acariciaba el tibio pelaje de la mula que habitaba la tenebrosa cuadra de mi abuelo Pablo. Girar la “llave” –antañón sinónimo de interruptor- que  iluminaba aquella estancia tenía para mí la infantil emoción de sentirme miembro del más real de los “belenes” vivientes.

Una bombilla de escasos veinticinco watios, con sus telarañas y mosquitos sacrificados, representaba la más altanera de las estrellas. Y el pesebre rebosante de paja tierna no era sino la cuna más suave que Dios alguno pudiera imaginar. La mula nunca se enfadó conmigo cuando profané su tranquila existencia. Posaba sobre mí sus ojos húmedos y yo me reflejaba en ellos gracias al tenue resplandor de la bombilla.

La Navidad parecía ser el estado natural de aquel pacífico animal cuyo movimiento más amenazante apenas consistía en alterar con el tímido aleteo de su cola el vuelo inmisericorde de las moscas.

Los almanaques, en su perverso devenir, dieron al traste con aquel oloroso paraíso. Nunca más supe de la mula navideña del abuelo. También él se quedó un día prendido entre dos hojas del calendario y se marchó en silencio.

¿Qué nos queda de aquel espíritu navideño que pobló nuestra infancia? Se fueron las personas, la inocencia… Se rompió la zambomba y a las panderetas se les perdieron los platillos mientras el dibujo de un paisaje nevado que las adornaba se borró de pronto. Todos crecimos y volamos lejos. Ahora los polvorones se disfrazan de mousse de chocolate y los mantecados aparecen preñados con frutas confitadas o guindas borrachuelas. La botella de anís, sublime instrumento musical a quien el tenedor era capaz de exprimir las más estridentes y familiares notas, posa también en la polvorienta estantería del tiempo.

En realidad solo me quedaba la bombilla. La humilde lámpara  que mi maestra atribuía a Edison y que yo siempre imaginé como la hermana pequeña de la Estrella de Belén aunque el cometa Haley siempre peleara por llevarse el mérito.

Ayer leí en la prensa que un contubernio en pos de la salvación del medio ambiente va a privarme también de mi vieja amiga incandescente. Contaminan demasiado, dicen. Adiós, pues, a las bombillas que iluminaron nuestra vida. Adiós a mi estrella de la Navidad. Cuando ellas desaparezcan perderé otro asidero –quizá el último-  con el que soñar, otro agujero de gusano que me comunicaba con el pasado. Decididamente, la Navidad nunca será ya igual sin aquella luz desvaída. Algo habrá cambiado para siempre cuando la última bombilla deje de existir…

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20/12/2008 19:56 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Diez años sin GLORIA FUERTES

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Cuando las hojas de las efemérides apuntan al décimo aniversario de la muerte de Gloria Fuertes, que se cumplirá en breve, viene a mi memoria una conversación telefónica que mantuve con ella hace veinticinco años. El periódico escolar que dirigía en Mengíbar –“Papeles escolares”- inauguraba una serie de reportajes en los que alguna personalidad de la cultura ahondaba en sus recuerdos escolares.

Un sondeo entre los alumnos del “Manuel de la Chica” coronó a Gloria como la protagonista de ese guiño al pasado. Y…ella misma cogió el teléfono, algo poco frecuente. La voz de Gloria era capaz de inundar todos los espacios aun brotando del auricular. Ese tono familiarmente aguardentoso, esa caída de las palabras como sutiles bocados a punto de ser digeridos, ese inocente acento que contrastaba con su aguerrida presencia… todo ello formaba parte de su elaborada imagen de poeta que “quería una flor natural como la que le regalaban a Pemán”.

Gloria nos habló del vetusto colegio de monjas de la Calle de Santa Isabel con dos universos entremezclados, no agitados, como diría mister Bond en referencia a su cóctel insignia: el de pago y el de “gratis” como ella lo llamaba. Un mundo de rezos a la virgen, de bordados, de travesuras a Sor Pilar, de cuentos propios escritos al amparo de la escasez de libros, de la pobreza imperante que nunca fue capaz de cercenar la felicidad.

Gloria me dijo que su gran afán desde pequeña había sido “ser Gloria Fuertes” y a fe que lo consiguió. Quizá ahora, diez años después de que ascendiera a su propio nombre, sea el momento de que las nuevas generaciones descubran a esta mujer que quiso ir a la guerra para pararla, que nunca quiso ser maestra de nada sino lección de algo, que reconocía a la poesía en las cosas pequeñas y que proclamó que leer uno de sus versos era capaz de hacernos entrar en la Gloria sin morirnos.

