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zaquizami

Régula y "el Mochuelo". Miguel Delibes in memoriam.

por zaquizami el 16/03/2010 16:40, en Literatura

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Los personajes literarios –recuérdese a Pirandello- rebuscan e investigan a nuestra espalda esperando descubrir a quien ha de hacerlos carne y dejarlos habitar entre nosotros. Lástima que ellos, inmortales por naturaleza,  hayan de pasar también por el amargo trance de despedir  a sus mentores.

Quiero hoy pensar que esa Régula que mecía el dolor de su “niña chica” entre lamentos de ultratumba y Daniel, “llamado el Mochuelo”, lloran apoyados en algún doblez de esos que los lectores hacen en las páginas en las que son llamados por el sueño o por un timbre impúdico.

Régula, “santa inocente” de nuestro imaginario, se me antoja ahora sentada junto al último suspiro de  don Miguel. Ese Delibes que ahora abandona su cuerpo entre nosotros y que ya se desprendió de su hábito de escritor en ese punto en que la salud y la mente, la física y la química, forman el extraño contubernio que nos avisa de la oxidación que nos hará chatarra.

Las idas y venidas de Régula por las tierras de su señorito se mezclan en mi recuerdo con las remembranzas de Daniel antes de despedirse del Tiñoso para ser un flamante Bachiller. En ambos casos, el camino es la mano de Delibes, su mirada es el gesto que dibuja el futuro en el horizonte y su voz…

Solo en una ocasión tuve oportunidad de hablar con don Miguel. Uno de los periódicos escolares que alguna vez dirigí me dio la oportunidad de solicitar a soldados de la pluma, el verso y la prosa  algunos recuerdos infantiles de sus tiempos colegiales.  De todos ellos, Torrente Ballester, Gloria Fuertes, Adolfo Marsillach, Luis Rosales… solo Delibes me quedaba aun en esta parte del universo conocido.

Hoy también se ha marchado y aquel recuerdo se me queda tan huérfano como el señor Cayo, Pacífico Pérez, Azarías  o Menchu, la doliente viuda de aquel Mario a quien solo conocimos “de cuerpo presente”.

Al hilo de su pérdida he vuelto a escuchar sus palabras y el tiempo ha retrocedido al punto en que la vida transcurría a la sombra alargada de un ciprés y las señoras de rojo se paseaban frente a un fondo gris. Un punto de tristeza y algo de nostalgia contagian aquel recuerdo.

Delibes ha sido un protagonista de nuestras lecturas ya desde la época en que tras cada libro nacía una ficha resumen y, a veces, el placer de leer debía luchar contra la innata rebeldía adolescente frente a la imposición de un profesor no demasiado hábil en el arte de empujar hacia el abismo de las letras a sus discípulos.

Quizá todos forjamos nuestra “madera de héroe”  adentrándonos en la prosa de Delibes. Sus personajes nos han ido absorbiendo quizá tanto como a él mismo, que reconocía que le habían disecado hasta no dejarle más que una mente enajenada y una mera apariencia de vida.

Hoy ha llegado el día en que todos ellos vuelen cogidos de la mano y acompañen a su autor hasta la frontera misma de la inmortalidad devolviéndole el favor de haberles permitido nacer.

Si los dos grandes pilares de su obra fueron la infancia y la muerte, sean Régula y el “Mochuelo” los embajadores de Delibes ante el tribunal de la memoria.  Una vez don Miguel compartió conmigo sus recuerdos. Hoy es él quien puebla los míos para siempre.  Gracias, maestro.

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El subidón ALBERTI.

por el 13/05/2008 22:49, en Literatura

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A aquellos a quien un libro les parece un exótico objeto decorativo debe parecerles un contrasentido que unas casetas repletas de volúmenes se llamen “Feria”. No ha sido nuestra ciudad  muy dada a albergar estas gozosas manifestaciones en que los libros asaltan al viandante y quizá por eso, como mitómano que reconozco ser, tengo que trasladarme a finales de los años noventa para dejarme llevar por uno de los más emotivos recuerdos que tienen por escenario un stand cualquiera en el Retiro madrileño.

Frente a mi, Rafael Alberti apareció con la inconfundible presencia de exquisita senectud  a la que nos habían acostumbrado los medios. Lejos de una curtida y trabajada piel de marino, su cara y sus manos diríanse de fina porcelana. Unas finas arrugas tamizadas por el radiante sol recorrían los vividos surcos de su piel.

Su mirada débil pero intensa podía traspasar el cansancio evidente con que me atendía, siempre educado, siempre atento. La mano, firme y de cuidada manicura, alentaba la imaginación. En ese instante recorrieron mi mente los mil y un versos que Rafael había escrito con aquellas mismas manos que ahora dibujaban mi nombre y el de mujer en el volumen que le tendí emocionado. La mirada de Alberti me sonaba a Roma y a destierro. A lucha y a un sutil convencimiento de que la pluma es uno de los más poderosos instrumentos de comunicación, de dialogo, de transmisión de emociones y sentimientos.

En los cálidos ojos de Rafael Alberti aparecía el Puerto de Santa María en sus más radiantes días de mar y sol; el pausado caminar por las calles romanas; la dulce compañía de María Teresa León y la alegría infantil de Aitana.

Rafael ya me había preguntado mi nombre, me estrechaba la mano y me interrogaba sobre la dedicatoria. El tacto de su piel era suave. Muy suave. Una piel, diría que escurridiza, quizá inconsciente reflejo de una escondida timidez que imaginé atisbar en nuestro encuentro.

El universo marinero de Rafael me asaltó de nuevo. Me devolvió el libro con un pez tímido y joven dibujado con un rotulador rojo que bailó entre sus dedos. Un compañero de juegos del marinero, de la concha del agua, de la sirenita del mar, del cuerpo de la aurora…

Y por un momento quise tener branquias como aquel hombre del poema. Branquias para nadar en los huertos submarinos del mar de la tarde y jugar con el calamar que manchaba de tinta las manos y el corazón de una niña que iba al mar...

Cogí mi libro y empecé a caminar con el pulso alterado y el corazón galopante. Imitando las palabras de Alberti, “Ya era yo lo que no era, cuando apareció el poeta”.  No miré hacia atrás. Simplemente seguí caminando...” por los confines de las tierras fugaces, desbocado el corazón, entre los montes y la hidrografía...” camino de mi hotel.

Leo hoy que las farmacias se están viendo asaltadas  por individuos ávidos de esas nuevas experiencias que solo confían en alcanzar a través de ansiolíticos, calmantes y demás patulea de fármacos susceptibles de “uso lúdico”. Quizá ignoran que al mejor lugar para evadir la mente no se llega con una gragea de éxtasis sino a través de las páginas de un libro. A mí todavía me dura el subidón Alberti.

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