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"La calle era suya"

por zaquizami el 16/01/2012 07:55, en Navegando en los medios

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Ayer, cuando el primer parpadeo de los diarios digitales anunció su marcha, la figura de Manuel Fraga, revoloteó en mis recuerdos como en esos spots televisivos de vertiginosa rapidez.  Sin orden temporal aparente, la primera escena se remonta a aquellos años de la transición en que Alianza Popular presentaba sus carteles electorales de fondo naranja. Y muchos de ellos anunciaban la visita mitinera de don Manuel al cine Lis Palace.  Le recuerdo caminando por el pasillo central, con su andar peculiar, entonces poco pronunciado, entre el clamor de los asistentes. Sonrisa firme y expresión adusta. Como él era, al menos para quienes solo lo conocíamos por los medios de comunicación.

Parece ahora que el escenario del llorado Lis Palace se inunda de aguas radiactivas y que, por esos birlibirloques de la imaginación llegamos a las playas de Palomares. Allí, en pleno anuncio de Meyba, Fraga deja enfrentarse a sus carnes serranas con el peligro nuclear que los amigos yanquis nos regalaron por accidente. No recuerdo si lo acompañaban embajadores, ministros o autoridades locales. Solo él, inmenso y sonriente, desafía a la bomba y sus efectos apocalípticos. Así era don Manuel.

Otra imagen, señorial y lejana: Bombín y paraguas en aquel brumoso Londres de mediados de los setenta.

Sin embargo, el espacio que Fraga ocupó con maestría fue el último estertor del régimen franquista y los albores de la democracia. Su labor constitucional, como padre de nuestra ley suprema, es reconocida por todos los sectores, propios y contrarios y sus aportaciones a lo que podríamos llamar “la derecha moderna y civilizada” probablemente no serían negados ni por sus enemigos más feroces.

El afán chirigotero de nuestro día a día no olvidará tampoco aquel “con Fraga hasta la braga” con que se aplaudieron los tímidos avances de la ley de prensa, traducidos en la fragilidad del vestuario de las “starlettes” del momento, aquellas actrices pasto de las llamas del destape que abrumaron el despertar a los placeres de alguna que otra generación.

Su colección de frases, que podríamos llamar ya “históricas” pasan por el memorable “la calle es mía” como ministro de la Gobernación o el “disparen contra mi” a los secuaces de Tejero en el Congreso, sin olvidar aquella que decía: "Toda mi vida he dicho verdades sin condón y pienso morirme sin ponerme uno".

“Casi es preferible morir antes que arrastrar una vejez ociosa”, dijo en una  ocasión y, no cabe duda, llevó esa máxima hasta su último minuto. Necesitaríamos varias columnas como esta para glosar su paso por la vida política española.”Trabajar es vivir” dijo en otro momento, parafraseando a Voltaire. Y hoy (por ayer) sencillamente ha cambiado de escritorio, de escaño, de cartera…¡Qué se preparen por ahí arriba!

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Recuerdos de un futuro imperfecto.

por zaquizami el 14/01/2012 19:02, en Alzo la voz.

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El almotacén 705 del área de Adiestramiento y Disciplina miraba a los educandos que intentaban copiar con sus raídos lapiceros los textos señalados en sus cartapacios.  A su derecha colgaba un almanaque publicitario que le recordó los escasos días que quedaban para su octogésimo cumpleaños. Sus hastiadas neuronas le recordaron que aún faltaban cinco largos años para dejar su esforzado trabajo para el Estado.

Dejó divagar su mente y recordó aquel tiempo en que la palabra “funcionario” fue borrada de la nomenclatura después de que sucesivos gobiernos achacaran a dichos trabajadores la gran crisis. Todo pareció volver al pasado. Se terminó la gloria y todo se abocó al más duro infierno. Los enfermos se encontraron  con consultas, remedios y medicamentos  a precio –abusivo- de mercado;  Las escuelas ya no contaron con financiación estatal y establecieron cuotas para todas sus actividades.  Hasta los nombres de organismos, servicios e instituciones fueron cambiando para dejar de lado todo viso de gratuidad, soporte social o cooperación comunitaria.