En otro poema afirmó que un poeta solo lo es cuando el pueblo lo lee. A ella la leyó el pueblo, en especial sus hijos, los alumnos de mil y un colegios que incluso se cambiaron de nombre para llevarla a ella en su cabecera para siempre.

Hoy, escuchando de nuevo aquella cinta ya casi apagada por el tiempo y la obsolescencia del formato, Gloria me vuelve a aconsejar que incite a mis niños a leer, a que hagan como ella, que dejaba de jugar por irse a disfrutar con un libro. Ella sigue al pie del cañón  como antaño. Suya es esa expresión de “poeta de guardia” con la que reivindicó  una poesía cercana, habitual, cotidiana, quizá como su propia alma.

Las pantallas dejaron hace mucho tiempo de emitir los programas que ella coordinaba, pero ¿quién no recuerda “Un globo, dos globos, tres globos”?. ¿Cómo seguía? Si, “la Luna es un globo que se me escapó”. Gloria se nos escapó también hace ahora diez años pero sigue viviendo en un poema. Digamos irreverentemente que su carne se hizo verso y habitó entre nosotros. Las editoriales preparan reediciones de su obra, tanto para niños como para adultos. Su voz renacerá de nuevo en las televisiones y, en especial, en los corazones de quienes la quisimos. Gloria, en la gloria, sonríe y se inventa aleluyas con los nombres de los serafines…

 

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17/11/2008 07:44 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DARYMELIA: Cine S.

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Las pantallas de nuestros cines acaban de lanzar un auténtico guiño a la línea de flotación del tiempo con esos “Años desnudos” que rememoran aquellas películas que pulularon por las salas patrias hasta mediados de los ochenta.

Un cartel negro con letras rojas advertía en la escalinata ya perdida para siempre del viejo Darymelia que aquella película que íbamos a “degustar” era CLASIFICADA “S”.

Curiosa historia la del Cine Darymelia. No ya en cuanto a su estructura, construcción o ranciedumbre  sino en la evolución de sus programas.

En los perdidos tiempos de la Transición, cuando las ampollas de la represión empezaron a desbordar su purulento y lascivo contenido, el cine español abrió la puerta a lo que en los solares de la extranjería se denominaba –y se sigue llamando- softcore. Con un periodo de cierto glamour cuando se presuponía que estábamos ante una sala de pretendido “Arte y Ensayo”, la caída en los morbosos brazos de la “S” fue apoteósica. Los grandes éxitos del deshabillé circularon por nuestro Darymelia a golpe de cámara de  Jesús ( O Jess) Franco, del escondido entre mil seudónimos Ricard Reguant (hoy director de fastuosos musicales teatrales) o a los repletos talonarios, por ejemplo, de Balcazar.

Los encantos de Patricia Adriani, Barbara Rey o  Susana Estrada  nos hicieron suspirar en los tempranos despertares juveniles –quizá mucho más tardíos que los actuales- vestidos –quizá mejor desvestidos- con títulos de vergonzosa pronunciación y que quizá escritos sean más digeribles:  “Sueca bisexual  necesita semental”, “Con las bragas por los suelos”. “El higo mágico” o el famoso “fontanero, su mujer, y otras cosas del meter”.

Aun así, apartando la tórrida tentación previa al pecado luego confesable, hurgo en mis recuerdos darymelianos y me topo de bruces con aquella “Mujeres Enamoradas” más decantada hacia el lado “arte y ensayo” que hacia la libidinosa “S”. (Women in Love. Ken Russell) inadvertida entre miríadas de Enmanuelles y otras Nadiuskas de nacionalidades varias. También la pantalla del perdido Darymelia acogió con arrobo algunas de las películas del llamado “Cine Mondo”, una vuelta de tuerca a las excentricidades de la sociedad humana capitaneadas por Gualterio Jacopetti, por no mencionar el sangriento “Holocausto Caníbal”.

Aquella “S” que nunca sabremos qué significaba (¿Sexo?, ¿Sensibilidad?) acabó a manos de Pilar Miró, curiosamente la misma que fue capaz de programar en la Televisión Española única y defensora de la esencias, aquel “Cine de Medianoche” que comenzaba después de cortar la emisión con su cartita de ajuste y todo.  Geniales sus dos primeras adquisiciones: “Deliverance”, de John Goodman y la archicomentada en baretos y esquinas “El imperio de los Sentidos” de Nagisa Oshima.  Para mucho daría la emisión de “Interior de un convento”, de Walerian Borowczyk, que provocó dimisiones en la cúpula de RTVE y airadas protestas eclesiales.

Curioso mundo aquel de un cine ya superado en todas sus hormonales efervescencias, aquel cine más allá del destape, que recaló en nuestra calle Maestra bajo la histórica marquesina del Darymelia y ahora vuelve a nuestra memoria. 

