"Donde habitaba el muro" (En el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín)

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Al amparo de esta nueva hoja que se desprende del cuaderno de los aniversarios -han pasado ya veinte años de aquel 9 de noviembre en que el muro de Berlín se agrietó para siempre- descubro tras gozosa investigación en mi particular baúl de los recuerdos un fragmento de aquel impresentable monumento a todo lo peor que nuestra esencia humana puede destilar. Un trozo de hormigón con la huella de su esqueleto férreo marcada a pinceladas de óxido es el palpable fetiche que atesoro de una visita veraniega que me devolvió ya una extinta RDA mirándose en el espejo capitalista del vecino de Oeste. Cemento mezclado con cápsulas de oxígeno que marcaron globulosas celdas en el interior de aquella pared que impedía entrar, pero, sobre todo, estaba diseñada para no salir.

El aire que estuvo aprisionado durante muchos años dentro del muro se podría comparar con la vida de unos ciudadanos que debieron abrazar las consignas de un régimen que hoy se nos antoja grandilocuente pero vacío, histriónico pero cruel, soberbio pero irreal. ¡Cuánta mentira habitó tras el telón de acero!

Las personas que aleatoriamente quedaron incluidas dentro del perímetro del muro descubrieron el dolor, la pobreza, la desesperanza a la misma vez que perdían la libertad enterrada bajo las alambradas y los disparos indiscriminados.

A lo largo del tiempo muchos de ellos intentaron dar suelta a un irrefrenable deseo de volar y se adentraron en la senda que les llevaría a la muerte. Quedaron clavados entre los espinos con las balas ejerciendo de sibilinos bisturíes a la caza del maligno tumor del ansia de libertad.

Cuando mis pasos me acercaron a la cicatriz “donde habitaba el muro” –frase que tomo prestada de Isabel Coixet- la sangre había devenido en pigmento bermellón y decoraba los últimos restos de la infamia con murales sarcásticos en que Leonidas Breznev y Erich Honecker sellan con un beso de tornillo el sometimiento mientras un “trabi” desafiaba al tiempo desde su carcasa de duroplast. El muro era ya una atracción turística (El East Side Gallery) ajena al dolor y, sin embargo, su presencia inmaterial ha seguido apuntalando las diferencias, la memoria de un pasado surrealista. Berlín fue un faro en la estulticia humana. Un escenario en el que hubo de remendar heridas de seis décadas de guerra de todas las temperaturas. Si cruenta fue la guerra real, no menos dura fue la llamada “fría” que la sustituyó.

El aniversario del muro nos invita a recorrer su huella pero también a sus antecesores. La Bebelplatz guarda en su centro, en una mágica habitación subterránea que puede verse a través de un cristal desde la superficie, un aséptico monumento que recuerda la quema de los libros de la Biblioteca de la Universidad Humboldt en 1.933. La estancia, de un níveo reflejo blanquecino, solo dispone de estanterías vacías en todo su contorno.

Fue el comienzo. Luego, -ya lo dijo Heine- “ahí donde se queman libros, se termina quemando personas”.

Y, en efecto, por el fuego purificador pasaron los judíos, los enfermos, los gitanos, los homosexuales…

Cuando todo parecía haber pasado, la sombra del muro se levantó ante la historia. Esperemos que haya sido el último capítulo.

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25/10/2009 13:04 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Un pasito "p´atrás"

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El abuelo Pedro veía pasar los días asomado al borde de un vasito de vino blanco con gaseosa.  Mitad y mitad. Semejante exactitud me llega de primera mano: era yo, su nieto mayor, el encargado de ir al bareto  de la esquina con la botella vacía para que, en una mística ceremonia iniciática, el  tabernero la rellenara día tras día por unas cuantas monedas. Aun circulaban las perras gordas –y las chicas- de mano en mano. También las cervezas se compraban por cajas. Unas tablas de madera clavada cuyo diseño debería haber pasado a los museos de lo cotidiano. Una vez degustado el fresco contenido, los botellines volvían a su nido a la espera de una nueva existencia.

Recuerdo a mis tías, tocadas por la varita del primer amor, comprando un par de duros de colonia que, por supuesto, se envasaba en el frasco que ellas mismas llevaban. El embudito con  que la droguera rellenaba el perfume también es, para mí,  un icono de aquellos años.