Los salarios fueron primero congelados y luego recortados de mil y una formas relacionándolos con incentivos futuros que se perdieron en la noche de la recesión permanente.

El almotacén añoró en ese momento años de esplendor de los servicios públicos cuando sanidad, educación, transportes y seguridad social gozaban de la salud y lozanía que la buena administración procuraba a los ciudadanos. ¡Aquellos hospitales, colegios, pensiones….! ¿Dónde había quedado todo lo que su padre le contaba cuando se graduó?

Nunca le gustó el nuevo nombre de su oficio. “Almotacén” le remontaba a siglos oscuros pero… ¿no era acaso oscura la actual situación? ¿No había caído sobre los funcionarios como él el injusto sambenito de ser causantes del desastre?

Recordó la vida de sus padres y de sus abuelos y una lágrima se deslizó por sus mejillas. Las generaciones anteriores soñaban con ofrecer un futuro mejor y esplendoroso a sus hijos. Sus esfuerzos cotidianos tendían siempre a ascender peldaños en el bienestar. Sin embargo, ¿qué había podido ofrecer él a sus vástagos?  Y lo que era peor, ¿qué horizonte se dibujaba para sus nietos?

¿Cuándo en la historia las generaciones siguientes habrían de vivir peor que sus antecesoras? El anciano palpó su bolsillo en busca de un pañuelo para enjugar sus lágrimas y, al inclinarse ligeramente, notó un agudo dolor en el pecho.  No quiso alterar la plácida marcha de su clase. No gritó. Solo se llevó la mano al corazón y supo que todo llegaba a su fin. El estado se ahorraría su exigua pensión. Su última expresión fue una sonrisa. Quizá aquel ahorro sirviera para mejorar el porvenir de sus hijos.

 

(Almotacén: “·El que gana mérito ante Dios con sus servicios a la comunidad”)

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¿Está vivo? (Homenaje a los autores en el DÍA DE LA LECTURA, 16 de diciembre)

por zaquizami el 17/12/2011 20:29, en Literatura

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Hace unos días, en un aula de las muchas que pueblan nuestros colegios, una esforzada maestra hace malabares con el verso y la prosa; trata de conjugar ese manido verbo que se llama “animar a leer”. Hace circular entre las mesas de los alumnos un poema que ha seleccionado con mimo. Habla de ese mundo al que solo la imaginación nos puede hacer llegar; de ese universo que espera agazapado tras las páginas de los libros. Sí. Parecen tópicos que suenan a retahíla infantil cuando se escuchan desde el lado del despego que proporciona cumplir años en el calendario, en la columna vertebral y, especialmente en las meninges, pero cuando se escuchan con el candoroso tímpano de la inocencia adquieren el halo inaprensible de la magia.

En esa misteriosa coyuntura en la que las palabras brotan, sobrevuelan, se retuercen frente a nosotros ofreciéndonos su impúdica verdad se hallaba la maestra; trataba de hacer fluir el sentido del verso hacia las receptivas neuronas de quienes la miraban entusiasmados cuando, de pronto, una voz se dejó oír entre la efervescencia de la poesía: ¿Está vivo el autor, Seño?

Y la maestra supo que aquel niño había comprendido el más profundo de los secretos de la lectura. Hay que entrelazar nuestra alma con la que nos regaló el relato, el verso, el cuento. Hay que respirar el mismo oxígeno que hizo saltar la chispa en la mente de ese ser llamado “autor” que solo parece vivir en las contraportadas.

Recordó ella, en un flash, cuando presentado a una escritora de literatura infantil, hizo hincapié en que aquella señora era, en carne y hueso, una autora, una creadora. Alguien capaz de hilvanar las palabras de una forma tal que no solo podemos entenderlas sino que, además, nos arrastra a revivirlas, rehacerlas y reasumirlas como propias.