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04/11/2008 18:29 Autor: zaquizami. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

Monty, Dean y Newman.

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Las pantallas de los cincuenta, ávidas de personajes que poco tenían que ver con los protagonistas clásicos, encumbraron a actores como Steve McQuenn, Montgomery Clift, James Dean o  Marlon Brando a los altares del anti-héroe. Personajes atormentados, caídos en desgracia, frágiles, perdedores y asomados a un punto de visión canalla que transformaba los sueños en arisca y cruda realidad pisoteada. Nadie como Monty Clift para hacernos ver en su mirada la inestable hondura de su alma atosigada.

Dean, eterno adolescente que dibujó su futuro en el  asfalto mojado, abrió el camino a alguien  de mirada vulnerable, franca  e incluso ambiciosa, pero sobre todo tintada de ese tono azul que iluminaba los cielos de aquel “largo y cálido verano” por el que merodeba el “dulce pájaro de juventud” de Tennesse Williams.

Y Paul Newman apareció en la piel del recordado Rocky Graziano en “Marcado por el odio” de Robert Wise. Se dijo que, en principio, afectado por la  neurótica gesticulación del Actor’s Studio de Lee Strasberg y  los «tics» de Stanilavski, pero pronto Paul decidió  transformar esos corsés en la fría y contundente fortaleza que, a golpes de testosterona, emanaba de su gélida mirada.

Siguió como  Eddie Felson en “El buscavidas”, “Harper, el investigador privado”, o el Butch Cassidy de “Dos hombres y un destino”. Pero seguro que nadie lo hemos olvidado en aquella prisión infecta en la que se dedica a la  ingestión de huevos duros en “La leyenda del indomable”.

Steve McQueen le legó ese aroma irresistible para las mujeres, Monty un atormentado universo personal, Brando la pizca de soberbia y Dean le abrió la puerta del celuloide tras algún que otro traspiés (Inenarrable sus primer papel importante “de romano” en “El cáliz de plata” con aquella “faldita de cóctel” como él mismo denominó a su vestuario en el film).

Paul Newman nos ha absorbido como aquel Brick, el marido alcohólico y torturado refugiado en su vaso de whisky y con el pensamiento en su amigo muerto, mientras Liz Taylor ardía como una gata sobre un tejado de zinc. O nos ha dejado sin aliento en “Dos hombres y un destino”, en el que compartía cartel con Robert Redford al igual que en “El golpe” o en “El juez de la horca”. Se dijo que era el nuevo Marlon Brando y el sucesor indiscutible de James Dean. Queda en nuestra retina como aquel tipo duro y atormentado, enfrentado siempre a un futuro negro y hostil pero capaz de enfrentarse a las adversidades, a puñetazos con el mundo si fuera necesario. Quizá aquel primer papel infantil que representó como San Jorge dando muerte al dragón le marcó demasiado.

Ahora a Marlon, James, Monty y Steve se les une Paul en el multicolor paraíso de los antihéroes. Desde abajo, la mirada violeta de la Taylor y el amor de Joan Woodward, su eterna compañera, le dedican la última jugada en una mesa de billar. Quizá con Piper Laurie perdida en el fondo de la  cafetería.  Y él se acerca a Susan Sarandon “Al caer el sol” observado por un Gene Hackman que devora un plato de pasta regado con un toque generoso de Newman’s Choice. Después sube a su coche y emprende su última carrera hacia el horizonte.

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01/10/2008 07:40 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Hoy no me puedo levantar

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El antiguo Rialto, ahora Movistar,  es un teatro recogido en forma de abanico. Estás cerca del escenario y lo rodeas. Diríase que estás apoyado en la barra del bar 33 y compartes confidencias con los chavales de la historia. La música te envuelve desde el primer momento y cada una de las vibraciones que sacuden el suelo y cada una de tus vísceras lo hacen también con la memoria.  Suenan las canciones que te han acompañado en tardes y noches, en estados de ánimo felices y en los acongojados. Y, en efecto, hoy no te puedes levantar de la butaca. Son tres horas y pico de inmersión en aquel mundo de la movida que empezaba, de la libertad sexual, de los inicios peligrosos del Sida, de la alegría de probar inocentemente la droga…

Tiempos de inocencia y de lucha. Tiempos de descubrimiento y de iniciación. Los ochenta no fueron buenos para estos chavales. Espero que sí para nosotros.