La abuela Pilar compraba una libra de pan en el oloroso horno de Melitón y la llevaba a casa en una primorosa bolsa de tela bordada que no dejaba lugar a engaño: una “p” de góticas ascendencias era seguida de la “a” y de la “n” terminada en una orgullosa voluta dibujada con mimo con aquellos hilos que fluían del costurero a golpe de aguja y de ojos cansados.

A la “Plaza” se iba con el cesto de mimbre, o de loneta. Aun no habían nacido los carros de ruedas que luego se hicieron con el poder en los mercados. Las botellas de vidrio se guardaban como joyas susceptibles de contener manjares de exquisita fragancia como la conserva de tomate o el pisto casero que por extraño sortilegio de un polvillo, ácido y blanco, que luego alguien prohibió, adornaban las alacenas para servir a continuación de guarnición al pollo de corral criado con las mondas de las patatas o los restos de cualquier alimento que nunca había necesidad de sacar a esos inmundos contenedores que hora desdibujan nuestras calles.

Crecimos. Llegó el progreso y nunca nadie más se acercó a rellenar la botella de vino. Latas y plásticos nos hicieron entrar en la sociedad del desarrollo. Con una alegría desbordante mandamos a los vertederos los frascos de “perfúmenes”, las botellas de vino, de gaseosa o los tercios y los quintos. La bolsa de lona con rayas de colores se pudrió en el desván de lo obsoleto y la carrera por fabricar mil y una bolsa de plástico con el logo multicolor de nuestra tienda de confianza se convocó en aras de un futuro mejor.

Años después las inocentes bolsas del super han resultado lesivas para el medio ambiente y como son peligrosas pues ya no son gratis. Pagando por ellas parece que nos redimimos un poco y ya no somos salvajes destructores de la naturaleza. Si antes llevábamos la botella a la tienda y la rellenaban o nos devolvían el importe del “casco”, ahora las llevamos a unos contenedores para que un camión se las lleve a reciclar aunque nadie nos devuelve cantidad alguna por ello. El progreso nos ha dado una bofetada y nos invita a retroceder.

Ahora un grupo anima a hacer pipí en la ducha para ahorrar agua. ¿Qué nos está pasando? ¿Cuál será el siguiente paso  –para atrás, claro-  que nos espera?

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29/09/2009 07:47 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Planes, pandemias y pupitres. Un curso escolar marcado por la gripe A.

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Hoy  se abren de nuevo los centros escolares. Los alumnos disponen aún de varios días para incorporarse al periodo lectivo que les espera. Quizá más de los que sospechan. Los noticiarios televisivos y radiofónicos, la prensa y cualquier otro sistema de comunicación que se precie nos está bombardeando estos últimos días con multitud de planes de ataque y prevención que las mayores empresas del país (Endesa, El Corte Inglés, La Caixa, etc) han elaborado para que la pandemia de gripe A no afecte en sus clientes y trabajadores o al menos minimice los riesgos de contagio y evite problemas empresariales posteriores.

Se reducirán las reuniones entre el personal, se preveen planes especiales de sustitución para aquellas personas  afectadas que necesiten bajas laborales  y se disponen medios para que sus empleados puedan controlar, en la medida de lo posible, la infección.

Dentro de apenas diez días la totalidad de la población escolar (niños y niñas, profesorado, personal de servicios) se encontrará de nuevo en sus colegios, escuelas o  institutos. ¿No son, acaso, los más desprotegidos? ¿Recordará un chavalín de seis añitos que no debe toser, ni estornudar si no es con un pañuelo de papel en la boca? ¿Llegará concienciado de no acercarse demasiado a sus amigos? ¿Podrá jugar inocentemente con ellos? ¿Podrá dar su clase normalmente la maestra embarazada que sabe que en cualquier momento se le acercará uno de sus alumnos o alumnas y la llenará de besos y abrazos?

¿Existe un plan de ataque, prevención y soporte para que los colegios no se conviertan en cadenas de transmisión de la pandemia? ¿No se debería proceder primero a la vacunación del personal, del alumnado y luego abrir los centros escolares? Quizá la respuesta a esta posibilidad no pase por “sentimientos” sanitarios sino simplemente económicos o sociales. ¿Qué haría la población escolar en casa durante, por ejemplo, dos o tres semanas más hasta la llegada de las vacunas? ¿Soportaría el tejido social, es decir, los padres con su trabajo diario, esta nueva vacación forzada? Pues… quizá mejor de lo que algunos gobernantes sospechan. ¿Quién sino un padre o una madre puede desear con más fuerza  apartar a sus hijos del posible contagio?