Sí. Vive, contestó. Pero, en realidad… ¿no viven todos los autores cuando los leemos? ¿Nos acordamos de los autores cuando tenemos su obra entre las manos? ¿Imaginamos qué les inspiró?

Los niños leyeron aquel verso, lo escribieron y lo interpretaron mientras la maestra pensaba en el autor. Seguía dándole vueltas a la pegunta del alumno cuando llegó a la paz del hogar y encendió la radio. Una voz conocida, pero amortiguada por la enfermedad, escapaba del altavoz y la envolvió sin que ella opusiera resistencia. Antonio Gala recibía el “Quijote de Honor” y desgranaba una emotiva plática con sabor a despedida.

La maestra no pudo evitar que una furtiva lágrima –sí, como en la ópera- homenajeara al escritor mientras en su fuero interno respondía de nuevo al chavalín: Sí. Está vivo. Y seguirá así para siempre. Aquí. Muy dentro.

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"Poderoso Caballero" (Cuando la crisis hace caer a los gobiernos...)

por zaquizami el 21/11/2011 11:41, en Alzo la voz.

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Cuando Quevedo, el ácido don Francisco, publicó su letrilla en los albores del XVII no imaginó que caería en las armónicas voces de Vainica Doble, aquellas Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja que iluminaron conciencias en los setenta del XX. Sin embargo, sí que supo vislumbrar futuros que, en su época, eran solo nebulosas en el éter inquieto de la historia.

Da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero, poderoso caballero, es don Dinero”. Así rezaba uno de sus versos. Y… ¡Cuánta razón llevaba! Preguntemos a los últimos gobiernos de Reino Unido, Holanda, Irlanda, Portugal, Dinamarca, Grecia o, desde este domingo, también España.

Los mercados, moderno apelativo del protagonista de Quevedo, han ido acabando con los laboristas de Brown, con los democristianos holandeses, el Fianna Fáil irlandés o el partido Popular danés. También cayeron en el camino frente a ese enemigo “hermoso aunque sea fiero”, el vecino Sócrates de Portugal o el inclasificable Berlusconi de la Italia a punto del descalabro. Citar a Papandreu, finalmente,  es ya abrazarse al más sonoro de los fracasos e incluso la todopoderosa Angela Merkel ha tenido sus derrotillas parciales unida en la lucha con Nicolas Sarkozy que tampoco tiene muy firme su futuro tras los resultados de las cantonales.

Derechas, izquierdas, todos han ido inclinando la cerviz  ante don dinero, pues “es tanta su majestad, aunque son sus duelos hartos, que con haberle hecho cuartos, no pierde su autoridad”.

Quevedo, en su elucubración futurista, escribió un verso clarificador de nuestro presente: “Viene a morir en España y es en Génova enterrado”. En efecto, también nuestro gobierno ha sucumbido ante la presión. Don dinero, vestido de crisis,  ha terminado con el presidente Zapatero y con el partido que lo sustentaba. Y ha sido en Génova, esa calle ya famosa en las noches electorales, que el pasado domingo vibró a ritmo de disc-jockey discotequero y consignas nacionalistas españolas, donde ha terminado sus días.

De allí, de ese balcón azul tan animado, renace un nuevo San Jorge que tratará de enfrentarse al dragón con la lanza poderosa de los votos mayoritarios de los subyugados por el asfixiante cerco de los mercados. Una vez más el poderoso caballero ha hecho de las suyas.

Si Quevedo levantara la cabeza quizá apreciaría que Rajoy, nuevo gurú de futuros perfectos, “tiene quebrado el color” aunque la alegría del momento nos lo escamotee. No es sencillo guerrear frente al poder omnímodo de don dinero pues “mirad si es harto sagaz”. Los gobernantes de seis países han sucumbido ya a su negra influencia, algunos de ellos encumbrados con mayoría absoluta.  ¿Ganaremos el duelo con ese poderoso caballero?