Y los protagonistas van desgranando su existencia intentando abrirse paso en el mundo de la música y en el de su propia vida. Llaman a la puerta del éxito, del amor, de la duda existencial.  Fuman y beben –en todas las posibles acepciones- todas y cada una de las ilusiones que abrigan en sus corazones casi adolescentes. Unos llegarán al éxito pero pagando un precio excesivamente alto. Otros se quedarán aparcados en la acera equivocada. Los más volverán a unos días grises  que nada se parecerán a los colores de sus sueños. Y alguno que otro se ahogará en una mezcla de lágrimas y alcohol que le dejará un regusto de cocaína y de soga apretada en la garganta.

 

Una vez soñaron ser Hijos de la Luna pero notaron, descarnadamente, que a Venus nunca se llegará a bordo de barco alguno. Siempre están a unos pasos de la cuenta atrás y quizá un día sean muertos capaces de sonreír tras la lápida que segó sus anhelos más íntimos.

 

Hoy ya no se pueden levantar porque la vida les ha sentado mal. Abandonaron, unos,  a la chavalilla de su vida y la cambiaron por un flash de éxito; alguien descubrió  que llenaba más sus sábanas el camarero que la chica del piso de arriba; Un chaval recompondrá sus días como si girara el cubo de Rubick hasta completar las filas de colores. Y otro, desgraciado y sin fuerza, desgranará su frágil calendario para arrancar furioso las hojas que le quedan aun sin estrenar.

 

No estamos ante un musical al uso. El edulcorado guión a que nos tienen acostumbrados en estos espectáculos deja paso a la vida real. Una vida pintada a golpes. Golpes de vida. Las canciones, salvo en alguna pequeña ocasión, no son intermedios acaramelados. Sirven de escalón para ir aferrándose a una ascensión personal que a veces no es sino un descenso a los infiernos.

“Me cuesta tanto olvidarte” ya no es  una canción de amor. Es una cruda despedida ante el amigo perdido.  “Barco a Venus” toma su verdadera dimensión de himno a la vida y en contra de aventuras peligrosas mientras que “Laika” o “Dalí” son sueños fruto de un porrete compartido.

Las paredes del bar 33, tan protagonistas o más que los chavales que las pueblan, son rojo ladrillo, rojo vida. Y se confunden a veces con el gris marrón de sus existencias. 

 

Menos mal que la realidad cruda y dura deja de vez en cuando un resquicio a la alegría. Los muertos son capaces de revolucionar los cementerios. Las chicas vuelan entre virutas de humo multicolor en aras de sueños inducidos. La amistad parece triunfar finalmente. El amor hace que las piezas encajen. Y la música sigue golpeando el aire con especial frenesí. El mismo que te impulsa a cantar las viejas canciones. A tararear el estribillo. A saborear cada una de las notas que te caen alrededor como serpentinas -que también- .

 

No te das cuenta de que el tiempo ha pasado hasta que las manos te duelen de aplaudir y ves que las luces iluminan de otra forma al viejo 33. Y los muertos saludan. Y esa chica que te ha gustado desde que empezó a bailar se te acerca peligrosamente saludando al público –aunque tu crees que solo es para ti-.

 

Las enormes pantallas desgranan el adiós. Los ochenta han acabado y se preparan para renacer en la siguiente función.

 

Sales con la música dentro y tus pasos parecen guiados por el compás del último baile. Una brisa más fresca que la que te recibió te devuelve a los socavones, las multitudes apretadas y los mostradores llenos de libros al aire libre.  Madrid sigue estando ahí. El musical se va de gira...

 

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09/09/2008 19:35 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Los mejores blogs para el Blogday

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Por  cuarto año consecutivo, este domingo 31 de agosto se celebra el Blogday, el día internacional del blog y de sus creadores, los bloggers. La cita pretende dar a conocer el mayor número de bitácoras posible, por este motivo, han propuesto a los bloggers de todo el mundo que el día 31 recomienden cinco blogs que les gusten.

"El BlogDay es el día de los bloggers, ha sido creado para que los bloggers conozcan a otros bloggers, de otros países y de otros centros de interés", reza la web creada para el evento.

En esta fecha se propone un un gran meme (una propuesta o pregunta que se va contagiando de un blog a otro) para que los bloggers enviaran cinco invitaciones de cinco blogs de diferentes temáticas a cinco diferentes contactos, para que así los internautas dieran a conocer blogs que otros desconocían.

Total, que aquí van los nuestros. En realidad los tenéis en los enlaces permanentes del blog, pero no está de más recordarlos.

http://www.gratisblog.com/mundopaly/  Versos para el camino, el caminante, la meta...

http://feralon.blogspot.es/  Reflexiones y pensamientos de Fermín A.

http://juliogebe.blogspot.com/  El mundo de Julio G. Blanco.

http://mijabalquinto.blogspot.com/  La particular visión de Antonio García Sanz.

 

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31/08/2008 22:05 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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