Hace unas pocas fechas, un colectivo sindical solicitaba que se permitiera a las profesoras embarazadas incorporarse una vez controlada la situación. Se denegó tan “descabellada” petición. ¿Por qué motivo?

Se tardó en incluir al personal docente en los posibles grupos de riesgo ante la gripe A ya que en un primer momento no se les mencionó siquiera. Solo en algunas Autonomías se ha reconocido que está en estudio una alteración del calendario escolar. En otras se disparan todas las alarmas solo con sospecharlo. Dicen que el virus es amante del fresquito otoñal y más aun del cercano invierno. Es en ese clima donde más se propaga. Seguramente ya tendrá preparada su solicitud para ingresar en nuestras aulas, que se abren precisamente cuando el verano dice adiós. Si nadie lo remedia aparecerá en nuestro libro de matrícula como un colegial más. ¿Qué haremos con él? Que la divina providencia, aunque sea laica, nos proteja.

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02/09/2009 19:15 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Adelante, maestro... (En defensa de los docentes)

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En las viejas ágoras del mundo clásico, los ciudadanos  –y ciudadanas-  expresaban sus ideas y opiniones sobre el más acá y el más allá, sobre lo divino y lo humano. Hoy ese privilegio va camino de la desaparición, pero, aun así, hace unos días, en “la barra” de una típica carnicería de barrio, algunas personas comentaban las últimas noticias: una señora atropella a un chaval y lo abandona”…

¡No tenemos ya humanidad!, se dice. ¡Dónde vamos a parar! ¿Y la educación? ¡Esta sociedad va de mal en peor!

Alguien deriva la conversación hacia un spin-off de la misma temática: ¿Habéis leído que un juez ha condenado a un director por zarandear a un alumno?.

La enseñanza, -todos los asistentes se muestran de acuerdo- es la base de cualquier sociedad. Nada se consigue si no somos capaces de inculcar en nuestros hijos, en los futuros ciudadanos, los más básicos valores que han de hacerlos “personas de provecho” como se decía en tiempos de Maricastaña. (Tiempos de urbanidad, de respeto, de buena educación). Y eso ha de hacerse en la familia primero. Luego seguirá la escuela pero elevando la construcción a partir de la realidad del hogar. Sin esa simbiosis íntima entre lo que ambas instituciones quieren conseguir, poco o nada se conseguirá edificar.

¡Los padres de hoy en día se desentienden de sus hijos! –afirmaba un ama de casa. “Hoy, la madre de todos es la tele”, aseveraba alguien.

“La escuela bastante hace”.  “Pobres maestros”. Esas palabras consiguieron la unanimidad de los presentes y a mí, que soy del gremio, me recorrió una especial satisfacción. Lástima que el titular que se estaba comentando hiciera flaco favor a ese sentimiento.

Nadie puede pensar que alguien que dedica su vida a “trabajar” con niños y niñas se levanta por las mañanas con la aviesa intención de golpear, zarandear, pegar , insultar o menospreciar a los destinatarios de su labor. Obsérvense las comillas. ¿Es realmente un trabajo enfrentarse a veintitantos niños y niñas cada día para tratar de guiarlos por el camino del propio descubrimiento, de enseñarles “a vivir”, a conocer su entorno, su historia…?

Desgraciadamente ese idílico paisaje que podríamos imaginar al pensar en un grupo de alumnos con su maestro/a está últimamente demasiado lleno de obstáculos, de grietas que es difícil saltar.  No siempre los chavales acuden a la escuela con el ánimo y la disposición que sería deseable. Todos conocemos casos en que el hecho de “dar clase” se convierte en un infierno del que es complicado salir.

¿Qué medios tiene el docente para lograr una mínima base sobre la que asentar el día a día del aula? La motivación externa es cada vez menor. El interés de los alumnos va disminuyendo.  El apoyo familiar y social decae. Nadie recuerda al maestro/a esforzado que avanza con “sus niños” por el camino del conocimiento y de la vida. Sin embargo, ¡ay de aquel que intenta que en su clase se respete el derecho a que todos puedan “disfrutar” de la enseñanza!.

Si levanta un poco más la voz y al alumno le parece que le está gritando… ¡Denuncia!  Si osa ponerle la mano en el hombro para, sencillamente, indicarle que se siente…¡Denuncia!  Si utiliza un cierto lenguaje algo mordaz para inducir al interfecto a que reconsidere su postura… ¡Denuncia por humillación y por menoscabo de sus derechos como persona!