(Las frases en cursiva son versos de Quevedo)

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Es tiempo de VIVIR. (En el día de las Enfermedades Neuromusculares. 15 de Noviembre)

por zaquizami el 12/11/2011 13:22, en Salud y consumo

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Parafraseando la archifamosa cita de Blade Runner, “yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Destellos de acetilcolina más allá de Orión. He visto a los antiMusk brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Miríadas de electromiogramas desfilando frente a la Tyrell Corporation. Párpados deslizantes en las miradas de los Nexus-6. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de vivir…”

Este, a modo de monólogo, de Roy Batty (Rutger Hauer), líder de los replicantes, explicando a Deckard ( Harrison Ford) su visión en la distópica película que todos recordamos me da pie a adentrarme en otro universo paralelo del que pocos tienen constancia a nuestro alrededor. Nadie imagina que, a la vuelta de la esquina, encontrará una tarjeta de visita con su nombre impreso bajo el que, con letras inquietantes, estarán escritos extraños jeroglíficos: MIASTENIA GRAVIS, DISTROFIA MUSCULAR, ESCLEROSIS MÚLTIPLE O LATERAL AMIOTRÓFICA…

El primer adjetivo que uno le brota en la punta de la lengua cuando tiene que interpretar, o simplemente leer, estos intricados apelativos es… sí, raro. Y la medicina, como humana disciplina que es, lo ha hecho suyo. Esas afecciones neuromusculares son, en román paladino, enfermedades raras. Su catálogo es amplio. Extenso en inversa proporción al conocimiento que de ellas se tiene. Un músculo que decide, como si repleto de efluvios alcohólicos estuviera, dejar de reaccionar ante el estímulo cerebral; otro que se aísla al no recibir señales de su nervio preferido; neuronas que se desnudan impúdicamente dejándose su capa de mielina en el olvidado camerino; anticuerpos que deciden atacar a sus propias filas para meter el gol en propia meta…

Cuando tu cuerpo comienza a notar esta resaca de botellón ajeno, este patoso vahído que te impide caminar, centrar la visión, respirar en ocasiones, moverte con gracia jaranera, sonreír con sana camaradería, tragar ese buchito de brindis compartido o mantener la cabeza alta y el pecho fuera al más puro estilo marcial, entonces descubres que has conseguido un boleto premiado en la lotería más despiadada que se haya inventado nunca: la que ofrece pingües beneficios a quien ni siquiera compró el décimo.

Y ahí comienza tu dolorosa aventura. Al principio dudas, apelas al destino, a las divinidades de todas las culturas, incluida la tuya, a las más inexploradas pesquisas científicas, incluso practicas el insano deporte de la cabeza enterrada en la arena cual huidizo avestruz.

Llamas a las puertas de la farmacopea y descubres que los intereses multinacionales no pasan precisamente por investigar dolencias raras que a pocos atosigan. Te miras a los ojos de los demás y no descubres siempre esa comprensión que desearías. ¿Qué te queda? Solo la desesperación, el firme convencimiento de que has llegado al borde del abismo. Un empujoncito más y todo habrá terminado.

Menos mal que cuando la oscuridad ha pintado el resto del camino hay una pequeña luz más adelante. Como en los cuentos, solo que en la cruda realidad. Alguien te pone una mano en el hombro, te mira más allá del dolor, te sonríe con el corazón o te señala las huellas del sendero que recorrieron tus compañeros de angustia y temor.

Médicos, asociaciones, amigos, gentes que comparten ese “gusto por lo raro” que nunca imaginaste tener, te hacen sentir que no estás solo, que tu universo paralelo tiene planetas gemelos, asteroides que emiten luz emulando a las estrellas, satélites hermanos que orbitan a tu misma velocidad y cometas que te impulsan hacia zonas claras y diáfanas donde la vida es tierna, grata y sencilla.

