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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Expo Zaragoza: La Corrala del agua.

Expo Zaragoza: La Corrala del agua.

Vecinos asomados a las humildes balconadas. Puertas cuyo horizonte son las ventanas de quienes habitan más allá del patio repleto de geranios. Gentes que suben y bajan escaleras estrechas con cántaros, botijos, búcaros o porrones con los que invitar a quien comparte la vida un tabique más allá. Así eran las viejas corralas. Diseños arquitectónicos basados en el giro vertiginoso del eje central alrededor del que cada familia cocía a fuego lento las miserias de una España ya superada.

 

Cuando aún gotea en mis zapatos el agua mater que da nombre a la Expo de Zaragoza, cuando todavía resuenan en mi oído los chapuzones de un grupo de tristes pingüinos que huyen de ese imponente iceberg que vagabundea por el Ebro, es precisamente la imagen de las viejas corralas la que viene a mi mente cuando rememoro los cansados paseos entre pabellones cuadriculadamente ordenados, dibujados en las grises paredes que miran a la serpenteante barandilla que ejerce de poderoso imán; que te arrastra hacia ella y te incita a mirar, a penetrar en las húmedas vidas del otro lado.

 

A cada paso, a cada mirada, un país distinto ha colgado de su fachada, las letras doradas de su nombre adornadas con los efluvios azulados de sus políticas acuáticas. Como los  habitantes de la corrala, todos los participantes quieren enseñar lo mejorcito de casa y siempre en relación con el líquido elemento.

 

No hay obstáculos ni restricciones: el agua puede servir de fluido bautismal en el pisito de la Santa Sede, de juego laberíntico en la habitación de un país del este, de hilo conductor –con barquita y todo- en la estancia germánica, de protagonista en tres y hasta cuatro dimensiones de los sueños que producen las gafas estereoscópicas…

Nadie escapa a la orgullosa e impúdica exhibición. Los unos diseñaron presas para dominar la fuerza de las aguas; los otros edificaron alrededor ricos complejos de ocio; Algunos inventaron desaladoras junto a los desiertos mientras que siguen existiendo parcelas en las que solo se ofrecen chucherías artesanas con olor a exótica fritanga. Esencia patria de la corrala.

 

Suenan las doce en la Expo y todos se asoman para ver y escuchar las coplas de la vecinita de abajo. Es el Circo del Sol que salta, baila y distrae a los habitantes de la corrala que, por unos momentos dejan sus labores de recorrido y disfrutan de los disfrazados cánticos y de las emociones del saltimbanqui.

 

El mundo entero se ha disfrazado de corrala en Zaragoza. Las escaleras no son tortuosas y estrechas sino elegantemente mecánicas. Los pasillos son anchos y luminosos. Hay lonas decoradas que evitan sudores desacompasados. La corrala es de diseño y está imbuida del espíritu del Dios Ebro pero no ha perdido el viejo encanto de compartirlo todo. 

Un universo paralelo vive en la maña corrala que mira de reojo a las torres del Pilar y se contiene para no gritar que ella también tiene una Torre que guarda una gota de agua. Nadie, ni en los más imaginativos cuentos infantiles, inventó semejante artificio. Diríase que la gota gigante espera que alguien le ayude para zafarse, escapar y volver al Ebro, al mar.

La corrala apaga las luces. El agua renacerá mañana.

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