Nadie defiende la violencia ni es una escuela el lugar adecuado para su existencia. Todos sabemos que la teoría dice que hay que hablar, dialogar, motivar, reconducir, reorientar, meditar. Magníficos verbos que nos trasladan a un paraíso irreal en el que ciertos elementos sociales creen que la enseñanza se mueve.

Ese director que “zarandeó” a un alumno ¿le imponía un leve correctivo mientras le afeaba su conducta?  Muy probablemente. ¿Sabemos el historial del mismo?  ¿Se había producido, acaso, una continua y reiterada alteración de la normalidad del aula?  Seguro. ¿El tutor o tutora del mencionado chaval  lo había llevado ante el  director cuando ya le era imposible controlar la situación? No parece caber duda alguna.

¿Y qué sucede después?  ¿Tortura psicológica con tratamiento posterior? ¿Daños físicos?  Mis diplomas y estudios no me capacitan para opinar sobre estos aspectos, pero apelo al imaginario colectivo.  No así a la justicia. ¿O es a la ley?

Sinceramente no puedo compartir esa sentencia que se discutía entre solomillos y muslitos de pollo. Estamos llegando a la última frontera. Un lugar en el que no nos espera la consideración, el apoyo social  o una pizca de reconocimiento. Allí aguarda la justicia con sus ojos vendados. Espero que, aun sin confirmación bíblica, haya un pequeño cielo para los maestros y maestras. Quizá allí puedan sentirse satisfechos de su labor, de sus muchos años de lucha y se olviden de los sinsabores y de los sinsentidos.

Ojalá que ese reconocimiento que puede notar en aquella carnicería se extendiera por otros ámbitos. Incluidos los tribunales.

Quiero manifestar con todo cariño, aprecio y simpatía, mi más firme apoyo a ese compañero director en el que todos los que nos dedicamos a la docencia podríamos vernos identificados.  Adelante siempre. Nuestra labor está por encima de estas situaciones. Y si alguien lo duda… está invitado a ser “maestro por un día” como aquel añejo programa de televisión.

Puedo asegurar que muy pocos/as  superarían la prueba.  ¡Cuán desconocida es la labor casi siempre callada del maestro!

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29/07/2009 12:43 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

El Talgo nunca llegó a Jaén.

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Este fin de semana, apenas hace unas horas, el último “Talgo Rojo” que aun circulaba por las vías patrias recoge sus ejes circulantes, su sistema de suspensión novísimo, su peculiar diseño y cierto aroma nostálgico que le rodea para pasar a esa jubilación que bien puede hacerle recalar en un Museo, rodando en Sudamérica o, quizá, entre las destructoras muelas del desguace.

Este tren, estilizado y cómodo como nunca antes se había visto en aquella España que empezaba a desprenderse del tono gris de los cincuenta, tuvo hermanos menores –los llamados Talgo I y Talgo II- pero su eclosión acaeció en 1.964. Lástima que, por aquellos años, los españolitos carecían del montante económico que se necesitaba para disfrutar del indescriptible salón mirador del último vagón o del soplo acariciador del primer aire acondicionado ferroviario que se recuerda.

Los primeros sesenta eran tiempos del “rápido” o del “expreso”, por no mencionar al eterno “correo”. En la dictatorial piel de toro la palabra “rápido” solo era un adjetivo sin mayor significado. Las largas y fraternales travesías, las interminables esperas sentados en la maleta de cartón piedra o la marcada incomodidad de los vagones de “tercera” estaban a la orden del día… especialmente en ciertas estaciones. Léase Jaén.

Nuestro bien amado Talgo rojo nunca llegó a Jaén. O al menos mi memoria no me lo devuelve entrando en aquella vetusta instalación que coronaba el Paseo de su nombre. Aquel tren pionero solo se dedicó a visitar las grandes ciudades, las líneas mimadas. Para esta perdida estación jaenera solo quedaron los ahora llamados eufemísticamente “regionales” con alguna festiva excepción: ¿Quién ha olvidado aquel cósmico “Platanito” que nos regalaron por muy poco tiempo?

Para subir al Talgo había que trasladarse a Espeluy o a Linares-Baeza. Y no siempre con transbordo asegurado. Recuerdo aquel trocito de papel rectangular que el funcionario rellenaba a mano llamando por teléfono en el que te aseguraban la reserva de plaza pagando el lógico suplemento, claro. ¡Qué tiempos!