Tu crónica dolencia no mejora con su empuje pero algo crece dentro de ti sobreponiéndose a las guerras intestinas de tus neuronas y sus impulsos musculares. Ahora, como dice Roy en la película, todos los malos momentos pueden perderse en el tiempo y te puedes dedicar a vivir. Las lágrimas que has derramado pueden ser la lluvia que hace germinar otro amanecer y tu párpado caído un guiño a nuevas esperanzas.

Ahora se celebra, el 15 de Noviembre, el Día de las enfermedades neuromusculares y como alguien me dijo recientemente, ¡habrá que felicitarlas! Pues sí. Felicitémonos en un día al menos y tratemos de que el círculo se abra. Que los demás comprendan y compartan dolores y alegrías, que alguien se vea impulsado a dar a luz la feliz pastilla del crónico pasar de los días. Una frase muy acertada dice que una tecnología avanzada es indistinguible de la magia. Hagámoslo. Demos una vuelta de tuerca a la investigación y aplaudamos la mágica eclosión de nuevos tratamientos. Acompáñanos en este día de toma de conciencia.

Interésate por esas enfermedades que, probablemente, ni siquiera hayas oído mencionar antes pero que conviven contigo y con las personas que te rodean. En realidad te necesitamos. Es tiempo de vivir.

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El undécimo sentido... leer. (Homenaje a los maestros que nos inculcaron el amor por la lectura)

por zaquizami el 22/10/2011 14:36, en Educación, enseñanza.

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Navegamos hoy en día, en el proceloso mar de la enseñanza, sobre olas bravías vestidas de proyectos, planes, programaciones, listados de competencias básicas, objetivos multicolores y tecnologías aplicadas. Sí, nada que ver con aquella escuela íntima, recogida, sencilla, en la que aprender no dependía de una caída de la red o de la pila gastada de un mando a distancia.

El progreso ha hecho mella en todos y cada uno de los recodos de nuestros calendarios y, lógicamente, para bien. La vetusta enciclopedia ha devenido en memoria USB; el meloso lápiz del 2 en puntero digital; el cuaderno en tableta y por la ventana vemos ahora “paisajes.com” y no solo el patio del colegio.

Pero, ¿dónde está el espíritu de aquel maestro que nos abrió los ojos a un mundo que palpitaba alrededor del árbol al que subíamos a la velocidad de la luz? ¿Y el de la maestra que guió nuestra mano sobre dos rayas paralelas que parecían no tener fin?

Aquellas personas no necesitaban vernos a través del filtro de una competencia, porque ellos mismos eran esa competencia. Solo tenías que dejarte llevar, abrir los ojos y las orejas y disponerte al maravilloso viaje del conocimiento.  No puedo dejar de recordar a mi primera maestra, doña Purificación Iturrioz, en los estertores de los cincuenta, gobernando el timón de una unitaria perdida en los verdes campos del norte. Siempre he afirmado que mi posterior vocación empezó en el armario de aquel aula caliente tras el crepitar de la estufa de leña en la que se preparaban los chupitos de leche americana en polvo a media mañana.

Una vitrina guardaba fascinantes tesoros ante mis ojos cándidos. Era la Biblioteca. Cuando la “señorita” cogía la llave de aquel universo que dormía tras el cristal algo me empujaba a ir tras ella. Un giro de cerradura y todo olía distinto. El papel de los libros desprendía el utópico aroma de la aventura, el espíritu iluso de la realidad inventada, el calor con que llenar las tardes mirando al Oria, aquel río con intestino de papelera y perfume de cloaca que, sin embargo, nada tenía que envidiar al mismísimo Amazonas en el fragor de la lectura.

