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Mi buhardilla. Palabras, reflexiones, sentimientos...

Aires de lodazal.

Aires de lodazal.

 

No me lo puedo “de creer” como decía un humorista televisivo. Cuando ya te hace daño el cinturón porque no puedes apretártelo más, cuando están llamando a tu puerta los del desahucio, cuando tus hijos están en paro y muchos de tus vecinos no disponen de un solo sueldo para llenar estómagos, se abren las cajas de una tal Pandora, a quien nadie hemos conocido, y empiezan a revolotear por encima de nuestras apesadumbradas cabezas, sobrecillos repletos de billetes color violeta. ¿Podríamos cogerlos estirando los brazos y arreglar momentáneamente nuestra crítica situación? No. No están destinados a nuestro cuerpo vulgar y obrero. Son para aquellos que nos dirigen. Para esos que nos dicen, con cara sonriente, eso sí, que la cosa va mal y que hay que apalancar entre todos. ¿Todos?

Leo, con ojos de desazón e incredulidad contenida, que la cabeza visible del gobierno osó aumentar su salario al mismo tiempo y en la misma proporción en que se nos retrotraía a los demás curritos del arroyo. Observo con desmesurado pasmo que la fiestuca de la comunión de una de las “adléteras” del citado gobernante, la dedicada a las artes sanatoriales, fue abonada de no sé qué extraña manera con cargo a los tejemanejes de una red arácnida llama Gürtel que se asemeja más a esas plantas carnívoras que están al acecho para devorar cuanta comisión, ilegal por supuesto,  se pone a tiro. Descubro también, a golpe de periódico, que existen empresas que derraman sus óbolos hacia esos gobernantes no se sabe con qué inconfesable fin, ya que luego lo niegan.  Las mismas que ponen reparos a ciertos “desahogos” solidarios.

Y, casi escondido en el doble fondo de la caja… el listado de aquellos próceres que, aplicando el dicho bíblico de que una de tus manos –o de tus bolsillos- no conozca lo que merodea por los otros, dejaron –sin darse cuente, claro- que sus cuentas negras y opacas engordaran mientras los demás buscábamos el “sacabocaos” para agujerear de nuevo el cinturón.

¡Son fotocopias! ¡No es mi letra! ¡Yo me lo pago todo! ¡Nunca supe lo que hacía mi marido! ¡Y tú, más!... parecen asertos sacados de un sainete de los Álvarez Quintero pero lamentablemente la risa se nos hiela en las comisuras de los labios, de una boca que cada vez tiene menos condumio que digerir.

Dicen que hay una nueva marca por ahí: “Trajes Mariano”, no sabemos si fabricados en el mismo garito que aquellos que un tal Camps afirmó haber pagado ¿con nuestro dinero? Todo presuntamente, pero oliendo mal. Nos envuelven efluvios, aires de un lodazal que no hemos producido pero que solo a nosotros nos salpica y amenaza con enterrarnos. No. No me lo puedo “de creer”. ¿A qué esperan? ¿Escampará para ellos y quedaremos a merced del chaparrón los de siempre? Parece que el verbo dimitir debe ser de otra lengua diferente a la nuestra. Eso sí, los que están a punto de dimitir son nuestros bolsillos y nuestros estómagos. ¿Nadie hará nada por remediarlo?

 

 

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