Entonces los trenes tenían personalidad propia. Uno veía el Talgo rojo y sabía que era distinto, exclusivo y especial. Hoy ves el R598, el ALVIA, el AVANT o incluso el AVE y todos tienen el mismo disfraz blanco con sus pinceladas violetas.

Subir al Talgo III –que ese era su nombre oficial- era respirar otro ambiente distinto. Los ajados departamentos de los expresos eran como las corralas de vecinos. El Talgo, por el contrario, permitía esa intimidad que te impulsaba a sumergirte en el paisaje y soñar en silencio.

Al viejo Talgo lo sustituirán los ALVIA o los ALTARIA. Quizá un AVE. Desgraciadamente, tampoco, por ahora, esos nuevos Mercurios alados pasarán por la estación de Jaén. Bueno, si en los tiempos del hambre el café se llamaba achicoria, ahora tenemos un Ave-lanzadera hacia Cádiz y algo llamado Media Distancia Plus que se cree un Ave y que es lo más de lo más para las capitales de ¿segunda?

Lástima que el nombre TALGO esté desapareciendo de los catálogos de Renfe. El Pato es un Ave de la familia Talgo, pero pocos lo saben… Quizá alguna vez anide en nuestra estación.

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29/07/2009 12:16 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Horas de vuelo. (Miedo a volar)

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Verano y vacaciones empiezan por la misma letra que volar. Y dedicarse a emular al viejo Ícaro es una tarea que ya no requiere ser un maestro en la artesana tarea de engarzar plumas de ave con delicadas gotas de cera derretida. Ahora sencillamente embarcamos por la puerta 14 B, por ejemplo,  a través de cintas andantes misteriosas o ascendiendo en escaleras mecánicas que se mueven a endiablada velocidad. Llegamos a un áureo pasadizo al que los entendidos llaman “finger” y ¡halehop! una uniformada azafata de vuelo nos indica con la mejor de sus sonrisas que debemos ocupar las plazas 16E y 16F. Allá que nos dirigimos con la “cabin baggage” -que hemos hurtado a la cinta tragaequipajes- en la mano y con el gesto de preocupación colocado a modo de careta sonriente.

Tras la oportuna lucha con otros aspirantes a colocar sus bolsas en el receptáculo superior que también alberga las inquietantes mascarillas de oxígeno y en ocasiones hasta un minitelevisor, procedemos a embutirnos en el asiento, nunca mejor dicho. Si nuestras lorzas –bella palabra de regia tradición desde el siglo de oro- han adquirido un cierto protagonismo, será de todo punto imposible hacer que la mesilla que está adherida al respaldo del viajero anterior descienda hacia la posición horizontal. Pero eso aun no debe inquietarnos ya que toda nuestra atención ha de dirigirse a los cómicos gestos de la azafata a la que ya conocimos a la entrada. Ahora nos está indicando con el hastío de lo mil veces repetido las salidas por las que deberemos huir si hemos sobrevivido a la catástrofe. (Debe suponerse que los accidentes se producen de noche ya que se nos advierte que hay unas lucecitas en el pasillo que se encenderán para que sepamos el camino… (Aquí está la explicación de esa luz que todo el mundo dice ver cuando se acerca el fin).

Luego, de pronto, un comandante con voz cinematográfica te espeta que estamos a punto de salir, que tardaremos una eternidad en bajarnos y que espera que te lo pases de escándalo en su avioncito. Aquí es cuando notas en tu cara una estampida procedente de las salidas del “air conditioned” que se juntan con el pitido de tus oídos y con los rugidos de unos motores que hacen vibrar todo el fuselaje. Vas a cerrar los ojos pero en el último momento tu mirada choca con la plaquita del “Life jacket under your seat”. Entonces das un pequeño taconazo para ver si chocas con el salvavidas pero ya estás despegándote del suelo protector y solo deseas que el reloj vuele a más velocidad que la de crucero  mientras recuerdas los jirones de la tapicería de una vez que volaste con Tarom rumbo a Transilvania o la única manta de que disponían en un vuelo de las Czech Airlines cuando se fue a pique el sistema de calefacción.

Abres los ojos y vuelves a ver aquella taza de café que se te quedó vacía mientras el líquido flotó unos instantes sobre ella al atravesar una turbulencia a la vuelta de París. Vuelves a cerrarlos pero antes miras el reloj. Solo han pasado quince minutos. Ahora mismo, bajo la ventanilla, dos nubes de frágil algodón azulado duermen tranquilas en ese cielo que les pertenece y que, quizá, estamos profanando. Cosas de un verano que empieza.