Seguramente como fruto de la necesidad de atender a muchos alumnos a la vez de diferentes edades y niveles, la “señorita” nos dejaba leer a menudo. Aquel ritual, con una placidez que diríase casi religiosa, me despertaba todos los sentidos incluyendo el sexto, el séptimo, el undécimo…

Leer fue desde entonces mi asignatura preferida y así he intentado transmitirlo a quienes han compartido aula y tiempo conmigo. Un libro, dice el tópico, es una puerta. Y solo leyéndolo encontraremos la llave de nuestro propio futuro.

 

 (En la imagen, doña Purificación Iturrioz con los alumnos de la Escuela de Santa Lucía, Tolosa (Guipuzcoa). El autor es el tercero por la derecha en la primera fila sentados tras los que están en el suelo)

 

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Los ángeles de la dependencia.

por zaquizami el 26/09/2011 18:54, en Alzo la voz.

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En plena vorágine sobre recortes en educación, sanidad y otros servicios que están a punto de ser solo un recuerdo de lo que una vez se llamó “sociedad del bienestar” oigo el clamor de las trabajadoras de Macrosad a las que, sorprendámonos, no se les ha abonado el importe de su trabajo desde hace tres o cuatro meses.

Bien es sabido que existen cuerpos estatales y autonómicos a los que se les ha disminuido su sueldo y que intentan superar la crisis con la entereza que da el sentir la presión de los dos o tres agujeros del cinturón que se han visto obligados a apretar.  Sin embargo, pensar que un grupo bastante numeroso de mujeres, la mayoría con obligaciones familiares, pueden sobrevivir sin que nadie se haga cargo de su salario es, a todas luces, increíble e insostenible.

Pero, ¡ay!, todo es posible en estos días en que la tijera de papá estado o mamá autonomía nos recorre la nuca y el bolsillo.

Ahora, me cuentan, se han rebelado y han decidido pasear su reivindicación y declararse en huelga indefinida. ¿Quién podría echarles en cara su gesto? Durante días y días las hemos visto por calles y plazas acompañando a nuestros mayores dependientes. Siempre con una sonrisa amable, con el brazo extendido y la mano apretada sobre la de una viejecita con mirada perdida o la de un recio caballero que aun revive en su mente, también encanecida, el fulgor de un pasado olvidado.

Son los “ángeles de la dependencia”, seres que dedican sus días a hacer más llevaderos los de sus congéneres más necesitados; señoras que asean, limpian, dan de comer, acompañan y dan conversación, calor y cariño a un elevado –y cada vez más numeroso- sector de la población, pero que necesitan, como cualquier trabajador, esos euros con los que hacer frente a sus deberes diarios.

Es inútil ya discutir sobre si el dinero para pagarles llegó o no llegó; se perdió en esta o aquella misteriosa actividad; naufragó en el trayecto de un banco a otro o sirvió para financiar tal o cual promesa electoral. ¿Qué más les da a quienes tienen facturas pendientes y bocas que alimentar? Tampoco les hará recibir su justo salario el que la clase política local se tire del pelo, mese sus barbas o grite exabruptos al contrario por el mero placer de dejar caer la culpa sobre hombros ajenos.

La situación es crítica. Las trabajadoras no pueden subsistir más y los dependientes, sus queridos compañeros de viaje, se quedarán sin una mano en la que apoyarse. ¿Quién hará algo? ¿Qué se ha hecho mal para que esta labor social esté abandonada a su suerte? Alguien debería dar explicaciones. Pero no del pasado. Del futuro.

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Educadora confianza. (¿Confiamos en nuestros maestros?)

por zaquizami el 27/08/2011 12:19, en Educación, enseñanza.

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Entre la tórrida afluencia veraniega de noticias, quizá ha pasado inadvertido para la mayoría el resultado de un informe sociológico de Metroscopia que pretendía mostrar las instituciones en las que los españoles ponemos  -o no- nuestra confianza.

Al final del listado aparecen políticos, obispos, bancos, sindicatos, las televisiones y la justicia. Ninguno de estos estamentos consigue aprobar. Rozando el sobresaliente, aunque solo con un notable alto, aparecen los científicos, las universidades, la sanidad, la policía y el Rey.