 

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29/07/2009 12:13 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Te recuerdo, Victor. (Homenaje a Victor Jara)

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La calle mojada, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo… ¿Quién no recuerda estos versos en la cálida voz de Víctor Jara? Es Amanda que va a reunirse con Manuel y a punto de descubrir lo eternos que pueden resultar cinco minutos.

Pero Manuel no volvió a toque de sirena. Tampoco Víctor. Él, que cantó al derecho a vivir en paz y que soñó con una cadena universal de palomas y olivos más allá del mar, quedó en un día oscuro del setenta y tres tirado en el césped de un estadio chileno convertido en prisión.

Su voz sonó por última vez ante los compañeros presos solo un segundo antes de que la bala del odio le hiciera callar para siempre. Antes le habían pisoteado los dedos para que nunca volviera a acariciar las cuerdas. (Algunos dicen que le cortaron las manos).

Sus canciones me rodean ahora en la nostalgia de un piso de estudiantes: Mara, Zoilo, Paco, yo mismo. Una guitarra y unas notas melosas. Las casitas del barrio alto llenas “de latifundistas y traficantes, abogados y rentistas con hijos “rubiecitos” que juegan al bridge y toman martini-dry.”

Cierro los ojos y aquella tarde se transmuta en nostalgia. Eran tiempos de Universidad, de ganas de salvar al mundo, de pasquines de la Joven Guardia Roja, de conciertos de Luis Pastor en la vieja escuela de Magisterio, de carteles del Ché o de casettes de música de cantautor. Y entre ellos, a la cabeza, Víctor Jara: “Que los derechos humanos los violan en tantas partes, en América Latina domingo, lunes y martes. Nos imponen militares para sojuzgar los pueblos, dictadores, asesinos, gorilas y generales”

Víctor nos hizo sentir el cosquilleo de hacer algo por los oprimidos, de hacernos uno en esa oración que luego censuró la tele oficial en boca de Mercedes Sosa: “Líbranos de aquel que nos domina en la miseria; Tráenos tu reino de justicia e igualdad.

Hoy, en un recuadro, en una nota perdida entre la vorágine de sucesos en que se han convertido nuestros noticiarios, se comenta que se va a condenar a uno de los responsables de la muerte de Víctor Jara. Era entonces un soldado de reemplazo y, muy probablemente, no sea mas que el dedo ejecutor. Pero si que marca el sendero de la justicia. Ningún poder debería tener en sus manos la vida de quien disiente, de quien alza su voz y su guitarra contra aquellos que  revientan la flor con genocidio y napalm” o “Explotan al campesino, al minero y al obrero, hambre miseria y dolor…”

La muerte de Víctor quedó sumida en la tiniebla del poder omnímodo, en la marea alta del “porvenir de las horas amargas” pero ahora se abre un resquicio en la búsqueda de responsabilidades. Un guiño del tiempo a la justicia o viceversa. Algo con que “amarrar los sueños... laborando el comienzo de una historia sin saber el fin”.

Lástima que en otras latitudes, léase nuestro solar patrio, otro cantor de libertades, otro poeta de la palabra, Federico, no haya podido alcanzar aun el tranquilo reposo y siga en la oscura fosa del odio fratricida.

Te recuerdo Víctor, te recuerdo, Federico. Aquí queda la clara, la entrañable transparencia, de vuestra  presencia. Plantada queda la bandera con la luz de vuestra sonrisa. Hoy es el tiempo que puede ser mañana.

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29/07/2009 12:09 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Un ataúd con mensaje.

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Un refresco para deportistas que hace apenas unos meses  navegó por los corazones de un grupo de “locos” sudamericanos que emitían su enajenación a través de la radio, revive ahora en el corazón del África profunda con la alegría que nuestra civilización siempre ha escamoteado a la muerte.

La idea de transmitir a nuestro último viaje esa pizca de locura que significaría marchar al más allá no en un féretro de artística madera tapizada sino en un envoltorio que diera a nuestros deudos una idea de lo que siempre quisimos, de aquello que nunca conseguimos o, quizá, de un extravagante deseo que jamás nos atrevimos a confesar, pudiera ser uno de los más gozosos descubrimientos de la publicidad contemporánea.

Pensemos, en un ejercicio de futuro, a lomos de qué Clavileño nos encantaría cabalgar hacia la laguna Estigia en pos del cancerbero.

Pero no caigamos en el oscuro pensamiento de que ya nada nos ha de importar cuando nuestro aliento quede fútil, inane, a merced del tiempo y del olvido.

¿Olvido? Quizá ahí se esconda el más intrincado de nuestros temores. Vivimos cada día arañando las paredes del mundo tratando de construir, de levantar, de crecer. Y está entre nuestras aficiones el aplicar una espesa capa de brillante barniz a las actuaciones que llevamos a cabo: Ese pellizco de soberbia, unas gotas de orgullo, un napado de envidia… cualidades que nos adornan y con las que creemos asegurarnos un lugar en el porvenir.

Sin embargo, como afirman que decía San Agustín –aunque la autoría real de ciertas citas merecería un comentario aparte-,  “la soberbia no es grandeza sino hinchazón  y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. A veces el brillo del barniz nos impide apreciar el color que nos circunda y el éxito mezquino y temporal nos aupa –o eso imaginamos- a las cimas de un patético poder que a nadie importa.

Por eso muchas civilizaciones han luchado contra la muerte asimilándola con el olvido y se han revelado contra esa última posibilidad de supervivencia. Reverenciales faraones identificaron su memoria con las piramidales rocas que engulleron sus cuerpos y algunos han llegado hasta nosotros arrastrando parte de los iconos de sus vidas en un desesperado reto al último adiós.

¿Será ese concepto, esa idea, la que quiere resucitar –magnífico verbo que encaja a la perfección con esta afirmación- el spot de los africanos?

¿Qué forma tendrían los ataúdes de quienes conforman el núcleo de esta sociedad que nos envuelve? ¿Qué legaríamos al futuro si realmente existiera tal posibilidad? Ni imaginar quiero el gesto de quien nos descubriera allende el tiempo.

Si existe algún registro de este tipo de últimas voluntades, espero que mi ataúd pueda tener forma de libro. Suena a tópico pero ¿sabrán nuestros congéneres de veinte siglos más allá lo que era semejante artefacto? Posiblemente no si triunfan esos aparatos electrónicos que pretenden sustituirlo, pero me queda la duda razonable y el íntimo deseo de su supervivencia.

Ah!, el anuncio del que hablamos termina con una frase lapidaria: El ser humano es maravilloso. Habrá que creerlo, por supuesto. ¿O la publicidad siempre trata de engañarnos?

 

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29/07/2009 12:06 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Un deseo llamado tranvía. (El tranvía de Jaén)

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Si existe un medio de transporte que más sentimientos haga aflorar con su sola mención, con permiso del ferrocarril, ese es el tranvía. Nadie que haya paseado por el mundo ha podido olvidar las estrechas calles de Lisboa surcadas por “los amarillos” cargados de “saudade”. Tampoco el reflejo de los tranvías en los canales del Amsterdam nebuloso que respira los efluvios de sus “coffeeshops” empapados de cannabis.

Praga también ofrece sus entrañas a bordo, como en un viaje a través del tiempo que, hasta hace poco, podía sumergirte en los oscuros años previos a la caída del muro. Y qué decir de esa panorámica que podemos divisar desde el tranvía de San Francisco en la cima de la calle Hyde, en dirección a Fisherman Wharf: la bahía, las cinematográficas calles empinadas y al fondo, en mitad del mar, Alcatraz.

Los tranvías son capaces de transportarnos no solo físicamente, también pueden llevarnos, como en una visión arañada a la realidad cotidiana, a lugares que solo viven en el subsuelo de los sueños, en el recuerdo de una pantalla en la que Blanche Dubois llega en un tranvía llamado Deseo para instalarse en casa de su cuñado Kowalski en una Nueva Orleáns pintada en blanco y negro.

También Buñuel hizo a la ilusión viajar en el 133, un desvencijado tranvía a punto de ser jubilado por la superioridad, al que subirán en su último estertor, el más variopinto grupo de viajeros jamás imaginado.

Más cerca nos queda la Malvarrosa. Destino del tranvía que una vez soñó Manuel Vicent: Una ruta de iniciación a la vida de un joven en la España gris de los años 50, con paradas en ajados prostíbulos o en atrevidos volúmenes de Camus o de Sartre.

Ahora, como saliendo de las pantallas, invadiendo nuestra tranquila siesta provinciana, el tranvía llama a nuestra puerta con guiños a la modernidad, ofreciendo sus vías a un progreso en el que los vehículos propios han de perder protagonismo en aras de la rapidez, el cuidado medioambiental o la vertebración de los espacios económicos y sociales.