Luego, en las mediocridades de la medianía aparecen los periódicos, la radio, algunos empresarios y… los funcionarios.

Al llegar a este punto no puedo por menos que preguntar a quien se acerque a estas líneas si no echa de menos a algún oficio en ese listado. Si. Una profesión por la que han pasado todas las demás. Un grupo de personas que siempre se ven señalados con el dedo cuando la sociedad detecta alguna carencia entre sus ciudadanos. ¿De quién hablamos? De los sencillos, humildes, olvidados e insignificantes MAESTROS.

Con sincero dolor observo que los miles de personas encuestadas olvidaron mencionar a esos seres que les abrieron un poco los ojos del conocimiento. No es que les otorgaran un puesto inmerecido en la lista, no. Sencillamente los ignoraron.

¿Qué ha pasado en nuestro entramado social para que una colectividad como la educativa desaparezca de la consideración general?

Si nos incluimos en el grupo “funcionarios” –que si aparecen en el estudio-, llega el cruel estigma de la molicie permanente. Diríase que solo en las más altas esferas de la educación, en los tabernáculos universitarios, se alcanza el reconocimiento social. Las pobres escuelas y colegios, las aulas del día a día y con ellas los sufridos maestros que las habitan parecen hibernar en el recuerdo sin que nadie rumie el efecto, quiero creer que beneficioso, que de ellas obtuvieron los encuestados. ¡Qué confianza va a despertar quien te acompañó mañana tras mañana a descubrir que los intricados pasadizos que pueblan tus neuronas son capaces de despertar y descubrir todo lo que luego conformará tu vida!

Las muchas veces que hemos afirmado que enseñar es algo mucho más profundo y valioso que el mero catálogo de conocimientos; las mil y una ocasiones en que nos hemos visto reflejados en la inquisitiva y curiosa mirada de un niño; la lucha constante por abrir caminos o tender manos abiertas parece que no ha sido suficiente. ¿O sí? ¿No es acaso el maestro la primera persona en quien confiamos cuando abandonamos con lágrimas en los ojos la protectora sombra del hogar?

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La leyenda del bífidus errante.

por zaquizami el 01/08/2011 21:32, en Salud y consumo

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Primero fue José Coronado quien nos mostraba su empalagosa sonrisa intestinal tras cumplir con sus escatológicas visitas mañaneras previa ingesta del hatillo de bacterias vivas que habitaban su yogur.

Cuando el actor, ya exhausto de tanto trasiego evacuatorio, decide abandonar el cuarto de baño para siempre, llega Carmen Machi para convencernos de un nuevo detalle: ella nunca está hinchada. La vitoreaban las corifeas exhibiendo sus problemas de “tripa” sin contarnos que eso del “sentirse bien al alba” no era sino un subterfugio obligado por la ley ya que afirmar que Coronado enviaba señales nerviosas a su esfínter con la precisión de un reloj suizo por la intercesión de la leche fermentada era, simple y llanamente, falso.

Pero para el gran público nada parecía cambiar. La pléyade de “actimeles bifiduestimulantes”, “isoflavonas antisofoquinas”, polifenoles, coenzimas y hasta babas de gasterópodo pertenecen al imaginario de la buena catadura física. A lo mejor aquel aforismo estaba equivocado. Quien mueve su intestino, zarandea su corazón, arregla su sonrisa, remodela sus caderas, resplandece sus pieles y quién sabe si hasta alegra sus gónadas.

Pero la felicidad termina pronto. Acaba de llamar a nuestras puertas la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria para decirnos que si a Lola Herrera le gustan los yogures bebibles fresquitos pues que se los tome, pero sus defensas no revivirán después. A los que creen que la soja es el nuevo maná les advierte que los estudios científicos nada dicen de sus supuestos beneficios. Ni adelgazaremos ni sufriremos mejor la menopausia, ni se nos pondrán los huesos como al increíble Hulk y las colonias de lactobacilos de nuestras entrañas nunca harán otra cosa que saludar como lo que son, estrellas de la publicidad engañosa.