Desde los aledaños de la plaza de la Constitución, la imagen de las vías a nuestros pies, el monumento a las Batallas en el centro y, al fondo, las fuentes del Bulevar, nada tendrán que envidiar al San Francisco de los folletos turísticos. Queremos entrar en el futuro a bordo de un tranvía y soñamos ya con su ampliación, con otras líneas que marquen territorio hacia las Fuentezuelas a través de las sendas del Gran Eje o que permitan el traqueteo –coqueto y excitante- que nos traslade por los barrios antiguos, por las callejas que una vez fueron judería o tarro de las esencias de las que bebimos a lo largo del tiempo en un largo devenir que llega hasta hoy.

Ese aparcamiento disuasorio que presidirá el comienzo –o el fin- de la línea, permitirá que nuestros visitantes se acerquen con ojos distintos, sin el estrés de no saber dónde dejar por unas horas la rémora del automóvil. Polígonos, Universidad, Hospital… todo un eje de progreso y bienestar se nos presenta vestido de deseo, vestido de ilusión. Nuestro futuro está anunciado en la marquesina de tus paradas. Nada ya será igual cuando surques las calles. Bienvenido, tranvía.

 

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29/07/2009 12:03 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

"Eméritos de la enseñanza"

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Dedicado a D. Miguel Castellano.

Con cariño y admiración.

 

 

Con el vapuleo a que las hordas informáticas someten al  lenguaje castellano no tengo muy claro si la e- de e-mail,  por ejemplo, es un prefijo que significa virtual. Reconozco mi anclaje en el clásico idioma de los libros, de la literatura capaz de hacernos sentir la e-moción de la que una operadora telefónica se apoderó en beneficio publicitario.

Pero no es mi intención hoy adentrarme en los procelosos mares del maltrato lingüístico a pesar de que sea otra palabra así formada: e-mérito, la que titula esta columna.

Los eméritos son una raza distinta, superior, que traspasa las barreras del  tiempo: tras una vida entera dedicada a la docencia, preferentemente universitaria –es en ese campo donde más se usa el término- siguen unidos a esos claustros de los que formaron parte con la ilusión renovada que les da enfrentarse de nuevo cada mañana a las miradas de sus discípulos.

Confieso mi estupor al haberme topado con una de esas figuras que me ha enfrentado con mi propio sentido de la entrega a una profesión. No hablamos de las altas palestras, de las ágoras ilustradas, de los cenobios tocados por la sabiduría. No. Estamos a pie de aula en una escuela de primaria. Y en el medio, de clase en clase, de pasillo en pasillo, dejando que su alma se expanda, un emérito, un jubilado que nunca nos dejó a pesar de que el calendario le apartó del día a día oficial.

Miguel Castellano, -sé que no te gustará leer tu nombre-, colgó su diploma de merecida jubilación en la estantería de los trofeos, junto al cariño de varias generaciones de niños y niñas, de familias enteras, y lo dejó cubrirse del polvo del olvido mientras él se persona cada día en “su” colegio. Cuando el Día de Andalucía hace que las banderas de nuestras esencias andaluzas inunden patios y corredores, es Miguel quien las empuja como un viento educado que las  hace ondear orgullosas.

Si los chiquitines han de lanzar al mundo unos versos garabateados en su alma de poetas, es Miguel quien sujeta el micrófono que difunde sus voces. Si en algún momento nos descubre decaídos, arremete contra el desánimo y nos insufla el soplo que necesitamos, la savia que nos hace renacer.

Miguel sabe sacar provecho de las pequeñas cosas quizá porque él es grande en todos los sentidos. Efectúa virtuosas incursiones en el bricolaje pero sé que, en el fondo, más que adaptar un cable, envainar un destornillador, diseñar un forillo escénico o modelar a golpe de sierra una agotada barandilla, sueña con volver a reflejarse en los veinticinco pares de miradas infantiles a las que elevó sobre las cimas del conocimiento. Lástima que las leyes no contemplen su deseo.

Miguel Castellano es nuestro emérito particular y desinteresado. Nos lo da todo con la sonrisa siempre en el semblante, con la mano extendida, con el alma abierta. Miguel sigue siendo maestro a pesar de las hojas caídas de los almanaques y yo -con él- me siento orgulloso de serlo también. La enseñanza, la educación,  no debería permitirse el lujo de desaprovechar a personas que pueden aportar su dilatada experiencia a quienes les seguimos después. Desde luego, sus méritos nada tienen de virtual. Gracias, Miguel.

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14/03/2009 19:54 Autor: zaquizami. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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