Eso si, nuestra Andalucía guarda un as: El aceite de oliva virgen extra ayuda a controlar los niveles de colesterol malo. ¡Aleluya!, casi el único producto en que podemos confiar, junto con los esteroles vegetales, es del sur.

Atrás quedan, pues, afirmaciones como que “los arándanos reducen las infecciones del tracto urinario de las mujeres” (¿Sólo de ellas?), o que “la capsaicina ayuda a mantener el peso”. (¿Alguien sabía que ese compuesto no es otro que el que hace que los pimientos piquen?).

Los creativos saben que mencionar la palabra “salud” es una puerta abierta a la credulidad del consumidor y a ello se afanan con desmesura. Ya sabemos que cuatro de cada cinco afirmaciones publicitarias sobre los alimentos son mentira. Habrá que empezar a actuar en consecuencia. ¡Qué no nos sigan tomando el pelo!

 

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Mis niños del Facebook (Jabalquinto)

por zaquizami el 07/07/2011 21:51, en Historias de otro tiempo

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Cantaba Miliki  en uno de sus discos a sus “niños de treinta años”. Y de cuarenta, diría yo recordando aquel “¿cómo están ustedes?”.  Posiblemente en su recuerdo, aquellos chavales con pantalón corto permanecen con su sonrisa emocionada y sus ojos muy abiertos ante el televisor. La realidad, más terca que la fantasía, se los devolvió siendo ya hombres y mujeres, padres y madres incluso de otra generación.

Confieso que algo similar nos ocurre a quienes contamos el tiempo a base de cursos y no de años. Una vieja foto tras el plástico amarillento de un álbum puede hacernos volver al pasado y recordar con mucho más detalle que el siempre distorsionador recuerdo a nuestros alumnos de décadas pasadas. Están ahí, con el sonido “patata” atragantado en forma de sonrisa, junto a ti que aun disponías de una abundante cabellera desprovista de toques blancos  y mirando al futuro con ganas de comerse el mundo. A fuerza de traslados y peripecias administrativas pocas veces llegas a saber si realmente lo devoraron ya que siempre siguen siendo aquellos niños y niñas que compartieron aula contigo.

Sin embargo, el ojo de ese gran hermano llamado Facebook, ha obrado el milagro. Por algún extraño sortilegio “mis niños” jabalquinteños han llamado de nuevo a la puerta con esa frase gloriosa de “quiere ser tu amigo”.

Alumnos que me dieron la satisfacción de enseñarme a la par que yo intentaba guiarles por el intricado camino de la formación han querido ahora intercambiar amistad con su viejo maestro. Mentiría si no reconociera el escalofrío que ver algunas de sus fotos, leer sus comentarios, compartir sus recuerdos, conocer a sus hijos, etc. me ha producido. A ratos, aunque solo sea soberbia y vanidad, pienso que  algo tuvo –tiene- que haber quedado en aquellas miradas que cada mañana se iluminaban al abrir la puerta del aula. Al igual que los rockeros, quizá los viejos maestros nunca mueren y, en especial, de lo que estoy seguro es de que los antiguos alumnos, tampoco.

Ellos y ellas me lo han demostrado haciendo en algún momento que una esquiva lágrima saltara del recuerdo a la nostalgia, del pasado al futuro, dejando en el presente este intercambio de sentimientos en el que me encuentro navegando en este instante. Evidentemente no puedo mencionar sus nombres, pero espero que todos y cada uno de ellos y ellas se den por aludidos. Me siento orgulloso de haber contribuido a que ahora sean lo que son. Ignoro cuánto trabajo les costó hacer suyo el porvenir pero me consuela saber que, quizá, encontramos juntos la llave que se lo abriría.

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